Henri Hartmann: el cirujano al que admiran los intensivistas

La dehiscencia anastomótica, la peritonitis secundaria y las suturas en ambiente séptico son algunos de los enemigos más temidos en la UCI. No es extraño, por tanto, que Hartmann sea nuestro cirujano preferido. Una vez más, la historia de una idea sencilla que ha salvado miles de vidas.

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Henri Albert Hartmann nació en París el 16 de junio de 1860. Su nombre completo era Henri Albert Charles Antoine Hartmann, pero él prefería llamarse a sí mismo “H.H.”. Terminó los estudios de Medicina en 1881 en la Universidad de París y empezó su especialización en el Hospital Bichat, de la mano de Felix Terrier, considerado uno de los mejores cirujanos franceses, y el primero en realizar histerectomías en Francia. Terrier era, además, un ferviente admirador de Pasteur: fue uno de los primeros en esterilizar el material quirúrgico y se mostraba especialmente estricto con la limpieza de su quirófano.

BichatImagen antigua del Hospital Bichat

Terminada su formación quirúrgica, Hartmann trabajó por poco tiempo en el campo de la urología en el Hospital Lariboisière, y allí redactó su tesis sobre el tratamiento de la cistitis, con la que ganaría el premio d´Argenteuil. Pero no quería centrarse en un determinado campo de la cirugía por lo que, tras ocupar varios puestos en distintos hospitales de París, acabará volviendo a trabajar con Terrier en el Hospital Bichat.

Según sus propias palabras, Hartmann adoptó de Terrier los preceptos de su vida profesional: amor al trabajo, integridad, respeto por el paciente y vida sencilla. También aprendió de él a ser especialmente meticuloso. Hasta tal punto, que redactó y conservó informes rigurosos de más de 30.000 casos atendidos personalmente. Igual de estricto era con todos los aspectos de la técnica quirúrgica, especialmente con la hemostasia y las suturas. Hizo suya la cita del cirujano polaco Johannes von Mikulicz: “puedo reconocer a un gran cirujano, no por cómo corta, sino por cómo cose”.

Entre sus múltiples publicaciones, destaca su Travaux de Chirurgie Anatomo-Clinique, una obra en nueve volúmenes sobre los diversos campos de la cirugía, que fue publicando a lo largo de toda su vida. En él se recogen artículos, casos, técnicas quirúrgicas, resultados de laboratorio, descripciones anatomopatológicas…

Hartmann había llegado en el preciso momento en el que la cirugía, vencidos ya sus tres enemigos principales –la infección, la hemorragia y el dolor-, se abría paso sin que ningún órgano se le resistiese. Suyas son las primeras descripciones detalladas de la técnica de la histerectomía, el tratamiento quirúrgico de la salpingitis, el drenaje linfático del cáncer gástrico, la anatomía del tronco celiaco, la estenosis pilórica hipertrófica del adulto, la tuberculosis de ciego y el pseudomixoma apendicular. Además, realizó la primera diverticulectomía esofágica en Francia. Dio nombre también a la bolsa de Hartmann, infundíbulo situado en la parte distal del cuello de la vesícula, de gran importancia en la cirugía biliar.

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Desde 1892 ocupó diversos puestos docentes, y formó a varias generaciones de cirujanos. En 1914 fue nombrado Jefe de Cirugía en el hospital más famoso (y antiguo) de París, l´Hôtel-Dieu. Era un profesor estricto, que operaba en absoluto silencio, y solo después ofrecía una descripción detallada delo que había hecho. A pesar de ello, tanto su quirófano como sus sesiones clínicas estaban siempre llenos de estudiantes, médicos en formación e incluso cirujanos experimentados.

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Pero Hartmann pasará a la historia gracias a la intervención que lleva su nombre. En 1912 presenta los dos primeros casos en el trigésimo Congreso de la Sociedad de Cirugía Francesa. Se trataba de dos pacientes con tumores obstructivos de colon. Una vez ampliada la serie hasta 34 casos, la sigmoidectomía con cierre del muñón rectal y colostomía proximal había reducido al 8% la mortalidad de estos casos, que alcanzaba casi el 40% cuando se empleaba la amputación abdominoperineal de Miles. Hartmann describió sus dos primeros casos como “tan sencillos como la intervención de un apéndice frío”.

qxTécnica de Hartmann. Imagen: http://www.surgwiki.com

Aunque la técnica se desarrolló inicialmente para el tratamiento oncológico, pronto se extendió a otras entidades, especialmente la diverticulitis y las intervenciones urgentes, en las que una sutura en ambiente séptico está destinada al fracaso. Curiosamente, Hartmann nunca se planteó reconstruir después el tránsito intestinal (algo habitual hoy en día), puesto que le parecía un riesgo demasiado elevado.

 Desde su jubilación en 1930, Hartmann siguió recibiendo regularmente estudiantes que acudían a su casa para charlar con él y disfrutar de la cocina de su mujer, que los cuidaba como a los hijos que nunca tuvo. Con ellos pasó el 1 de enero de 1952, el primero tras la muerte de su esposa. Ese mismo día, poco después de quedarse solo en casa, resbaló y cayó por las escaleras. Murió al día siguiente, a los 91 años de edad, dejándonos el legado no solo de su técnica quirúrgica, sino también del amor al trabajo, la integridad, el rigor profesional y el respeto al paciente que aprendiera de su maestro.

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Yo solo veo niños

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Esta semana he tenido la tentación de no entrar en twitter. Mi TL se ha llenado de discusiones de unos y otros defendiendo a los palestinos o a los israelíes. Yo nunca entendí del todo el conflicto judío-palestino. Lo poco que he leído me hace pensar que es irresoluble. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.

Veo con horror como algunos justifican a los terroristas y otros defienden los métodos de Israel. Dicen que Gaza no tiene más remedio o que Israel se defiende. Justifican los desmanes de uno basándose en las barbaridades de los otros. Yo intento mirar desde fuera y me puede el horror. El horror por lo que está pasando. El horror por la insensibilidad de Occidente. Y el horror por lo que se dice y se defiende desde la cómoda distancia del sillón de nuestras casas. Desde uno y otro lado.

Yo leo las noticias, y solo veo niños. Niños palestinos educados para convertirse en terroristas suicidas. Niños israelíes secuestrados y asesinados. Niños palestinos que han crecido en un campo de refugiados, sobreviviendo apenas con la ayuda de Naciones Unidas. Niños israelíes educados en el odio racial y religioso. Niños palestinos asesinados mientras intentan evadirse del horror jugando en la playa. Niños israelíes que miran al cielo buscando cohetes de Gaza. Niños palestinos que miran al cielo temiendo las bombas israelíes. Niños sin familia, niños malheridos, niños evacuados de hospitales bombardeados, niños sin agua potable, niños cuyos padres están en el frente, niños obligados a crecer demasiado pronto, niños utilizados como escudos humanos, niños sin infancia. Niños que pierden la vida apenas estrenada.

Y pasas las páginas del periódico y ves más niños. Niñas secuestradas, niñas obligadas a casarse en plena infancia, niños maltratados por los que debían protegerles.

Pienso en mis sobrinos y me muero de vergüenza ante este mundo insensible. Dicen que cada niño que nace es una muestra de que Dios no ha perdido del todo la esperanza en el hombre. Pero es como para perderla. Dicen que la altura moral de una sociedad se manifiesta en cómo cuida a sus niños y a sus ancianos. Y no entiendo que se puedan seguir defendiendo los métodos terroristas de unos y otros.

Yo abro el periódico y solo veo familias destrozadas, madres desoladas y niños asustados. Civiles envueltos en una guerra que nada tiene que ver con ellos. Indefendible desde cualquier punto de vista. Vergonzoso para toda la comunidad internacional que asiste impasible. A ver si alguien reacciona. A ver si los que opinamos desde el sofá también reaccionamos. Por los niños, por nuestros niños. #PauseForPEACE.

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De autovías y sanidad: novatadas y política madrileña.

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La verdad es que yo volvía de vacaciones en fase zen, sin ánimo de discutir por nada ni con nadie. Pero el Gobierno de la Comunidad de Madrid, siempre preocupado por mantener mi inspiración, me ha vuelto a dar motivos para escribir sobre sanidad pública. Hay que reconocer que les debo un montón de entradas de este blog. 

El caso es que, el sábado, El País publicó una noticia (ésta) sobre la autovía M-45, que me dejó con la boca abierta. El paralelismo con los nuevos hospitales de Madrid era tal que por un momento no sabías si hablaban de carreteras o sanidad. Las excusas que esboza la Comunidad hacen más inaceptable, si cabe, el intento de privatización que hemos sufrido. Leamos la noticia despacio…

- ” Este sistema, por el que una o varias empresas construyen y gestionan una carretera sin que lo haga directamente el Ejecutivo a cambio de un canon anual en función de los vehículos que circulen”. Exactamente lo mismo que se hizo con las concesionarias que construyeron los hospitales y muy similar a lo que se pretendía con las que gestionarían la atención sanitaria si no lo hubiera paralizado la justicia (en su caso, por población de referencia, no por población atendida).

- “Impulsó que se construyeran unas infraestructuras para las que no se disponía de liquidez, llegando a acuerdos con grandes empresas como ACS, OHL, Sacyr o FCC (…) apostando por una política en la que solo importaba el presente, obviando que la factura a medio y largo plazo saldría mucho más cara.(…). Construir la autovía costó 487 millones de euros, el Ejecutivo madrileño ha destinado 620 millones desde 2007″. El modelo (¡y hasta las empresas concesionarias!) es el mismo. El contrato era para 25 años (el de los hospitales para 30) “sin que vaya a amainar ni haya manera de revisar la relación”Lo de que la factura a largo plazo saldría más cara también lo avisó AFEM ante el intento reciente de privatización. E incluso la propia Consejería lo reflejó en el presupuesto de 2014. Pero ni hicieron caso, ni fueron capaces de rebatir nuestras cuentas. De hecho, nunca supieron dar una cifra de ahorro real, porque oímos seis o siete distintas…

- “La Comunidad remite a los compromisos adoptados por el anterior Gobierno regional y a la actualización del IPC”. “La revisión al alza del IPC no es ninguna novedad”. “En tan solo un año la Comunidad se ha visto obligada a pagar casi cinco millones más a las concesionarias, solo por el IPC, sin que ello conlleve una mejora del servicio”. Es decir, los que afrontamos ese gasto extra somos nosotros, sufridos ciudadanos que pagamos los impuestos. Lo de la revisión según el IPC fue tema recurrente de la Marea Blanca, ya que estaba recogido en los pliegos de privatización: pasase lo que pasase con el presupuesto global de sanidad, habría que aumentar el canon por IPC. Si el presupuesto global se reducía, eso supondría descapitalizar los hospitales de gestión directa para pagar más a los otros. Incluso aunque estos últimos tuvieran una actividad mucho menor o realizaran solo procedimientos menores y baratitos…

Así que esta es la situación de la M-45, la de las concesionarias que construyeron los hospitales y la que podría haberse dado si se privatizan los hospitales. Menudo panorama. Por cierto, es también la situación de los hospitales Infanta Elena, Rey Juan Carlos y Torrejón (y me temo que también en la Fundación Jiménez Díaz, aunque no he visto sus pliegos). Y no es revisable en ninguno de los casos (o lo es a costa de un desembolso inaceptable por aquello del lucro cesante).

 

Pero vamos con las excusas de la Comunidad, que son lo más divertido (o triste, no sé) del asunto:

- “La M-45 se inauguró en 2002, fue la primera gran concesión que se hizo en España. No había precedentes… y estamos pagando la novatada“. Prescindamos por un momento de que la Comunidad de Madrid tiene asesores y técnicos suficientes para haber estudiado el asunto por adelantado y no pagar ninguna novatada (que ya es sangrante, porque se supone que ese es su trabajo, ¿no?). Centrémonos mejor en la cronología de las concesiones sanitarias:

A.- En 2007, cuando se empezo la construcción de los hospitales, ya llevábamos cinco años con la M-45 inaugurada. Cinco años de actualización del canon según IPC. Cinco años de sobrecostes. Ya no éramos novatos, señores, pero caímos en el mismo error. Quizá es que había que abrir todos los hospitales antes de las elecciones… El caso es que volvimos a firmar actualizaciones por IPC, concesiones a 30 años no revisables, etcétera. Incluso con las mismas empresas. Y eso que ya debíamos haber escarmentado…

B.- En 2008-2011, cuando se adjudicó la gestión sanitaria de Valdemoro, Torrejón y Móstoles-IDC, ya llevábamos entre 6 y 9 años con la M-45 inaugurada y 1-3 con los nuevos hospitales construidos. Ya habíamos pagado muchos errores, mucha actualización de IPC, ya había voces que se lamentaban de la duración de los contratos no revisables, de lo caro que sería recuperar la gestión en caso de que el contrato no saliera bien desde el punto de vista económico o de calidad del servicio… Ya había habido suficientes problemas con las concesionarias. No éramos novatos ni mucho menos, pero volvimos a caer, no una vez, sino tres. 

C.- Y lo más sangrante, en 2013, cuando se redactaron los pliegos de privatización de hospitales, YA LLEVÁBAMOS 11 AÑOS DE M-45 y 5 DE NUEVOS HOSPITALES. Pero los pliegos se redactaron igual: concesiones larguísimas no revisables, actualización por IPC (a pesar de que estábamos en un momento crítico con presupuestos menguantes en sanidad) y todo lo demás. Ya no éramos novatos ni mucho menos. Ya habíamos pagado un montón de sobrecostes (un incremento mayor del 44% en 8 años en la M-45). La excusa que nos dieron para privatizar -el ahorro- no se sostenía por ningún lado. Y eso sin hablar de aspectos como la equidad, los cambios del modelo de aseguramiento, el difícil control de la calidad, las irregularidades que ya se habían dado en otros hospitales de gestión privada…

Sinceramente, me parece intolerable que la Comunidad dé este tipo de excusas y al mismo tiempo siga pensando en privatizar la sanidad. Me temo que nos toman por tontos. La primera vez que te equivocas puedes decir que pagas la novatada, aunque no debería ser así (se supone que alguien estudió los contratos y las experiencias de otros países, ¿no?). Pero la segunda vez ya no es una novatada, es derrochar el dinero de todos. Y es intolerable.

Pero claro, después de haber sufrido la apertura simultánea de seis hospitales, con sus problemas económicos y su caos organizativo, lees la última excusa de la Comunidad (hablando de la M-45) y no sabes si reír o llorar: Era necesaria, quizás si se hubiera hecho por tramos y no de una tacada…”

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Graham Teasdale y Bryan Jennett: 40 años de la escala de Glasgow

Mi blog ya empieza a tener hasta corresponsales. Cris Ojeda-Thies (@ojedathies) me informó de que este fin de semana se celebra en Glasgow el 40 aniversario de la escala de coma que lleva el nombre de la ciudad. Podéis ver la noticia aquí. La escala de Glasgow está en los genes de cualquier intensivista, así que no me he podido resistir. Aquí está la historia de la escala y de sus creadores.

teasdaleSir Graham Michael Teasdale nació en Durham (Inglaterra) el 23 de septiembre de 1940. Graduado en la Universidad de dicha ciudad en 1963, completó su formación en Newcastle, Londres y Birmingham antes de trasladarse e Glasgow cuatro años más tarde. Allí se formaría en cirugía y neurocirugía en el Southern General Hospital. Llegaría a ser director del Departamento de Neurocirugía, presidente del Royal College and Physicians de Glasgow y primer presidente de la Sociedad Internacional de Neurotrauma.

En 2006 recibió el título de “sir” por sus aportaciones a la neurociencia. Actualmente es profesor honorífico en el Institute of Health and Wellbeing de la Universidad de Glasgow.

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Teasdale y Jennet. 

William Bryan Jennet nació en Twickenham (Inglaterra) el 1 de marzo de 1926, y murió en Glasgow el 26 de enero de 2008, a causa de un mieloma múltiple. Graduado en Liverpool en 1949, se formó como neurocirujano en Oxford, Cardiff y Manchester. En 1963 se traslada a Glasgow. En 1968 ocupará en esa universidad la primera cátedra de Neurocirugía y llegará a ser Decano de la Facultad de Medicina en 1981. Durante esos años, convertirá la Universidad de Glasgow en uno de los centros destacados de la Neurocirugía mundial.

Recién llegado a Glasgow, Jennet crea una base de datos en la que incluirá todos los traumatismos craneoencefálicos atendidos en su departamento, así como los que asisten sus colaboradores de Holanda y Estados Unidos. Esta forma de recopilar datos, absolutamente novedosa entonces, será la base para la creación de la escala de coma.

Trabajador incansable y preciso, en 1964 publica su “Introduction to Neurosurgery”, que se convertirá en referencia para todos los que se forman en Neurocirugía. En 1972, junto con Fred Plum, publicará “The Persistent Vegetative State”, la primera descripción de esta entidad, cuyo nombre acuñaron los propios autores.

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En 1974 define junto a Graham Teasdale la escala de coma de Glasgow (Glasgow Coma Scale), y un año más tarde, en colaboración con Michael Bond, la escala pronóstica de Glasgow (Glasgow Outcome Scale), tan simple y útil como la anterior.

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Con su gráfica frase de head injuries who talk and die” (pacientes que inicialmente hablan… y mueren), definió los factores que producían lesión neurológica secundaria tras el traumatismo craneoencefálico grave, y que hoy constituyen la base de todas las guías clínicas.

Los miembros de su departamento destacaron siempre la capacidad de Jennet para hacer brillar a sus colaboradores. En este sentido, llama la atención que ninguna de sus aportaciones a la neurocirugía lleve su nombre, sino casi siempre el de su escuela.

En sus últimos años, Bryan Jennet prestó atención a los criterios de muerte encefálica, y sus trabajos derivaron hacia el campo de la bioética y las leyes biomédicas. Su última publicación fue una monografía sobre los aspectos clínicos, éticos y legales del estado vegetativo persistente, aparecida en el British Journal of Neurosurgery apenas un mes antes de su muerte.

No cabe duda de que, entre las aportaciones de la escuela de Glasgow a la neurociencia, que fueron muchas, destaca la definición de la Escala de Coma de Glasgow (Glasgow Coma Scale), herramienta que pronto saltó los límites de la neurocirugía y se hizo imprescindible para todos los que atienden pacientes neurológicos y politraumatizados.

Según explica el propio Teasdale, en los años 70 existían múltiples escalas de clasificación del coma: o bien eran tan simples que resultaban inútiles, o tan complicadas que no se podían memorizar y aplicar en la práctica habitual. La más usada era la del Medical Research Council, que incluía hasta 16 ítems difícilmente diferenciables (coma, semicoma, confusión leve, moderada o severa…). La pareja Jennet-Teasdale, uno interesado en la fisiopatología y los factores pronósticos y el otro en la aplicación práctica de la escala, era perfecta para resolver el problema.

Y la solución fue muy simple. Tanto, que durante años corrió el bulo de que la escala se había inventado en una noche en un bar de Glasgow, mientras ambos autores tomaban unas cervezas. El propio Teasdale se encargará de desmentirlo: la escala es fruto de muchos años de trabajo, y de la base de datos que recogía rigurosamente Jennet.

Lo que inicialmente plantearon, según explicaba el propio Jennet, era utilizar términos simples que pudieran ser entendidos por cualquier observador (incluso no sanitario) y eliminaran el componente subjetivo. La escala del Medical Research Council les sirvió de modelo de lo que NO debían hacer.

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La escala de Glasgow interpretada por el genial Netter.

El objetivo inicial de la escala era simplemente comparar la gravedad de los pacientes que se incluían en los estudios, pero pronto comprendieron que sería una herramienta excelente para su aplicación en la clínica.

Con el tiempo, se dieron cuenta de que la escala serviría también para medir el deterioro o mejoría del nivel de conciencia en el mismo paciente. Parece que fue Jennet el que sugirió asociar números a cada uno de los ítems que inicialmente se habían considerado meramente descriptivos: así se facilitaría la comunicación entre el personal sanitario. Además, aunque con la suma de los valores numéricos de cada categoría se perdía parte de la información, permitía ofrecer también una valoración global de la situación, muy útil en triaje y estudios epidemiológicos. De hecho, en un trabajo posterior, deciden proponer la definición de paciente en coma como el que no abre los ojos, no habla y no obedece órdenes, es decir cualquier puntuación inferior a 8. Exactamente la que usamos 40 años después.

En 1974 se publica la escala en la prestigiosa revista The Lancet (inicialmente puntuable de 3 a 14 puntos, pues no se incluyo la flexión anormal o postura de decorticación -M3- hasta un año después). El artículo original se considera el más veces citado en el campo de la neurocirugía clínica. La escala se ha traducido a más de 60 lenguas y se usa en más de 80 países.

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La publicación original

Desde hace 40 años, gracias a Teasdale y Jennet, todos hablamos el mismo idioma. Desde hace 40 años, no se entendería la atención al paciente neurocrítico sin la escala de Glasgow.

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Morir con dignidad en la UCI

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Hace un par de semanas, dentro de la serie de paciente crítico que ha ido publicando el New England en los últimos meses, le tocó el turno a una revisión sobre “morir con dignidad en la UCI”. No os pongo el enlace porque no es de acceso gratuito, pero debería ser lectura obligatoria para todos los intensivistas.

Aunque en algunas cosas pueda discrepar un poco, me gustó el enfoque. Entre otros motivos, porque incluye una definición de morir con dignidad que hace referencia al valor intrínseco e incondicional de la vida humana. Y es que a veces parece que solo hablamos de calidad de vida, y además una calidad que pretendemos valorar desde fuera, así que ya solo por esto merece la pena leer el artículo. Por supuesto que a esta calidad intrínseca se añaden la condiciones externas de confort, autonomía, sentido y relaciones interpersonales. Los autores no las olvidan.

Consideran, además, que cuidar de pacientes al final de la vida es un privilegio y una responsabilidad (¡cómo no me va a gustar, si yo dije lo mismo aquí!). Y que la Medicina Intensiva debe preocuparse del cuidado paliativo tanto como de prevención, diagnóstico, monitorización y tratamiento. No en vano uno de cada cinco pacientes en Estados Unidos muere en la UCI, la mayoría tras retirada de medidas de soporte vital. Pensar en ese sentido da mucho más relieve a nuestra especialidad, y la humaniza en medio de la alta tecnología en la que se mueve.

Especial hincapié hace el artículo en comunicación, con una frase que da mucho que pensar: la satisfacción de los familiares con la información es mayor cuando los médicos hablan menos y escuchan más. Y da una indicación oportuna sobre el tono que debe tener la información: “esperar lo mejor, preparándose para lo peor“. Qué poquita formación hemos recibido sobre esto, cuánto nos queda por aprender…

Pero lo que en realidad me ha gustado es cómo explica la retirada de tratamientos y las medidas de confort. Porque casi no habla de toma de decisiones ni de dosis de opiáceos. Habla de acercar sillas y conseguir una temperatura agradable. De presentarse a la familia y buscarles un sitio cómodo para llorar a a gusto. De abrir la mano con las visitas y estar disponibles hasta el final. Habla de retirar monitores inútiles y disminuir el brillo de las pantallas. De asegurar la asistencia espiritual y la información de todos. De implicar en el cuidado a todo el personal. De intentar que la enfermera no lleve otro enfermo, para que esté absolutamente dedicada al paciente y la familia. De silenciar alarmas y evitar los ruidos cerca de la cama del paciente. 

Claramente, detalles que marcan la diferencia. Los que de verdad son importantes a la hora de la muerte. No solo lo sugieren como teoría, sino que hasta proponen un pequeño protocolo en forma de checklist:

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Da un poco de vértigo leerlo y pensar cuántas cosas se nos han escapado hasta ahora, cuántos detalles hemos pasado a veces por alto, cuánto podemos mejorar. ¿Necesitaremos rotar por una unidad de cuidados paliativos? Antes pensaba que no, ahora no estoy tan segura. Con o sin rotación, necesitamos dar vueltas al proceso de morir en la UCI, a la comunicación, a la atención de los familiares… Quizá baste con aprender a ponernos en lugar del paciente o la familia. Quizá además de estudiarnos la sepsis tengamos que buscar el momento de aprender otro tipo de habilidades. Quizá ha llegado el momento de dar un giro de 180 grados.

En su línea de “frases afortunadas”, el artículo termina diciendo que asegurar la muerte con dignidad en la UCI es la personificación del arte médico, refleja el corazón de la Medicina y exige lo mejor de nosotros. Ha llegado el momento de empeñarnos en estar a la altura.

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Más sobre las UCIs abiertas

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Pues resulta que el sábado pasado convertimos mi servicio en una UCI abierta (al menos durante la tarde), y no hubo ningún problema. Es verdad que la tarde fue tranquilita, pero ni los familiares estuvieron todo el rato ni la enfermería se encontró especialmente sobrecargada. La paciente por la que lo hicimos, consciente pero inmovilizada por un traumatismo, lo agradeció un montón. Su familia también. Y yo me fui a casa tan contenta. ¡Por algo se empieza!

El caso es que lo de las UCIs abiertas se está convirtiendo en tendencia. Se ha creado un grupo en Facebook en el que, de momento, se comparten experiencias y sugerencias. Ojalá sea el germen de una política generalizada de puertas abiertas. Si os interesa, podéis uniros desde aquí.

Para empezar, desde REMI se ha planteado esta encuesta. Podéis responderla tanto si sois personal sanitario como si no. Queremos llegar a 1000 respuestas este mes, ¿nos ayudáis a difundirla? ¡Gracias!

Podéis responder a la encuesta a través de este ENLACE.

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William S. Halsted: asepsia, amor y serendipia.

Según la wikipedia, una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. El término, que no está recogido en el diccionario de la Real Academia, deriva del inglés “serendipity”, un neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754, a partir de un cuento tradicional persa llamado «Los tres príncipes de Serendip». Los protagonistas, unos príncipes de la isla de Serendip (nombre árabe de la actual Sri Lanka), solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades.

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William Halsted nació el 23 de septiembre de 1852 en Nueva York. Tras graduarse en Yale y Columbia, pasó un tiempo como interno en el New York Hospital. En este centro implantó lo que hoy sería la gráfica de enfermería de cada paciente: un cuadro en el que con puntos y líneas de colores se reflejaba la tensión arterial y la frecuencia cardiaca y respiratoria de los enfermos.

A mediados de los 70, dedica dos años a formarse en Anatomía y Embriología en Europa, donde coincidirá con los mejores cirujanos de aquella época: Billroth, Chiari, Kaposi… En 1876 conoce a Lister y queda deslumbrado por sus teorías sobre la asepsia. De hecho, cuando vuelve a Nueva York se niega a operar en el antiguo quirófano y exige un lugar con mejores condiciones y posibilidad para esterilizar el material quirúrgico.

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Joseph Lister

No cabía duda de que Halsted era un pionero: en 1880 su hermana está a punto de morir por una hemorragia obstétrica. Sin dudarlo, Halsted se extrae sangre para realizarle la primera transfusión conocida en los Estados Unidos, y posteriormente la opera salvándole la vida (afortunadamente sus grupos sanguíneos, aún desconocidos en ese momento, eran compatibles). Años más tarde, es su madre la que padece coleliatiasis y, ni corto ni perezoso, Halsted la opera sobre la misma mesa de la cocina. Ambas sobrevivieron.

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El joven Halsted

Pero la vida de Halsted no está exenta de sombras. En 1884 descubre un trabajo de Carl Keller, de Heidelberg, que utilizaba la cocaína para anestesiar cirugías oculares. Halsted decide probarla como anestésico local y regional, y comienza a experimentar sobre sí mismo. La técnica es eficaz, pero tiene un serio efecto secundario: Halsted se ha convertido en cocainómano. Un amigo médico se encarga de su desintoxicación, inicialmente enviándole a un largo viaje, y más tarde obligándole a ingresar en Rhode Island, donde sigue un tratamiento consistente en cambiar la cocaína por morfina. La eficacia fue relativa, puesto que esta nueva adicción a los opiáceos permanecería hasta el final de sus días.

Desde 1888, trabaja en Baltimore, y en 1890 es nombrado primer jefe de cirugía del recién abierto hospital de la Universidad Johns Hopkins, de la que también sería primer profesor de cirugía. Sus alumnos le describían como un cirujano sistemático y muy detallista, siempre preocupado por la seguridad de sus pacientes.

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El Johns Hopkins Hospital, en Baltimore

La cirugía moderna le debe la sistematización de muchos procedimientos quirúrgicos (entre otros, intervenciones de tiroides, paratiroides, mama o patología vascular) así como diversas técnicas de sutura y hemostasia. Es suya la teoría de la extensión ganglionar del cáncer, fundamento de las primeras linfadenectomías. En 1894 publica su serie de mastectomías radicales, intervención que lleva su nombre. De igual modo, el edema del miembro superior secundario a la mastectomía radical con linfadenectomía se llama síndrome de Halsted.

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The Four Doctors (Welch, Halsted, Osler y Kelly), de John Singer Sargent. Cuentan que a Singer no le caía bien Halsted, y por eso le pintó en la sombra.

Por aquellas fechas, Carolina Hampton, una de las enfermeras de su quirófano (a la que Halsted había elevado a rango de enfermera jefe), desarrolla una grave dermatitis de contacto por culpa de los desinfectantes derivados del mercurio.

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Carolina Hampton

Carolina se plantea la necesidad de abandonar su profesión. Pero Halsted, que ya se ha fijado en ella, solicita a la Goodyear Rubber Company que le diseñe unos guantes de goma lo suficientemente finos como para no impedir la destreza manual. Nunca se habían fabricado unos guantes así: los que usaban a veces los anatomistas para sus disecciones eran gruesos y poco prácticos, y no servirían para intervenir a pacientes. En su biografía, Halsted dirá que no quería perder a Carolina porque era extremedamente eficiente, pero la realidad es que había otro motivo: poco tiempo después se casaron.

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El quirófano de Halsted

En 1899 Joseph Bloodgood, uno de los ayudantes de Halsted, que también había empezado a usar guantes para protegerse las manos, publica una reducción de casi el 100% de las infecciones en hernias intervenidas. Halsted se lamentará siempre por haber estado ciego durante tanto tiempo: “operar con guantes fue una evolución más que una inspiración o una idea feliz (…); es llamativo los cuatro o cinco años en los que como cirujano me puse guantes sólo ocasionalmente, estando lo suficientemente ciego para no percibir la necesidad de llevarlos invariablemente en la mesa de operaciones”.

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Uno de los guantes originales. Muy refinado tampoco era.

El discípulo de Líster había resultado ser un alumno aventajado, y entre ambos cambiaron radicalmente el pronóstico de los pacientes quirúrgicos. Hoy no se concibe un cirujano sin guantes ni una intervención sin la esterilización estricta del material.

En 1921 Halsted debe ser operado de una colecistitis. Un año más tarde sufre una colangitis de la que también es intervenido (¡sorprendente, puesto que la colangitis hoy en día no es quirúrgica!). El postoperatorio se complica con una neumonía, de la que muere el 7 de septiembre de 1922. Dos meses después fallece también Carolina, la primera persona que usó guantes quirúrgicos en el mundo.

Halsted recibió antes y después de su muerte el reconocimiento de la clase médica, pero nunca fue propuesto para el premio Nobel.

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