William S. Halsted: asepsia, amor y serendipia.

Según la wikipedia, una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. El término, que no está recogido en el diccionario de la Real Academia, deriva del inglés “serendipity”, un neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754, a partir de un cuento tradicional persa llamado «Los tres príncipes de Serendip». Los protagonistas, unos príncipes de la isla de Serendip (nombre árabe de la actual Sri Lanka), solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades.

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William Halsted nació el 23 de septiembre de 1852 en Nueva York. Tras graduarse en Yale y Columbia, pasó un tiempo como interno en el New York Hospital. En este centro implantó lo que hoy sería la gráfica de enfermería de cada paciente: un cuadro en el que con puntos y líneas de colores se reflejaba la tensión arterial y la frecuencia cardiaca y respiratoria de los enfermos.

A mediados de los 70, dedica dos años a formarse en Anatomía y Embriología en Europa, donde coincidirá con los mejores cirujanos de aquella época: Billroth, Chiari, Kaposi… En 1876 conoce a Lister y queda deslumbrado por sus teorías sobre la asepsia. De hecho, cuando vuelve a Nueva York se niega a operar en el antiguo quirófano y exige un lugar con mejores condiciones y posibilidad para esterilizar el material quirúrgico.

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Joseph Lister

No cabía duda de que Halsted era un pionero: en 1880 su hermana está a punto de morir por una hemorragia obstétrica. Sin dudarlo, Halsted se extrae sangre para realizarle la primera transfusión conocida en los Estados Unidos, y posteriormente la opera salvándole la vida (afortunadamente sus grupos sanguíneos, aún desconocidos en ese momento, eran compatibles). Años más tarde, es su madre la que padece coleliatiasis y, ni corto ni perezoso, Halsted la opera sobre la misma mesa de la cocina. Ambas sobrevivieron.

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El joven Halsted

Pero la vida de Halsted no está exenta de sombras. En 1884 descubre un trabajo de Carl Keller, de Heidelberg, que utilizaba la cocaína para anestesiar cirugías oculares. Halsted decide probarla como anestésico local y regional, y comienza a experimentar sobre sí mismo. La técnica es eficaz, pero tiene un serio efecto secundario: Halsted se ha convertido en cocainómano. Un amigo médico se encarga de su desintoxicación, inicialmente enviándole a un largo viaje, y más tarde obligándole a ingresar en Rhode Island, donde sigue un tratamiento consistente en cambiar la cocaína por morfina. La eficacia fue relativa, puesto que esta nueva adicción a los opiáceos permanecería hasta el final de sus días.

Desde 1888, trabaja en Baltimore, y en 1890 es nombrado primer jefe de cirugía del recién abierto hospital de la Universidad Johns Hopkins, de la que también sería primer profesor de cirugía. Sus alumnos le describían como un cirujano sistemático y muy detallista, siempre preocupado por la seguridad de sus pacientes.

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El Johns Hopkins Hospital, en Baltimore

La cirugía moderna le debe la sistematización de muchos procedimientos quirúrgicos (entre otros, intervenciones de tiroides, paratiroides, mama o patología vascular) así como diversas técnicas de sutura y hemostasia. Es suya la teoría de la extensión ganglionar del cáncer, fundamento de las primeras linfadenectomías. En 1894 publica su serie de mastectomías radicales, intervención que lleva su nombre. De igual modo, el edema del miembro superior secundario a la mastectomía radical con linfadenectomía se llama síndrome de Halsted.

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The Four Doctors (Welch, Halsted, Osler y Kelly), de John Singer Sargent. Cuentan que a Singer no le caía bien Halsted, y por eso le pintó en la sombra.

Por aquellas fechas, Carolina Hampton, una de las enfermeras de su quirófano (a la que Halsted había elevado a rango de enfermera jefe), desarrolla una grave dermatitis de contacto por culpa de los desinfectantes derivados del mercurio.

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Carolina Hampton

Carolina se plantea la necesidad de abandonar su profesión. Pero Halsted, que ya se ha fijado en ella, solicita a la Goodyear Rubber Company que le diseñe unos guantes de goma lo suficientemente finos como para no impedir la destreza manual. Nunca se habían fabricado unos guantes así: los que usaban a veces los anatomistas para sus disecciones eran gruesos y poco prácticos, y no servirían para intervenir a pacientes. En su biografía, Halsted dirá que no quería perder a Carolina porque era extremedamente eficiente, pero la realidad es que había otro motivo: poco tiempo después se casaron.

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El quirófano de Halsted

En 1899 Joseph Bloodgood, uno de los ayudantes de Halsted, que también había empezado a usar guantes para protegerse las manos, publica una reducción de casi el 100% de las infecciones en hernias intervenidas. Halsted se lamentará siempre por haber estado ciego durante tanto tiempo: “operar con guantes fue una evolución más que una inspiración o una idea feliz (…); es llamativo los cuatro o cinco años en los que como cirujano me puse guantes sólo ocasionalmente, estando lo suficientemente ciego para no percibir la necesidad de llevarlos invariablemente en la mesa de operaciones”.

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Uno de los guantes originales. Muy refinado tampoco era.

El discípulo de Líster había resultado ser un alumno aventajado, y entre ambos cambiaron radicalmente el pronóstico de los pacientes quirúrgicos. Hoy no se concibe un cirujano sin guantes ni una intervención sin la esterilización estricta del material.

En 1921 Halsted debe ser operado de una colecistitis. Un año más tarde sufre una colangitis de la que también es intervenido (¡sorprendente, puesto que la colangitis hoy en día no es quirúrgica!). El postoperatorio se complica con una neumonía, de la que muere el 7 de septiembre de 1922. Dos meses después fallece también Carolina, la primera persona que usó guantes quirúrgicos en el mundo.

Halsted recibió antes y después de su muerte el reconocimiento de la clase médica, pero nunca fue propuesto para el premio Nobel.

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4 respuestas a William S. Halsted: asepsia, amor y serendipia.

  1. Bernardo Darquea dijo:

    Esta bien, es sucinto. Falta citar, entre otros a Ignaz Semmelweis y su biografía. O mejor, realizar una reseña sobre su vida y muerte. Espero se tenga en cuenta el comentario.

  2. Pingback: De sondas y sombreros ajenos: Frederick Foley | Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre

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