Donald A. Henderson: el hombre que no podía ganar el Nobel

El pasado 19 de agosto falleció Donald A. Henderson, director del programa de erradicación de la viruela. No le fue concedido el Nobel de Medicina porque en la campaña había participado tanta gente (desde grandes epidemiólogos hasta misioneros y miembros de tribus perdidas en la India o en la sabana africana) que no se podría premiar a todos. Henderson fue la cabeza visible de la mayor batalla jamás ganada a una enfermedad infecciosa.  No podía faltar en la galería de gigantes de Curaraveces.

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Donald Ainslie Henderson nació el 7 de septiembre de 1928 en Lakewood, Ohio, en una familia de inmigrantes canadienses.

Ya en el colegio sus amigos le llamaban doctor Henderson, lo que da idea de su temprana atracción por la Medicina. Se graduaría en 1954 en la universidad de Rochester, realizando después su residencia en el Mary Imogene Bassett Hospital, en Cooperstown, Nueva York.

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Edificio original del Mary Imogene Basset Hospital

En 1955 entra en el Servicio de Inteligencia Epidemiológica, la élite del Communicable Disease Center, el famoso CDC que hoy conocemos como Centers for Disease Control and Prevention. En 1960 pasará a ser el responsable del servicio de vigilancia de enfermedades víricas del mismo.

Seis años más tarde, en 1966, la Organización Mundial de la Salud le selecciona para dirigir la campaña mundial para la erradicación de la viruela. No era casualidad, dado que Henderson ya había puesto en marcha previamente algunas iniciativas a nivel local: en 1965 envió una propuesta a la Agencia americana para el Desarrollo Internacional con un programa para controlar la viruela en 18 países africanos. Fue probablemente esta campaña la que empujó a la OMS a iniciar su programa de erradicación de la enfermedad a nivel global.

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La viruela era entonces, en palabras del propio Henderson, la más temida de las epidemias. Casi un tercio de los infectados morían por neumonía o encefalitis. mientras que las úlceras corneales causadas por el virus provocaban muchos casos de ceguera entre los supervivientes. Desaparecida ya en casi todos los países desarrollados, la escasa calidad de las vacunas y su inestabilidad en zonas tropicales impedían el control total de la enfermedad.

En realidad, el primer contacto de Henderson con la viruela había tenido lugar muchos años antes. En 1947, cuando apenas era estudiante de Medicina, un paciente procedente de México murió de viruela en Nueva York, contagiando a 12 contactos. Enseguida cundió el pánico en una ciudad considerada desde hacía años libre de la enfermedad. El joven D.A., como le llamaban sus amigos, decidió entonces dedicarse a la Epidemiología para estudiar las causas, la diseminación y el control de las epidemias.

A pesar de ello, Henderson no era considerado precisamente una autoridad en la materia. De hecho, la Organización Mundial de la Salud desconfiaba de la posibilidad de éxito de la campaña, así que prefirió elegir a un desconocido para no manchar la reputación de otros científicos de renombre. Lo mismo pensaban los responsables soviéticos de la campaña y, ante la probabilidad de un fracaso, preferían que la responsabilidad recayera sobre un americano.

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Los responsables del programa de erradicación de la viruela

Tal era la incredulidad en el seno de la Organización Mundial de la Salud, que un oficial llegó a decir que, si el programa era eficaz en Asia, se comería la rueda de un jeep. Cuentan que, concluida la operación, Henderson envió un mensaje a dicho oficial indicándole que tenía lista la rueda para que se pasara a recogerla.

A pesar de todo, Henderson era optimista: la diseminación exclusiva por el contacto con un paciente, el corto periodo de incubación y la fácil detección de los afectados gracias a las marcas externas facilitaban su detección precoz y la vacunación de los contactos. Para detectar estos casos, además de cientos de colaboradores reclutados en más de 70 países, Henderson recabó la ayuda de los misioneros y de los ancianos de las tribus. Viajó personalmente, en muchas ocasiones, para conocer los problemas que el programa encontraba sobre el terreno, especialmente en África, India y otros países asiáticos.

Tras emprender una dura campaña para conseguir vacunas de calidad, empezó la inmunización mediante una estrategia de círculos concéntricos o anillos: vacunando a todos los contactos de cada caso y a personas que, por su elevada movilidad, podían extender rápidamente la enfermedad.

Ni los ataques al personal sanitario, ni las guerras, ni la falta de infraestructuras apropiadas, ni las inclemencias del tiempo pudieron con la perseverancia de Henderson y su equipo. Hasta el punto de que el último caso de viruela se comunicó el 26 de octubre de 1977 en Somalia, apenas diez años después de iniciado el programa. En 1980, tras un largo proceso de confirmación, la Organización Mundial de la Salud declaró por fin erradicada la viruela.

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Ali Maow Maalin, un cocinero somalí de 23 años, fue el último caso declarado de la enfermedad. Logró sobrevivir.

Desde 1977 a 1990, Henderson fue decano de la Escuela John Hopkins de Salud Pública, y, en 1998, director fundador del Johns Hopkins Center for Civilian Biodefense Strategies de la Universidad de Pittsburgh. Fue además asesor del gobierno en bioterrorismo desde los atentados del 11S,  y estuvo a cargo de la llamada  “Office of Public Health Preparedness“. En 2002 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, la mayor distinción civil de América.

El 19 de agosto de 2016, a los 87 años de edad, Henderson falleció en Maryland por complicaciones derivadas de una fractura de cadera. Dos siglos después de que Jenner creara la primera vacuna, él fue el hombre que consiguió ganar la batalla contra el virus.

“Nunca antes una enfermedad había sido erradicada. La raza humana estaba al fin liberada de una ola que mutilaba, cegaba y mataba desde los albores de la historia”.

Donald A. Henderson.

Intervención en la Organización Panamericana de la Salud, 2010.

(La mayoría de las fotos de este post están tomadas de archivos de la ONU y de la OMS, de uso público).

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2 respuestas a Donald A. Henderson: el hombre que no podía ganar el Nobel

  1. libreoyente dijo:

    Mi admiración, respeto y agradecimiento a esta figura de la humanidad, y también buen momento para recordar la gesta del español Francisco Javier Balmis.

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