De sondas y sombreros ajenos: Frederick Foley

En la última entrada de #AHombrosDeGigantes, hablábamos de los médicos que le “roban” el síndrome a quienes realmente lo describieron por primera vez. Decía @neumocitotipo1 que es algo así como “saludar con el sombrero de otro“. Cuando lo que está en juego no es solo la fama, sino también el dinero de la patente, el intercambio de sombreros puede acabar en los juzgados. Así nació la sonda Foley, omnipresente hoy día en la asistencia sanitaria.

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Frederick Eugene Basil Foley nació en St. Cloud, Minnesota, el 5 de abril de 1891. Estudió idiomas en Yale y Medicina en la John Hopkins School of Medicine, donde se graduó en 1918.

Durante sus primeros años de ejercicio, trabajó con William Halsted (uno de los pioneros de la cirugía moderna, inventor de los guantes quirúrgicos) y Harvey Cushing (quien describió el síndrome y la triada que llevan su nombre). También formó parte de la plantilla del Peter Bent Brigham Hospital en Boston durante los años 1920 y 1921.

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El Peter Bent Brigham Hospital (hoy Brigham and Women´s Hospital). La foto es de la década de 1920

No existe ninguna evidencia de su formación como urólogo, pero recibió el certificado de la American Broad of Urology en 1937. Tras unos años en Boston se traslada al Ancker Hospital en St. Paul, Minnesota (hoy St. Paul Ramsey Medical Center).

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El Ancker Hospital a principios del siglo XX

Aunque no recibiera su certificación como urólogo hasta 1937, Foley ya había diseñado su primer catéter en 1929. Se trataba de una sonda con balón para hacer hemostasia tras las cirugías vesicoprostáticas. A partir de ese primer catéter desarrolló, en los años 30, una sonda para drenar de forma continua la orina de los pacientes.

En realidad, lo que traía de cabeza a Foley (y a otros urólogos) era que la sonda se quedara fija sin necesidad de suturas o sujeciones de otro tipo. El catéter de 1929 le dio la clave: el balón que usaba para hacer hemostasia también serviría como autoanclaje de la sonda.

Hasta pocas décadas antes, las sondas eran de goma y se deterioraban rápidamente al mantenerse en el interior de la vejiga. A finales del siglo XIX, Auguste Nelaton había incorporado el proceso de vulcanización descrito por Goodyear a la fabricación de catéteres: estas sondas de látex ya podían mantenerse a la temperatura corporal sin deteriorarse. Combinando estos dos avances, el látex y el balón en el extremo, Foley ideó su sonda de doble luz, una de drenaje y otra para el llenado del balón que la mantendría anclada a la vejiga. La primera demostración de esta nueva sonda la hizo en 1935 ante la Sociedad Americana de Urología, y en 1937 lo publicaba en el Journal of Urology.

Mientras Foley terminaba de diseñar su novedoso catéter vesical, Paul Raiche, de la Davol Rubber Company de Providence (Rhode Island) consiguió la patente. Cuando Foley quiso patentarlo cuatro meses más tarde se encontró con la desagradable sorpresa de que otros le habían pisado el terreno. Presentó una apelación en la que demostraba que la sonda era su creación, y consiguió recuperar la patente.

La Davol Rubber Company tuvo la suficiente visión comercial como para saber que la sonda tendría éxito y merecía la pena luchar por ella, así que Paul Raiche apeló de nuevo y recuperó la patente para la compañía. Esto era más de lo que Foley podía consentir, por lo que volvió a recurrir, pero perdió esta vez y la patente quedó finalmente a nombre de Raiche.

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La patente de Paul Raiche

Pero, lo que son las cosas, la C.R. Bard Company de New Jersey había empezado a comercializar los catéteres antes de la primera patente, en 1935, y los había llamado catéteres de Foley. Así que Foley perdió la patente (y supongo que con ella una importante suma de dinero) pero mantuvo para siempre su nombre unido al de su creación. La historia le había hecho justicia.

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Aunque con pequeños cambios, la sonda Foley que conocemos hoy es básicamente la misma que diseñó Frederick Foley.

Aunque pasaría a la historia unido a su sonda urinaria, también definió algunas técnicas como la pieloplastia en Y-V de Foley. Además inventó una mesa de quirófano hidráulica, un resectoscopio rotatorio y el primer esfínter ureteral artificial. Eso sí, suponemos que, ya escarmentado, no volvería a dejar que le pisaran las patentes.

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Según Google, esto es una pieloplastia en Y de Foley. A mí no me miréis, que yo soy intensivista.

Foley murió el 24 de marzo de 1966, a causa de un cáncer de pulmón. Desde mucho antes, su sonda ya era imprescindible en el cuidado habitual de miles de pacientes. Como sucedió con tantos otros médicos de su época, había sido la necesidad de ofrecer una mejor atención a los pacientes en su práctica clínica diaria la que le había llevado a convertirse en inventor.

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Hermanos…

No me he podido resistir, aunque suponga la segunda entrada del día.

Os pongo en antecedentes: le pedí a mi hermano (que tiene una empresa de traducción, cuyo blog tenéis en el menú de la derecha -aquí, haciendo publicidad subliminal ;) ) que me ayudara a traducir un abstract para el Congreso Europeo. Le hizo mucha gracia que el estudio se llamara “de cohortes“, porque dice que él se imagina un montón de legiones de romanos, con Julio César a la cabeza, llegando todos infartados a Urgencias.

Y ahora me manda esto, diciendo que se ha filtrado la primera diapositiva de mi presentación. Es tan ingeniosa, que llevo un rato riéndome a carcajadas yo sola. Se merecía compartirlo aquí… XD

Astérix

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Querido residente…

… que estás eligiendo plaza estos días. Probablemente estás harto de que en las redes sociales se analice por qué has pedido esa plaza y no otra. Quizá te dejaste llevar por la emoción del número y elegiste una especialidad “con glamour” en lugar de la que realmente te gusta. O has elegido la que siempre quisiste, con o sin glamour. O tal vez te quitaron la plaza soñada y has elegido lo que has podido. O has preferido la seguridad laboral (si es que queda en alguna especialidad) antes que nada.

Me parece perfecto. Cada uno elige por los motivos que le parecen mejores, y al fin y al cabo es tu vida lo que estás decidiendo.

Lo bueno de la Medicina es que todas las especialidades son bonitas cuando las conoces. Lo importante es la actitud con la que te enfrentes a ella.

No olvides que la especialidad no depende tanto del programa formativo o del servicio en el que caigas. La especialidad te la construyes tú. Tú decides hasta dónde vas a profundizar, qué empeño le vas a poner, cuántas horas le vas a dedicar. Tú serás el que estudie más o menos, el que le saque rendimiento a las sesiones, a los congresos y a las rotaciones. Da igual el número que tengas, ahora vuelves a empezar de cero.

No dejes de lado los aspectos menos científicos de tu profesión. Aprende a tratar a los pacientes como lo que son: personas vulnerables que necesitan tu ciencia, pero también tu humanidad. Selecciona lo mejor de tus adjuntos, pídeles que te enseñen a informar, pégate a los que veas que son expertos en acompañar y consolar. Estrena cada día la ilusión del primer momento. Atiende a cada paciente como si fuera el único. Y no olvides nunca que eres un privilegiado por ejercer la profesión más bonita del mundo, por tratar todos los días con personas que te necesitan, porque nunca dejarás de aprender (si tú quieres).

Bienvenido a este mundo que te hará sufrir a veces y te proporcionará tantas satisfacciones. Bienvenido a las noches sin dormir y al trabajo duro que tanto te va a compensar. Bienvenido a este mundo de camaradería en el que seguirás llamando así a tus “co-erres” cuando estéis a punto de jubilaros.  Bienvenido a un sistema que te maltratará a veces, pero que quizá puedas cambiar si te empeñas. Bienvenido a la más humana de las ciencias y a la más científica de las humanidades. Bienvenido a la Medicina (así, con mayúsculas).

Suerte, y que lo disfrutes.

Tu R14 (puf, qué vieja me hago) ;)

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Georges C. Guillain y Jean A. Barré: el síndrome que no les pertenecía

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Georges C. Guillain nació en Rouen (Francia) el 3 de marzo de 1876 y murió en París el 29 de junio de 1961. Tras formarse como médico en esas dos ciudades, se dedicó especialmente a la neurología; sus primeros trabajos versaron sobre las lesiones del plexo braquial. También describió un síndrome neurológico asociado a la sífilis (el síndrome de Guillain-Thaon) y, junto con Pierre Mollaret, el tracto dentado-rubro-olivar o triángulo de Guillain-Mollaret, relacionado con mioclonías palatinas.

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Este era Pierre Mollaret…

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.. y este su triángulo (núcleo rojo-núcleo dentado-núcleo olivar inferior)

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Jean A. Barré nació en Nantes el 25 de mayo de 1880 y murió en Estrasburgo el 26 de abril de 1967. Estudió Medicina en su ciudad natal para trasladarse más tarde a París, donde trabajó con J.F. Babinski. Allí se especializó en problemas neuro-otológicos y síndromes vestibulares. Dio nombre al síndrome de Barré-Liéou (irritación del simpático cervical por artritis cervical crónica), y al signo de Barré (incapacidad para mantener las piernas flexionadas en posición vertical en las lesiones de las vías piramidales).

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El signo de Barré

Durante la Primera Guerra Mundial, Guillain y Barré ejercieron juntos en el ejército francés. Se trataba de un centro de neurología que dirigía el propio Guillain, y que también atendía a traumatizados graves. En 1920 ambos publicarían un libro sobre sus experiencias en la guerra: Travaux neurologiques de guerre.

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Allí fueron testigos de dos casos similares: dos soldados que presentaban una parálisis parcial con importante afectación de los reflejos, de la que se recuperarían espontáneamente. En 1916, en un congreso de hospitales de París, harán públicos estos casos en colaboración con Strohl (que llevó a cabo los estudios neurofisiológicos), señalando la característica disociación albúmino-citológica en el líquido cefalorraquídeo (alta concentración de proteínas con recuento celular normal).

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Pero este síndrome había sido descrito previamente (en 1859) por Jean Baptiste O. Landry, que comunicó diez casos (cinco suyos y cinco de la literatura, dos de ellos descritos precisamente por A. Kussmaul). Lo denominó parálisis aguda ascendente y propuso la primera clasificación en función de la presencia o ausencia de alteraciones sensitivas. Landry ya asoció el cuadro a infecciones previas y le achacó una mortalidad cercana al 20%. Incluso aportó una autopsia, en la que no encontró explicación alguna a los síntomas. En 1876, Westphal presentó cuatro casos nuevos, denominando al cuadro por primera vez parálisis ascendente de Landry.

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Por cierto que Landry, nacido en Limoges en 1826, falleció antes de llegar a cumplir los cuarenta años a causa del cólera, contagiado por uno de los pacientes que atendía. Era la segunda epidemia en la que trabajaba como voluntario. No puedo evitar que me caiga bien…

Pero volvamos al síndrome de Guillain-Barré. En 1927, Dragonescu y Claudian utilizan por primera vez el término “síndrome de Guillain-Barré” en una presentación. Nadie sabe por qué motivo fue ignorado Strohl, y mucho menos por qué no se reconoció que el síndrome de Guillain-Barré y la parálisis ascendente de Landry constituían la misma entidad. Desde luego, al menos la omisión de Strohl no fue por falta de conocimiento sobre su participación en el tema, ya que el propio Barré fue el encargado de introducir la presentación de Dragonescu y Claudian. Del mismo modo, resulta difícil de creer que ni Guillain ni Barré conocieran las investigaciones de su compatriota Landry.

No es el único caso, pero sí uno de los más llamativos, de científicos que “roban” el epónimo a los auténticos responsables de la descripción de una enfermedad. Claro que hablar de síndrome de Landry-Guillain-Barré- Strohl podría resultar un poco excesivo. Pero aún así, pobre Landry…

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Gracias a J.F.Lasquetty. :)

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Os prometo que no me he vuelto loca. Pero esta ha sido hoy mi reflexión, al conocer que Madrid renuncia definitivamente (y por escrito) a la privatización de seis hospitales, de mi hospital. Año y medio después, ponen punto y final a este sinsentido. Pues qué queréis que os diga, les debemos mucho.

- Yo le debo haber conocido a un montón de gente estupenda. Médicos o no, sanitarios o pacientes, gente de a pie. Una red de profesionales y ciudadanos implicados en que las cosas mejoren, en mantener la equidad y la universalidad que dan sentido a nuestro trabajo diario. Sanitarios que en ocasiones han salido perdiendo profesionalmente por dar prioridad al bien común. Ya no son contactos de twitter, ni conocidos, ni un grupo de whatsapp. Muchos son ahora amigos de los de verdad. Gracias a Lasquetty…

- Le debemos todo lo que hemos aprendido. Que nos haya despertado, que nos haya hecho preocuparnos por la gestión, sensibilizarnos con la sostenibilidad, formarnos en aspectos de los que no teníamos ni idea. Los médicos madrileños hemos crecido y madurado este año. Hemos aprendido a sacarnos las castañas del fuego y a implicarnos en aspectos ajenos a la asistencia. Gracias a Lasquetty…

- Le debemos una unión que no habíamos alcanzado nunca. Un sentido de pertenencia a esta profesión que tantas veces habíamos perdido. Gracias a Lasquetty…

- Le debemos haber creado una red de profesionales que salta de un hospital a otro y entre niveles asistenciales. Una red impensable hace dos años. Una comunidad sanitaria de lujo. Gracias a Lasquetty…

- Le debemos el redescubrimiento del sentido de nuestro trabajo, el haber puesto al paciente de nuevo en el centro. Le hemos sacado brillo a nuestro Juramento Hipocrático y a nuestra ilusión profesional. Gracias a Lasquetty…

- Le debemos un sano escepticismo que nos defenderá de ahora en adelante de nuevos planes insostenibles. (Que yo no había leído tantos folios de documentos legales en los días de mi vida, y ahora ya hasta los entiendo). Gracias a Lasquetty…

- Personalmente le debo haber descubierto a la gente con la que trabajo. Saber que el equipo de mi hospital es un lujo. Profesionalmente y, sobre todo, personalmente. Que con gente así podemos llegar tan lejos como nos propongamos. Gracias a Lasquetty…

Que sí, que gracias al Plan de Insostenibilidad hemos dado un gran paso hacia delante. Ahora se trata de no volver a dormirnos, de convencernos de que tenemos una gran responsabilidad. De no olvidar que, con semejante capital humano, SÍ SE PUEDE. Y se podrá siempre.

Una vez solucionado lo urgente, pasemos a lo importante. La sanidad pública aún necesita una reforma. Y somos los profesionales los que debemos liderarla. Y ahora ya sabemos cómo hacerlo…

Por cierto, da la casualidad de que también le debo a J.F. Lasquetty haber abierto este blog. Hay que fastidiarse. :))

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Ya tenemos los datos pero, ¿qué datos?

a student that work with a laptopHace unos días, publicaba en su blog  Miguel Ángel Máñez (uno de esos gestores a los que los médicos leemos con gusto, que es algo que tiene mucho mérito) un entrada titulada Ya tenemos los datos: ¿y ahora qué hacemos?. En ella se preguntaba, entre otras cosas, si esos datos son útiles a la hora de comparar centros y orientar a los pacientes en la libre elección. Le prometí una respuesta con ojos de clínico, y aquí está.

Vaya por delante que no me he leído el PDF de 183 páginas de los indicadores de hospitales (me centro en ellos porque no sé mucho de Atención Primaria). Ni me lo pienso leer, lo confieso. Pero he revisado una por una las tablas de la web, que es lo que consultaría un paciente, un periodista… o un clínico. Y me planteo varias cosas.

Lo primero es reconocer que es una gran noticia que por fin la Consejería dé datos. Llevamos años pidiéndolos en muchos sentidos. Porque es evidente que no se puede mejorar lo que no se mide, pesa y cuenta. En Medicina Intensiva existe mucha cultura de indicadores de calidad, nuestra sociedad científica propone más de 100. En mi servicio medimos anualmente estos indicadores y nos basamos en ellos para poner en marcha planes de mejora. Da gusto ver que la inmensa mayoría de ellos cumplen el estándar que se propone como correcto, y que van mejorando año tras año. Así que, sin lugar a dudas, bienvenidos sean los datos.

Y ahora vamos con las pegas. Que son unas cuantas.

1.- Los autores: revisando los autores del documento, veo mucho subdirector general y algún que otro estadístico o catedrático de universidad. Clínicos pocos. Apenas cinco representantes de sociedades científicas, de los que solo dos (Cirugía y Medicina Interna) son hospitalarias. Así que es esperable que los indicadores recogidos tengan poco sentido clínico. Muchas sociedades tienen sus propios indicadores de calidad, y se podrían haber usado… Lástima no aprovechar un trabajo que ya está hecho.

2.- Los indicadores elegidos: Para empezar, alguien debería explicar a nuestros gestores que la palabra septicemia es de hace un par de siglos y no significa nada actualmente. Por favor, usen SEPSIS si no quieren dar desde el principio la imagen de que no han visto un paciente de cerca desde hace siglos. Pero más allá de la terminología, me sorprenden los indicadores en dos sentidos:

A.- Las razones estandarizadas: las tasas de mortalidad se suelen convertir siempre en estandarizadas, es decir mortalidad total/mortalidad esperada (en función de la gravedad). De otra manera, los números brutos castigan a los hospitales que ven más complejidad. Por eso estandarizar por “la mortalidad media de la Comunidad” no me parece que tenga mucho sentido. Y en todo caso se debería estandarizar por la mortalidad media de los hospitales de su grupo de complejidad. Tal vez me equivoque, pero para eso se han creado las escalas de isogravedad (APACHE…): para comparar con mortalidad esperada.

B.- Las estancias: entre los indicadores de eficiencia, tenemos los pacientes con ictus y con fractura de cadera ingresados más de 20 días. Me pregunto qué refleja este indicador. Porque yo puedo tener 0% en estos indicadores si soy muy bueno, si se me mueren todos, si los mando a un centro de crónicos el día 2 del postoperatorio o si los dejo sin rehabilitación. Como paciente preferiría saber cuántos de estos enfermos salen andando del hospital. Como gestor, cuántos reingresan por altas excesivamente precoces o cuánta asistencia necesitará después un ictus si ha recibido poca rehabilitación. ¿Por qué no usar indicadores clínicos, como el número de pacientes operados de fractura de cadera en menos de 48 horas, por ejemplo, que es lo que promulgan las sociedades científicas? Reflejaría más claramente la efectividad y también la eficiencia.

3.- Datos perdidos. Esperemos que no a propósito. Pero hay hospitales (uno en concreto, de gestión privada) que solo da los datos de satisfacción del paciente, no los de efectividad y seguridad. Mira que me pongo conspiranoica…

4.- La n. Algunos indicadores no son válidos para los hospitales pequeños, porque la n (número de pacientes) es muy pequeña. Por ejemplo, la tasa de mortalidad del infarto en Valdemoro sale la más alta de su grupo, pero solo han fallecido 3 pacientes. Demasiado pequeña para calcular nada con validez estadística. Quizá habría que adaptar los indicadores para hospitales de distintos tamaños.

5.- Los estándares. Cuando uno mide indicadores de calidad, lo ideal es compararse con un estándar. ¿De dónde obtenemos ese valor? No de la media de la Comunidad, sino de la literatura científica y las recomendaciones internacionales. Porque puede ocurrir (y de hecho ocurre) que en todo Madrid la tasa de cesáreas sea excesiva respecto a lo recomendado. Y sin embargo el hospital con menor tasa de cesáreas respecto al resto se quedará tan contento, porque es el mejor, algo así como el tuerto en un país de ciegos. Pero no, no basta con ser el mejor si todos lo demás lo hacen mal. Puestos a compararnos, ¿por qué no hacerlo con los mejores? De nuevo volvemos a lo mismo: las sociedades científicas hablan de indicadores con estándar. Hagámosles caso.

6.- Los datos increíbles. Que los hay. Y no voy a detallar. Pero si un dato se desvía excesivamente de los demás (para bien o para mal) hay que mirarlo con lupa. Sobre todo cuando para algunos hospitales hay datos que pueden suponer una estrategia de marketing para atraer pacientes. Y no me tiréis de la lengua. Quizá sería interesante que los datos los aportara una auditoría externa. O que se asegurara de algún modo que todos se recogen de la misma manera. De hecho, en los hospitales que usan Selene es vox populi que, de los números reales a los que recoge el programa de datos, va un mundo. Y ya sabéis que los datos pueden acabar confesando cualquier cosas solo con que los torturemos el tiempo suficiente.

En fin, que bienvenidos sean los datos, pero yo echo de menos una orientación más clínica si de verdad buscan favorecer la comparación entre hospitales y la libre elección. Señores gestores, busquen la ayuda de las sociedades científicas, que de esto saben bastante. Saldremos ganando.

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Más allá de las capacidades de un solo hombre: Adolf Kussmaul

Hasta el siglo XVIII, la Medicina no había avanzado gran cosa y la mayoría de epónimos se encuentran en el campo de la Anatomía. A mediados del siglo XX aparecen los primeros especialistas médicos que hacen avanzar su campo específico. Entre medias, una generación de médicos generalistas que investigaron y definieron un poco de todo. Si alguien representa esta forma de hacer Medicina, es Adolf Kussmaul, que dejó su huella (y su nombre) en los inicios de muchas futuras especialidades.

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Adolf Kussmaul nació en Graben, Alemania, en 1822. Su padre (igual que su abuelo) era médico, y Adolf le acompañó desde pequeño en las visitas domiciliarias e incluso en alguna autopsia. No es de extrañar, por tanto, que en 1840 eligiera estudiar Medicina en la Universidad de Heidelberg, donde se graduó en 1845.

De la mano de uno de sus profesores, Johannes Müller, uno de los pioneros en fisiología ocular, Kussmaul estudió los cambios de pigmentación en la retina y diseñó, siendo aún estudiante, el primer oftalmoscopio complejo.

En los años 1848 y 1849 trabajó como cirujano en el ejército, ejerciendo después de forma privada durante apenas una década. Diversos problemas de salud le hicieron abandonar la asistencia para dedicarse a la docencia y la investigación. En 1855 recibía el título de Doctor en Medicina trabajando junto a Rudolf Virchow.

En 1866 Kussmaul trabajaba en la Universidad de Erlangen junto a Zenker y Ziemssen, que fundaron ese año la publicación Archivos Alemanes de Medicina Interna. En el número inaugural de la revista, Kussmaul y Maier publicaban el caso de Carl Seufarth, el primer paciente diagnosticado de panarteritis nodosa. La historia clínica de Seufarth es un ejemplo de recogida rigurosa y metódica de datos clínicos, de la exploración, la autopsia y el laboratorio.

Más tarde publicarán el caso de Landolin Faist, el primero de la historia de la medicina al que se realizó una biopsia en lugar de autopsia. Aunque Kussmaul y Maier pensaban que encontrarían otra vasculitis, en la biospia solo se apreciaba degeneración del tejido muscular. Faist presentaba mialgias y debilidad muscular, proteinuria y edemas. (¿Alguien se atreve a dar un diagnóstico?)

Si bien es cierto que unos años antes Karl Von Rokitansky había comunicado un caso que probablemente correspondía a una panarteritis nodosa, Kussmaul y Maier no lo citan en sus publicaciones. Es poco creíble que no lo conocieran, sobre todo teniendo en cuenta que había sido profesor de Kussmaul en la universidad. Cabe pensar que lo omitieran a propósito por dos motivos: que no había presentado datos anatomopatológicos y que Kussmaul le había considerado siempre un investigador poco riguroso.

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El pobre Karl von Rokitansky, que tampoco debía ser tan malo…

En 1861, Kussmaul había caracterizado la parálisis bulbar progresiva, previamente descrita por Guillaume Duchenne. En 1868, estudiando el mecanismo de los tragadores de espadas, intentó desarrollar un endoscopio rígido, aunque el intento falló por falta de una fuente de luz adecuada. No obstante, se le considera el precursor de la endoscopia. También fue el primero en tratar la úlcera gástrica con bismuto, quizá un antecedente directo del tratamiento con sucralfato… y del Almax.

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Endoscopio rígido. Y sin propofol ni nada… (ni guantes)

En 1869 utilizó por primera vez el lavado gástrico en una paciente que presentaba vómitos secundarios a un íleo paralítico. La enferma mejoró sustancialmente. Muy avispadamente, Kussmaul apuntó que la técnica no era eficaz cuando la obstrucción era tumoral: poco después Billroth daría con una solución más expeditiva, la gastrectomía. Ese mismo año Kussmaul describió la embolia mesentérica y realizó las primeras toracocentesis y lavados peritoneales.

En 1870, realizando lavados gástricos, describió las ondas peristálticas de lucha que llevan su nombre. También estudió la intoxicación por mercurio y el cuadro neuropsiquiátrico asociado.

Durante los años 70 Kussmaul publica su aportación al mundo de la cardiología: describe en 1873 el pulso paradójico (disminución marcada de la presión arterial durante la inspiración, que aparece en la pericarditis constrictiva y el taponamiento cardiaco) y el signo de Kussmaul (ingurgitación yugular durante la inspiración en la pericarditis constrictiva y la insuficiencia cardiaca derecha). Paradojas del destino, el propio Kussmaul había sufrido una pericarditis en 1846, secundaria a fiebres reumáticas.

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Pulso paradójico y signo de Kussmaul

La neurología también atraería su atención, y en 1874 describió la respiración de Kussmaul, típica de algunos trastornos neurológicos y de la acidosis (él la observó en pacientes diabéticos en coma cetoacidótico, también conocido como coma de Kussmaul). En 1877 publicó la primera descripción de la dislexia (a la que llamó ceguera verbal) y también la del mutismo selectivo o afasia de Kussmaul. Ya en 1859 había escrito una monografía sobre la psicología del lactante, algo absolutamente avanzado para su época.

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Algo así como “Investigaciones sobre la Psicología del ser humano recién nacido”.

Por último, en 1879 describió otro “signo de Kussmaul“, esta vez la salida de pus por el orificio de Wharton en la litiasis submaxilar infectada.

No contento con todo esto, Kussmaul escribió durante años poemas satíricos para una revista semanal con el seudónimo de Gottlieb Biedermeier. Además escribió en 1884 un libro autobiográfico: “Recuerdos juveniles de un médico anciano”.

Adolf Kussmaul murió de un infarto en Heidelberg el 28 de mayo de 1902. Como queda reflejado en muchas de sus semblanzas, fue un científico preciso y meticuloso, que dejaba un legado que iba más allá de las capacidades de un solo hombre.

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