Tinsley R. Harrison, maestro de la Medicina

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Tinsley Randolph Harrison nació el 18 de marzo de 1900 en Talladega, Alabama, en el seno de una familia de médicos (él constituiría la séptima generación de doctores Harrison). Con estos antecedentes, a nadie sorprendió que, tras graduarse con tan solo 15 años, iniciara su formación médica en la Universidad de Michigan. Sin embargo, no era esa la elección de Tinsley, que estaba mucho más interesado en estudiar Derecho. Pero sir William Osler, del que su padre era discípulo y admirador, había sugerido a éste que convirtiera a Tinsley en profesor de Medicina, cuando el chico tenía apenas tres años. Qué llevó a Osler a descubrir en el pequeño Harrison al maestro que luego sería es algo que nunca llegaremos a saber.

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A sir William Osler habrá que hacerle hueco también en esta galería de gigantes…

 

Y, aunque no llegaron a coincidir, probablemente sea también suya la “culpa” de que Harrison se trasladara a terminar su carrera en la John Hopkins School of Medicine, en un momento en el que decir John Hopkins era tanto como decir William Osler.

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Hospital y Escuela de Medicina John Hopkins, en la actualidad

 

Como curiosidad, cabe destacar que el compañero de habitación de Harrison en la Johns Hopkins, con el que quedaría unido para siempre por una estrecha amistad, no sería otro que Alfred Blalock, protagonista de una de nuestras historias de gigantes… Juntos llegarían a ganar un campeonato universitario de tenis. Harrison mantendría siempre la afición por el deporte. No solo practicó tenis y golf sino que, a la respetable edad de 70 años, comenzó su andadura en el esquí acuático.

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Alfred Blalock

 

Terminada la carrera, Harrison se formó como internista en el hospital Peter Bent Brigham de Boston, la propia John Hopkins y la Universidad de Vanderbilt. Interesado especialmente por la cardiología y la fisiopatología, dedicó buena parte de su carrera a la enseñanza, primero en Vanderbilt y después en Carolina del Norte, Alabama y Texas, sin dejar en ningún caso la asistencia.

Sus alumnos le consideraban un digno discípulo de Osler, apasionado por la clínica y con una enorme capacidad docente. Sus anamnesis detalladas y un increíble ojo clínico relegaban las pruebas complementarias a un papel muy secundario en su práctica médica. Es famosa la anécdota según la cual Harrison fue capaz de diagnosticar un aneurisma ventricular que había pasado desapercibido a pesar de múltiple pruebas, utilizando únicamente la historia clínica y la palpación precordial.

Pero sus discípulos no recordaban de él únicamente su pericia diagnóstica. También le describían como un hombre amable, humilde y compasivo, abierto de mente y con múltiples intereses más allá de la Medicina.

Desde luego, Harrison no era únicamente un genio de la semiología, sino que había asumido perfectamente el concepto de Medicina que Osler pretendía inculcar. La introducción a su libro más famoso, deja claro cuáles son las características que todo médico debe poseer: “tacto, simpatía y comprensión” porque el paciente “no es una simple colección de síntomas y problemas clínicos. Es humano”.

Entre sus libros, el primero fue Failure of the Circulation, una joya para todos los estudiosos de la insuficiencia cardiaca que fue escrito en la primera mitad de la década de los 30 y que, desgraciadamente, resulta casi imposible de conseguir en la actualidad. Se trata de un libro redactado únicamente con datos obtenidos en las investigaciones personales del doctor Harrison, hasta el punto de que, tras dos ediciones, no quiso sacar una tercera porque no tenía ningún dato propio que añadir.

Pero será en la década de los 50 cuando, con la ayuda de un elenco de los mejores profesores de la época, redactará el libro que le convertirá en el maestro de maestros: The Harrison´s principles of Internal Medicine.

Primera edición de los Principios de Medicina Interna de Harrison

Harrison falleció en Brimingham el 4 de agosto de 1978, precisamente de un fallo cardiaco, dejando un legado imborrable para las futuras generaciones de médicos. La introducción a su más famoso libro es aún una enseñanza sobre Medicina y humanismo…

 

Monumento a Tinsley R. Harrison en la Universidad de Alabama, que incluye el primer párrafo de la Introducción del Harrison

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En un hospital valenciano…

  • Buenos días, personal auxiliar.
  • Buenos días, clientela. ¿Qué desea?
  • Quería una cita con mi personal de salud habitual.
  • ¿Es para usted?
  • No, es para mi guardador número 1. Está en el programa de anciano frágil y…
  • Querrá decir en el programa de personas mayores frágiles. No sea usted machisto.
  • Buen@, lo que sea. Por cierto, me ha dicho el personal de farmacia que los pensionistas no tendrán que abonar los medicamentos.
  • Querrá usted decir que “no se tendrá que abonar l@s medicament@s cuando se tenga la condición de pensionist@¨. ¿Es que no se ha leído usted el manual?
  • Buen@, buen@, perdone. Y de pas@ déme una cita con mi pediatra…
  • Querrá usted decir con pediatría, so sexista.
  • Bueno, con toda pediatría no, solo con mi pediatro.
  • ¿Motivo de el/la visito/a?
  • Es que mi descendencia mayor tiene mocos, perdón, mucosidad y tos desde hace un@ seman@. Ya sabe, los criaturos, siempre así…
  • ¿Y a que hora la quiere?
  • Pues, aquí entre cada quien, mejor por la tarde, así viene su guardadora 2, que no se fía de mí.
  • Ya, es que a veces las personas humanas con identidad femenina no se fían de las personas humanas con identidad diversa.
  • Exact@.
  • Perfect@. No olvide traer la tarjet@ sanitari@ de su infancia.
  • ¿De la mía?
  • No, persona humana, no. La de su criaturo.
  • Ah, vale… Much@s graci@s.

 

Para los que penséis que me he vuelto loca, aquí os dejo unos pantallazos del manual de lenguaje no sexista de la Comunidad Valenciana. Que, aparte de lo mal redactado que está, roza el esperpento.

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Yo, que siempre digo que soy médico porque la palabra médica me parece feísima, no me considero discriminada por las reglas gramaticales. Mis compañeros intensivistas tampoco aspiran a ser intensivistos. Lo único que yo pretendo es tener las mismas oportunidades, que mi sexo no influya en los procesos de selección o en el sueldo, no que creen un lenguaje rimbombante y ridículo, que hace casi imposible hablar con normalidad, por si acaso me siento ofendida. Si algo tan nimio me ofendiera, entonces sí tendría un problema. Lo explica muy bien @MasTwitts aquí.

Sentirse discriminado porque la gramática española considere al masculino plural como nombre colectivo que engloba ambos sexos, es como sentirse ofendido por las haches intercaladas. Eso sí, ofende niños (masculino plural que engloba a todos), pero no criaturas (femenino plural que engloba a todos)… Se cambian frases simples que cualquiera entiende por paráfrasis complejas que ni siquiera cabrían en un tuit…  Se acepta la palabra paciente en “atención a pacientes” pero no en “alta voluntaria a petición del paciente” (por cierto, ¿cómo, si no, va a ser voluntaria?). En fin… Pensar que algo tan superficial nos puede discriminar es lo que de verdad nos convierte en vulnerables. Las mujeres y nuestra valía estamos muy por encima de un masculino plural.

El machismo no está en las reglas gramaticales de la RAE, está en otras actitudes que de verdad existen y hay que erradicar. No perdamos el tiempo en cosas anecdóticas. No criemos una generación hipersusceptible en las formas, cambiemos mejor su fondo. Con educación y siendo, en la medida de lo posible, normales…

Anda que si el masculino plural fuera el principal problema de la sanidad…

 

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Donaciones: a propósito de un caso

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Estaría bien que la sanidad pública fuera autosuficiente. Que hubiera recursos de sobra para todos. Que a nuestros gobernantes les interesara el futuro de nuestros hospitales públicos, que no se cayeran los techos, que no se inundaran en primavera, que no hubiera pacientes hacinados. Estaría bien que no pagáramos de más a las concesionarias de los hospitales de gestión mixta y que parte del presupuesto no se desviara al enriquecimiento personal o empresarial de nadie. Sí. Molaría.

Pero a día de hoy eso no pasa. No hay recursos para todos y los que hay están mal repartidos. Hay corrupción y contratos turbios. Hay poco control de las partidas presupuestarias (¿hemos tardado 9 años en darnos cuenta de que el 50% de las camas por las que cobraba la concesionaria de un hospital no existían?) y hay corrupción a muchos niveles. Hay un abandono patente de los hospitales públicos y su tecnología está muchas veces obsoleta.

Podemos esperar a que todo esto se solucione. A no depender de nadie. Podemos confiar en que algún día no sea necesario que una fundación remodele la UCI del Niño Jesús, o que este mismo hospital pueda continuar su investigación sin depender de una carrera solidaria, o que un empresario no tenga que financiar tecnología para el tratamiento del cáncer. Pero tenemos un problema. El cáncer no espera. La enfermedad crítica de los niños no perdona. Las enfermedades raras no dan tregua. Si seguimos esperando, habrá muchos que se quedarán en el camino.

Veamos: las donaciones privadas hacen aumentar los recursos. El aumento de recursos mejora las expectativas de los pacientes. La mejora en las expectativas de los pacientes es el objetivo de la sanidad pública. Y cualquier asociación en defensa de la sanidad pública que no se centre en el beneficio del paciente ha equivocado su objetivo.

Luego las donaciones son buenas para la sanidad pública. Habría un escenario mejor, pero está muy lejos. Mientras tanto, bienvenidas sean las donaciones. Gracias, de parte de mis pacientes y los de todos, a los que ponen su granito de arena, su hacienda, sus beneficios empresariales o su trabajo en favor de los enfermos de la sanidad pública.

Y un favor, queridos periodistas. No tituléis “la sanidad pública rechaza…”. A la mayoría, no nos representan.

 Una cosa más. Don Amancio, en Arganda hay un hospital pequeñito en el que el personal hace milagros con muy pocos recursos. Le invito a conocerlo. Y no se olvide la chequera… 🙂

(Sí, sé que dije que iba a escribir de otros temas. Pero la actualidad manda…)

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Elizabeth Blackwell: la primera mujer médico

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Elizabeth Blackwell nació el 3 de febrero de 1821 en Bristol (Inglaterra). Fue la tercera de los nueve hijos de Samuel Blackwell, propietario de una refinería de azúcar. Su padre se preocupó de que tanto sus hijos como sus hijas tuvieran la misma esmerada educación en ciencias, matemáticas y lenguas extranjeras.

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Placa conmemorativa en la casa natal de Blackwell, en Bristol.

En 1834, un fuego destruyó la empresa familiar, y  los Blackwell emigraron a Nueva York, donde su padre alquiló una nueva refinería. Un nuevo incendio al año siguiente afectaría aún más a la maltrecha economía familiar, obligándoles finalmente a instalarse en 1838 en Cincinnati. Pero apenas tres meses después fallecía Samuel Blackwell, dejando a su familia prácticamente en la indigencia. Por este motivo, en menos de un mes la madre y hermanas mayores se vieron obligadas a inaugurar una escuela: la Cincinnati English and French Academy for Young Ladies, que funcionó hasta 1942. Desde entonces, Elizabeth y sus hermanas pasarían a enseñar alumnas privadas.

Durante esos años, Elizabeth se unió a la causa abolicionista (la familia Blackwell llegó a acoger en su propia casa a esclavos que escapaban hacia Canadá), la defensa de los derechos de la mujer y el sufragismo.

En 1844, Elizabeth se traslada a Asheville (Carolina del Norte) para enseñar música en una Academia. Allí se alojará en casa del reverendo John Dickson, que había sido médico antes de ordenarse. Aún conservaba una excelente biblioteca, que puso a disposición de Blackwell. En realidad, Elizabeth confesaría más tarde que inicialmente le repugnaba todo lo relacionado con la Medicina. Fue, sin embargo, una experiencia personal la que le hizo cambiar de parecer: una amiga afectada por una enfermedad terminal le confesó que se habría sentido más a gusto si hubiera sido tratada por médicos mujeres, y este simple comentario fue el que hizo prender en Elizabeth la llama de la vocación.

Con ayuda del reverendo Dickson, Elizabeth empezó a pedir plaza en todas las escuelas de medicina de Nueva York y Philadelphia, sin que ninguna la aceptara. Mientras tanro, empezó a estudiar anatomía bajo la dirección de Jonathan M. Allen.

Desencantada, pero no desalentada, Elizabeth pidió plaza en 12 escuelas menores. En 11 la rechazaron sin contemplaciones. La número 12 fue el Geneva Medical College, en el estado de Nueva York. Allí, ante la sorprendente petición, decidieron someter el caso a la votación del resto de estudiantes, con la condición de que no sería admitida si uno solo de los alumnos mostraba desacuerdo. En el fondo, estaban seguros de que sería rechazada. Casi como una broma, y convencidos de que ganaría el “no” o de que la candidata terminaría por desistir en su empeño, todos los estudiantes votaron que “sí” y Elizabeth fue admitida.

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El Geneva Medical College (Actual Hobart and William Smith Colleges).

Elizabeth, que llegó con el curso ya bastante avanzado, no fue bien admitida ni en la escuela ni en el pueblo, e incluso se la quiso excluir de las clases prácticas por considerarlas inapropiadas para mujeres, algo que la interesada no admitió. El tesón, la capacidad y la corrección de la aspirante a doctora vencieron poco a poco los prejuicios de sus profesores y compañeros. El 23 de enero de 1849, ante la admiración de todos ellos, se convertía en la primera mujer graduada en Medicina de la historia. Su tesis, que llegó a ser publicada en la Buffalo Medical Journal, versaba sobre la fiebre tifoidea, de la que había tenido cumplida experiencia durante su verano de prácticas en el Blockley Almshouse de Philadelphia.

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Fotografía de la época del Blockley Almshouse de Philadelphia.

Deseosa de completar su formación en Europa, Blackwell intentó ser admitida en diversos hospitales de Inglaterra y Francia, encontrando de nuevo las puertas cerradas por el hecho de ser mujer. Finalmente fue aceptada en La Maternité de París, pero en calidad de matrona y no de médico.

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De nuevo venció los prejuicios con su trabajo consiguiendo que, un año después, el jefe de obstetricia hiciera pública la opinión de que Elizabeth sería la mejor obstetra de los Estados Unidos, por encima de sus colegas varones. Sin embargo, esta aspiración se vio truncada el 4 de noviembre de 1849 cuando, atendiendo a un bebé con conjuntivitis neonatal, sufrió la salpicadura de material contaminado, a consecuencia de lo cual perdió la visión de su ojo izquierdo.

En 1851, cansada de la oposición que había encontrado en Europa, Blackwell regresa a Nueva York y, ante la nueva avalancha de negativas a ofrecerle trabajo, se dedica a la práctica privada, a la vez que publica sus primeros trabajos. En 1857, con la ayuda de su hermana Emily, funda la New York Infirmary for Indigent Women and Children, atendida por personal exclusivamente femenino (entre otras cosas, porque la mayoría de colegas varones se negaron a colaborar con ellas). Un año antes había adoptado a una huérfana irlandesa, Kitty Barry.

La New York Infirmary for Indigent Women and Children es hoy el Lower Manhattan Hospital, un centro hospitalario sin ánimo de lucro especialista en medicina de catástrofes.

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Emily Blackwell fue la tercera mujer graduada en Medicina.

Blackwell volvió a Inglaterra en 1869, tras una seria discusión con su hermana. Allí, a pesar de su convicción de que hombres y mujeres debían recibir formación médica en las mismas escuelas, funda la London School of Medicine for Women, en la que trabajará hasta su retirada en 1877.

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London School of Medicine for Women.

En 1895 Elizabeth publicó su autobiografía, que entonces tuvo muy poco éxito, llegando a vender apenas 500 ejemplares.

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A partir de 1907, tras una grave caída por las escaleras, Elizabeth quedó seriamente limitada tanto física como cognitivamente. Murió el 31 de mayo de 1910 tras un ictus.

Las cenizas de Elizabeth Blackwell reposan en la parroquia de St Munn´s, en Kilmun (Escocia).

“No es fácil ser pionera pero… ¡es fascinante! No cambiaría un instante, ni siquiera el peor, por todo el oro del mundo”. Elizabeth Blackwell. 

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Informar, formar y entretener.

Informar, formar y entretener son las funciones clásicas de los medios de comunicación. No sé si en esta clasificación existe una jerarquía y alguna es más importante que otra. Pero pienso que especialmente la segunda es un responsabilidad ineludible de los medios. Porque en la opinión pública tiene gran peso lo que cuentan los medios (respecto a un tema polémico, me decían ayer en twitter: “no sé lo qué dirán los expertos, pero lo han dicho en la tele”).

Pero claro, un medio no especializado no puede saber de todo y ser certero en todos los temas. Por eso lo más importante para un periodista no es lo que él sepa, sino las fuentes a las que tiene acceso. ¿Y a qué viene todo esto en un blog médico? Pues viene a colación de dos noticias recientes que me han puesto los pelos de punta. Una por su frivolidad. Otra por su peligro.

La primera no es una noticia. Es una increíble carta al director que ha circulado por twitter hace un par de semanas. Increíble no porque alguien la haya redactado, sino porque un director la haya elegido para publicarla. La carta es esta:

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No hace falta ser médico para informarse de: 1) en el Clínico de Valladolid sí hay neurólogo y psiquiatra de guardia; 2) obviamente, un caso de insomnio no es ni motivo para ir a Urgencias ni para que lo vea un neurólogo ni un psiquiatra de guardia; 3) en Urgencias no atienden estudiantes; los MIR son médicos con su carrera terminada y tutorizados; 4) en Urgencias se atiende por orden de gravedad, no de llegada; un insomnio de meses no parece una emergencia; 5) publicar una carta llamando irresponsables a dos médicos que llevan 24 horas trabajando y encima tienen que atender a las 5 de la mañana demandas que no son urgentes, es quizá poco ético.

Pero no voy a entrar a contestar la carta. Lo hace espléndidamente @mlalanda aquí. Y esta pobre señora tiene realmente un problema que quizá nadie le ha explicado en condiciones. Lo que cuestiono es la decisión del director de un periódico de publicarla sin contrastar nada de lo que allí se dice con alguien que sepa mínimamente del tema. Fomentando una demanda asistencial que puede acabar con nuestro sistema sanitario.

Y dentro de todo, eso no es excesivamente grave. Entre otras cosas porque no es un periódico de tirada nacional y llegará a poca gente. Y porque no tiene demasiada repercusión. Esta semana ha habido una noticia peor… y de enorme difusión. Una gran oportunidad para la educación sanitaria que hemos tirado a la basura. Esta:

 

Pongo el ejemplo de dos medios pero así salió en cientos. Porque Gabi y Vrsaljiko pusieron muy buena voluntad pero no lo hicieron bien. A Torres habría que haberle inmovilizado el cuello. Y abrirle la vía aérea mediante tracción de la mandíbula. No meterle nada en la boca (que obstruye la vía aérea y te juegas los dedos. De hecho, por ahí he leído que Gabi se llevó un mordisco), no sacarle la lengua (como se la muerda y se le ponga edematosa no podrá respirar).

Lo de “tragarse la lengua” es una leyenda urbana. La lengua está bien anclada al suelo de la boca. Lo que sí es cierto es que en una persona inconsciente las estructuras blandas de la orofaringe caen hacia atrás y pueden obstruir la vía aérea. Por eso hay que traccionar de la mandíbula. O poner una cánula de Guédel. Mucho mejor esto último en un traumatismo. ¿Cuánto tiempo pasó desde la asistencia de Gabi hasta que llegó el realmente experto, el médico del equipo, con una cánula? Supongo que segundos. Así que Gabi mejor habría estado quietecito.

Pero pobre Gabi, él no tiene la culpa. Bastante tuvo con no desmayarse también. El problema es que todos los medios han contado cómo la actuación de Gabi le salvó la vida a Torres. Han difundido una imagen terrorífica en la que éste último está con el cuello retorcido y la vía aérea obstruida por las manos de sus compañeros como si eso fuera la salvación. ¿No podían haber pedido la opinión de expertos? ¿No debían contrastar con el 112, con el plan nacional de RCP, con cualquier instructor de primeros auxilios, con un servicio de Urgencias? Tenemos una noticia de amplísima difusión, por lo que es una oportunidad única para hacer educación sanitaria y, no solo la hemos desperdiciado, sino que hemos malformado a muchos. Una pena.

En este caos, dos honrosas excepciones. Supongo que habrá más pero yo solo he visto éstas. Mundo Deportivo utilizó aquí la explicación que @mlalanda había dado en twitter. La cuenta @futboltactico utilizó esta sencilla pero clara infografía, también de @mlalanda:

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Aún estamos a tiempo de utilizar este caso para enseñar a mucha gente a salvar vidas. Los sanitarios estamos más que dispuestos a colaborar. La pelota está ahora en el tejado de los medios. ¿Formamos, o desinformamos?

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Feliz Navidad

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Feliz Navidad a todos, especialmente a los que pasaréis esta noche trabajando…

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Cómo funciona una UCI (para gestores despistados)

En las últimas semanas las UCIs pediátricas se han llenado de niños y Twitter de polémica. Porque entre  las explicaciones para el colapso de las UCIP madileñas no se  ha incluido nunca la escasez de camas ni de personal o la falta de previsión a la hora de asumir los efectos de una epidemia que, por otra parte, ocurre todos los años. Sí se ha mencionado, por el contrario, la curiosa idea de que en el puente solo están de guardia los médicos menos expertos (ojalá fuera así, para la calidad de vida de los que llevamos años en esto), o la de que se abusa de los ingresos en UCI por motivos que no quedan claros. Precisamente por eso, porque la cosa no está clara, voy a intentar explicar en cuatro ideas cómo funciona una UCI, de adultos o pediátrica, es igual. Por si a alguien le sirve.

1.- Para qué sirve una UCI.

La Unidad de Medicina Intensiva no es solo vigilancia (UVI) ni solo cuidado (UCI). Es la unidad donde ingresan los pacientes con una patología potencialmente reversible, que pone en peligro la vida o la función de algún órgano. Pero no necesariamente la disfunción orgánica debe estar presente al ingreso: también los pacientes que pueden llegar a presentar complicaciones graves de forma más o menos aguda deben estar ingresados en la UCI. Quizá muchos de ellos no las presenten nunca, pero si aparecen fuera de la estrecha monitorización de la UCI estas complicaciones pueden ser letales.

Por ejemplo, en mi UCI es habitual ver algunos pacientes sentados en el sillón leyendo el Marca. Son aquellos que se encuentran en las primeras horas de evolución de un infarto y están absolutamente estables. Pero pueden presentar una complicación letal de un momento a otro. Así que necesitan estar en la UCI.

Lo mismo pasa con muchas enfermedades respiratorias. Un 10% de los niños con bronquiolitis tendrá complicaciones graves. Además, los niños tienen mucha reserva fisiológica y no se deterioran lentamente como los adultos. Un niño puede estar aparentemente bien en un momento y desarrollar una parada respiratoria en los siguientes 10 minutos. Necesitan siempre una monitorización muy estrecha, especialmente los lactantillos.

Hay una tercera categoría de pacientes que pueden necesitar una UCI. Los que pueden ser “rescatados” antes de que lleguen a la fase crítica mediante terapias menos invasivas que las que requerirían si la cosa empeora. Un alto flujo o una ventilación no invasiva puede salvar de la intubación y todas sus complicaciones añadidas a muchos pacientes. Y muchas de ellas deben aplicarse en una UCI, bien por la logística del hospital bien por la situación de riesgo del paciente.

Así que sí, muchos niños con bronquiolitis necesitan monitorización más estrecha de la que se puede ofrecer en una planta o en el área de Observación de Urgencias (que, por cierto, no existe en todos los hospitales). En cualquier guía clínica se pueden consultar esos criterios de ingreso, pero a veces hay que modificarlos según las circunstancias de cada hospital.

 

2.- Cómo se gestiona un ingreso en UCI.

El ingreso en UCI es un procedimiento un poco peculiar. Porque no lo decide solo el médico responsable del paciente. Si el médico de Urgencias piensa que un niño (o un adulto) tiene que estar en la UCI, tiene que superar primero una barrera: el criterio del intensivista, que es el que gestiona las camas de la UCI, casi siempre limitadas. Por eso resulta absurdo pensar que los niños ingresan porque el médico de la puerta, poco experto, se asusta con facilidad. Es el intensivista el que tiene la última palabra. Y a este sí le reconoceremos su experiencia en el paciente potencialmente grave, ¿no? Si en un momento de colapso y de escasez de camas el intensivista acepta a un paciente es que la cosa es seria. Porque no hay nada peor que tener la UCI sin camas durante la guardia, especialmente si sabes que están así todos los hospitales de Madrid. Nadie ingresa a tontas y a locas al primero que pasa por la puerta en un momento así. Es cierto que la situación del resto del hospital puede influir, claro. Si la Observación está llena de pacientes, sé que la monitorización de los pacientes potencialmente graves va a ser más limitada (porque el personal va con la lengua fuera para llegar a todos) y seré más propensa a ingresarlo en la UCI. Por las terribles consecuencias que podría tener la actitud contraria, claro…

3.- El alta de la UCI.

Otra explicación rocambolesca es la de que los intensivistas llenan las camas de pacientes poco graves a los que dan de alta para hacer hueco a los graves cuando es necesario. El ingreso en UCI no es inocuo, menos aún para un niño. En cuanto el paciente no necesita UCI hay que sacarlo para que vuelva cuanto antes a un ambiente menos hostil. Además, hay estudios que demuestran que las altas a horas intempestivas aumentan la mortalidad. Así que no, el “secuestro” de pacientes no está bien visto y va contra el principio de no maleficencia. Claro que puedes retrasar un alta por prudencia, porque no exista una unidad de intermedios o por otro motivo. Pero no para guardar el hueco para cuando venga uno grave. En qué cabeza cabe.

4.- Lo previsible y lo imprevisto.

¿Entonces cuál es el problema? Pues que las UCIs no deberían funcionar al 90% de su capacidad de manera habitual, porque entonces cuando llega una situación epidémica la cosa se desborda. Es algo de R1 de gestión. Y no estamos hablando de algo complicado, puesto que es tan previsible la epidemia de bronquiolitis como la Navidad. No en vano todos los años las UCIs pediátricas se colapsan en noviembre-diciembre y las de adultos en diciembre-enero, gentileza del virus sincitial respiratorio y el de la gripe, respectivamente. Y sí, es mala suerte que coincida siempre con el puente de diciembre y la Navidad. Pero esto no nos exime de gestionar con un poquito de previsión para evitar situaciones que ponen en riesgo a nuestros pacientes. A lo imprevisto responderemos lo mejor que podamos, gestionar lo previsible depende de nosotros.

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