A vueltas con la muerte

Esta semana toda la blogosfera sanitaria ha estado revolucionada con el artículo que ha publicado Mónica Lalanda en su blog Médico a cuadros.

El artículo, como todos los suyos, está muy bien escrito. Con algún “pero” que comenté en el propio blog, estoy de acuerdo con la realidad que refleja: la dificultad que tenemos los médicos a la hora de aceptar que la muerte no es una derrota, sino una compañera de camino a la que a veces hay que dejar paso. Como dice el título de mi propio blog, tantas veces tenemos que pasar del empeño por curar a la necesidad de aliviar y consolar ante lo irremediable.

Pero, con permiso de la autora, me parece que lo más significativo no es el artículo, sino las decenas de comentarios que ha generado. Me llaman la atención varios aspectos que intentaré clasificar, sin ánimo de etiquetar a nadie…

1.- Hay una proporción importante de lectores que consideran que la dignidad de la persona reside en su conciencia. Igual no formulan así la idea, pero es lo que dejan traslucir sus comentarios: “cuando deje de reconocerme, ya no seré yo”. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo. La dignidad no es propia del actuar, sino del ser. La dignidad de la persona se basa en ese ser persona, y eso es lo que hace que la mantengamos hasta el momento de la muerte. Si no, podríamos acabar pensando que un científico famoso es más digno que un bebé de semanas. Eso no significa que tengamos que mantener medidas -llamémoslas “heroicas”- de soporte vital independientemente de las circunstancias. No. Pero el paciente demenciado es tan digno como cuando resolvía logaritmos. Por eso no le negaremos nunca los cuidados que necesite. Y no solo eso: cuántas veces el paciente vulnerable aporta un plus de humanidad a los que están a su alrededor. Y más cuanto más vulnerable. Os lo digo desde la experiencia personal.

2.- Me preocupan los comentarios que confunden dejar morir con matar. Retirar un tratamiento superfluo en un paciente con una situación irreversible no es eutanasia. Tampoco iniciar un tratamiento para el control de síntomas refractarios, incluso aunque este tratamiento pueda acortar algo la supervivencia. Estoy absolutamente en contra de la eutanasia, pero es que no es lo mismo. Es mala práctica administrar a un paciente un fármaco letal con intención eutanásica, pero también lo es mantener contra toda racionalidad científica un tratamiento que no conduce a nada. ¿Le pondría usted un antibiótico a un paciente que no estuviera infectado porque la familia lo exige? ¿Entonces por qué hacerlo con el respirador? La clave está en la PROPORCIONALIDAD de las medidas que se instauran: cuidar siempre, aplicar los tratamiento proporcionados siempre (que un paciente esté demenciado no significa que no le tratemos los problemas intercurrentes), y a partir de ahí no abandonar nunca al enfermo, aliviarle, consolarle, y no someterle a tratamientos dolorosos o incómodos que no conduzcan a nada. Para disipar sospechas, podría valernos el ejemplo de Juan Pablo II, figura clave de la ética personalista (probablemente la corriente más “provida” de la bioética moderna) y nada sospechoso de defender la eutanasia. En su última enfermedad, rechazó el traslado al hospital y la instauración de medidas de soporte, a sabiendas de que el proceso era ya irreversible. Y murió con la misma dignidad con la que había vivido.

3.- Pero de todos los comentarios, los que más me han llamado la atención son los de aquellos que han considerado el post de Mónica como una agresión a los médicos. Los que rechazan la autocrítica porque están convencidos de que todos lo hacemos bien. Me sorprende por dos motivos. El primero es que yo observo con frecuencia las dudas de mis compañeros, que muchas veces me consultan, o incluso tengo que ser yo la que hable con la familia, la que les explique el pésimo pronóstico y la que proponga instaurar medidas de confort ante la imposibilidad de ofrecer un tratamiento proporcionado. Y esto no supone un demérito de los otros médicos (y mucho menos de “la profesión”), simplemente es un tema difícil en el que no existen criterios “matemáticos” y en el que nos han formado muy poco: como intensivista, a veces tengo más visión de conjunto; como humanista, procuro informar a la familia desde el punto de vista de la persona y no del órgano que falla; como persona, intento ponerme en el lugar de la familia y decidir igual que lo haría con un pariente mío. ¡Cuántas veces la única pregunta de la familia es “¿qué haría usted si fuera su padre?”!

Y el segundo motivo por el que me han sorprendido estos comentarios, es que considero que la autocrítica es el motor de la Medicina. No hacemos cosas mal porque seamos malos profesionales, simplemente podemos hacer las cosas mejor porque la Medicina es una ciencia inexacta en continuo avance. Si no fuera por la autocrítica, seguiríamos haciendo sangrías. Y sería una pena. Y esa autocrítica es especialmente necesaria en temas de tanto calado humano, con semejante repercusión ética, y que pueden producir mucho sufrimiento.

La autocrítica es sana. Yo aprendo cada día, también de mis errores, que no me convierten en una mala profesional, sino en un médico más experimentado. El día que deje de aprender, por favor, decidme que abandone la Medicina, porque ya no serviré para esto. Aunque sinceramente, espero que ese día no llegue nunca. 🙂

Gracias, Mónica, por generar este debate que nos ha hecho reflexionar y enriquecernos. Y, hoy especialmente, gracias a todos los profesionales que trabajáis en el ámbito de los Cuidados Paliativos. Vosotros sí que sois expertos en aliviar y consolar.

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8 respuestas a A vueltas con la muerte

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  3. monica.lalanda dijo:

    Querida Ana
    Estoy dando muchas vueltas y reconsiderando algunas de mis propias percepciones con lo que comentas en el primer punto y si la dignidad de la persona reside en su conciencia o si el paciente demenciado es tan digno como cuando resolvía logaritmos. ¡¡¡Qué complejo es esto!!!
    Yo considero que la dignidad se mantiene mientras el ser sepa que está, cuando ya no es consciente, se puede perder la dignidad puede queda en manos de otros.
    Es cierto que una persona en estado vulnerable aporta humanidad a los que están alrededor, sin duda, que puede enseñar, inconscientemente, lo que es el cariño de esposa o de hija o de nieto. Que el afecto que una familia vierte sobre un ser querido con demencia engrandece a esa familia es cierto pero…….y si esa persona objeto de ese amor incondicional pudiera elegir, querría estar en esa posicion? ¿Que querríamos nosotros en su caso? Por supuesto me estoy refiriendo una vez mas no a cualquier anciano, sino a aquellos con demencia severa que no conocen, no siguen con la mirada, no se comunican, no pueden disfrutar de una buena comida o de su canción preferida, de personas que requieren pañales por su incontienecia….etc.
    No encuentro respuestas pero me has ayudado a verlo desde otro ángulo.
    No vivo la demencia de cerca a nivel personal excepto como médico pero me causa constantemente mucha impresión a muchos niveles. Te dejo otra entrada al respecto que escribí de corazón hace un tiempo
    http://medicoacuadros.wordpress.com/2011/03/28/hoy-no-quiero-ser-medico/
    Un fuerte abrazo. tu blog dice mucho de ti. Solo el título es ya un regalo

    • anadeph dijo:

      Gracias, Mónica. Por supuesto que ninguno querríamos estar en esa situación pero, llegado el caso, yo preferiría que mi dignidad estuviera en manos, como tú dices, de los que me quieren, que me siguieran respetando igual que ahora a pesar de todo, que supieran ver en mi mirada perdida el reflejo de lo que ven ahora. Y respetarán mi dignidad también ahorrándome tratamientos inútiles o desproporcionados, por supuesto. Recuerdo una entrevista que leí, a un tetrapléjico: “al principio sentí que solo era una carga, después descubrí que mi vida era la oportunidad que tendrían los que estaban a mi alrededor de ser mejores”. ¿Quién dice que una vida así no vale la pena?

      La entrada de “hoy no quiero ser médico” es preciosa y terrible a la vez. Sé que no necesitas que te lo diga, pero momentos como ese son los que en realidad dan sentido a ser médico. Tener la oportunidad de poner la mano en el hombro de ese familiar que sufre o de tratar con cariño a quien ya no puede agradecértelo de ninguna manera, compensa una vida entera de trabajo. Aunque tantas veces tengas que tragarte las lágrimas.

  4. José dijo:

    Sólo una puntualización. Seguimos haciendo sangrías. Es un tratamiento correcto para la sobrecarga férrica, y para el manejo de la policitemia vera

  5. Coincido en lo que dices y mas especialmente con las matizaciones: habria que distinguir lo que es el encarnizamiento terapeutico o la prolongacion artificial de la agonia, con lo que es la ‘solucion final” para pacientes no validos o molestos socialmente. O la eutanasia para ancianos y enfermos cronicos en fases depresivas.
    Respecto a ligar la dignidad humana a determinadas circunstancias arbitrarias no deja de parecer un disparate, por cierto nada nuevo en la historia de la humanidad puesto que ya el nazismo, la esclavitud y el machismo la negaban a judios, negros y mujeres.
    Y es que, como decia un niño en un programa de tv.: si la dignidad humana esta ligada a que se es consciente de uno mismo, cuando dormimos esta desaparecería para volver por la mañana siguiente e irse nuevamente en la noche.., por no hablar de pacientes en coma que algunos recobran la conciencia semanas o a veces meses mas tarde.

  6. Pingback: La muerte como maestra (mi aportación a #carnavalsalud) | Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre

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