Sobre la septicemia y otros #TérminosMédicosViejunos

Hace poco, un personaje famoso estuvo ingresado en el hospital. Los periódicos explicaron que padecía una septicemia. Mis ojos de intensivista hicieron chiribitas al leerlo: septicemia es un término arcaico que, como tantos otros, ya no se debe usar.

Así que escribí un tuit intentando recopilar lo que llamamos #TérminosMédicosViejunos y, para mi sorpresa, recibí un montón de respuestas.

La mayor parte de las veces los términos se abandonan porque, al conocerse mejor la enfermedad, se elige un vocablo más acorde con la realidad (ahora que sabemos que la septicemia no es exactamente una contaminación de la sangre por material infeccioso, hablemos mejor de sepsis). Otras veces adoptamos neologismos que desplazan al término clásico (como la diabetes sacarina, que ahora conocemos como diabetes mellitus). Y otras, como es el caso de la idocia o el cretinismo, se dejan de usar palabras que han adquirido connotaciones negativas fuera de lo estrictamente médico.

La etimología médica es una fuente fantástica de conocimiento sobre lo que se entendía antiguamente acerca de la salud y la enfermedad. Si nunca lo habéis hecho, os recomiendo leer un diccionario etimológico de Medicina (como por ejemplo éste, que es bastante sencillo). Sí, ya sé que el diccionario no está pensado para “leérselo”, pero si os gusta la historia de la Medicina encontraréis auténticos tesoros. Como por ejemplo que drástico era en realidad el nombre que se daba a un laxante (cuyos efectos podéis imaginar fácilmente), o que anodino proviene de anodinia (ausencia de dolor) y significa en realidad analgésico. Y podréis dar glamour a vuestros diagnósticos, hablando por ejemplo de bradipepsia a los pacientes que no tienen sino digestiones pesadas y largas como las de las serpientes.

Eso sí, el riesgo que corréis es el de terminar escribiendo en los tratamientos que “se recomienda autoclisis mientras dure la anfibolia y aplicar el alexifármaco una vez superado el acmé del cuadro” (y todo esto sin pasar de la A).

En fin, que aquí va la lista de términos viejunos que recopilé en twitter. Y que con esta entrada inauguro una sección de etimología médica en la que iré hablando de los términos más curiosos…

Apoplejía: hoy lo llamaríamos, sin más,  ictus (y se sigue hablando de la apoplejía hipofisaria puerperal).

Baile de san Vito: se refiere a las enfermedades con movimientos coreiformes. Las hipótesis sobre el origen del nombre son tan curiosas que se merecen un post aparte.

Cazo o Godet: la fóvea que deja a la presión el edema.

Clorosis: se refiere a la anemia secundaria a menstruaciones abundantes en mujeres jóvenes; el término hace referencia al color verdoso de la piel anémica (chloros=verde claro).

Cofosis: sordera total. Desconozco si se sigue usando en ORL, pero desde luego si lo pones en un informe más de uno tendría que recurrir al diccionario.

Cólico miserere: aunque la definición más extendida (dolor abdominal, vómitos fecaloideos y muerte inminente) parece referirse a un cuadro de obstrucción intestinal, se utilizaba para cualquier tipo de abdomen agudo (todos ellos mortales en la época prequirúrgica). La curiosa evolución del nombre también merece un post aparte. Se llamaba también pasión iliaca (¿no os hace pensar en una buena apendicitis?

Culebrina: no era sino una forma gráfica de describir los dolorosos calambres que provoca el virus herpes zóster.

Disecea: podríamos traducirlo como hipoacusia (algo más leve que la cofosis, jeje…)

Disentería: diarrea con productos patológicos (literalmente, disfunción del intestino).

Estafilitis: edema de úvula. Ya sabéis que estafilo significa uva, de ahí que los cocos en racimo se llamen estafilococos (¡la microbiología es un filón etimológico!).

Estenocardia: angor, la famosa angina “de pecho”. Un ejemplo de lo fisiopatológicamente acertado que puede ser un término  tan antiguo, ¿no?

Estranguria: aunque no es exactamente lo mismo, hoy lo traduciríamos por disuria.

Flegmasía y flogosis: ambos se refieren a las manifestaciones clínicas de la inflamación.

Hidropesía: hoy lo llamamos descompensación edemoascítica.

Muerte de cuna: una forma muy poética de llamar al síndrome de muerte súbita del lactante.

Perlesía: parálisis o debilidad muscular, especialmente la que se asocia a la edad.

Pleuresía: pleuritis. La más frecuente era la tuberculosa: que levante la mano el que nunca haya oído decir a un paciente que de pequeño “tuvo pleura”. De pequeño y de mayor, por suerte, caballero.

Pulmonía: ni doble ni triple. La pulmonía no existe como diagnóstico. Y, en efecto, la neumonía puede ser bilateral y multilobar (que no doble).

Septicemia: realmente su traducción más correcta no sería “sepsis” sino “bacteriemia”. Aunque la bacteriemia provoque un cuadro séptico… Qué lío.

Sirigmo: acúfeno. Que puede ir asociado o no a la disecea…

Seguro que me dejo muchas, ¿me decís alguna más en los comentarios? Por cierto, ¿alguien se atreve a traducir la frase de palabras con A que puse antes?

 

 

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William Morton, ¿el auténtico padre de la anestesia?

El 16 de octubre se celebra el Día del Anestesiólogo, conmemorando la primera demostración pública de una cirugía con anestesia, la que realizó, en 1846, William Morton en el Massachussets General Hospital. Sin embargo, los inicios de esta técnica, que supondría uno de los mayores avances de la Medicina moderna, estuvieron rodeados de celos, querellas, lucha de patentes y “sombreros ajenos“.

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William Thomas Green Morton nació en Charlton, Massachussetts, el 9 de agosto de 1819. Hijo de un granjero, tuvo que aceptar diversos empleos (tipógrafo de imprenta, comerciante…) para pagarse los estudios.

En 1840 ingresó en el Baltimore College of Dental Surgery, primera escuela del mundo de odontología. Dejaría Baltimore sin haber terminado su formación, que completaría en Hartford, Connecticut, bajo las enseñanzas de Horace Wells.

A la izquierda, el Baltimore College of Dental Surgery. A la derecha, Horace Wells.

Un año después de que Morton dejara de trabajar con Wells, éste empezó a usar en sus intervenciones óxido nitroso, conocido como gas hilarante. Había observado cómo una persona que estaba bajo sus efectos había sufrido heridas sin sentir dolor. Esto le llevó a probarlo en sí mismo mientras su ayudante le extraía una muela, y el éxito del procedimiento fue innegable. Pero cuando quiso presentarlo públicamente en Boston el paciente se movió, la administración del gas se interrumpió, y la demostración resultó un fracaso. Wells había hecho el ridículo.

En 1843, Morton se casa con Elizabeth Whitman. Los señores Whitman consideraban que la profesión de dentista no era suficientemente digna para el marido de su hija, por lo que pusieron la condición de que Morton estudiara Medicina. Así que en 1844 Morton comenzó en Harvard los estudios de Medicina, que tampoco terminaría.

Cuando Wells fracasó con el óxido nitroso, Morton estaba ya estudiando Medicina, y se interesó por una sustancia que pudiera resultar más efectiva. Parece ser que Charles Thomas Jackson, su profesor de química, le sugirió que el éter podía ser la solución. Tras experimentar en ratas, peces, insectos, gallinas y su propio perro (pobres perros de anestesistas, ¿recordáis a Airway, el perro de Guédel?), Morton realizó experimentos consigo mismo.

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Charles Thomas Jackson

El 30 de septiembre de 1846 se presentó la oportunidad que llevaba tiempo buscando: el chelista Ebenezer Hopkins Frost, que se moría de miedo ante una necesaria extracción dentaria, accedió a probar con éter. La intervención resultó un éxito y Frost despertó sin haber sentido dolor alguno. Al día siguiente se publicó la noticia en el Boston Daily Journal.

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Morton quiso entonces hacer una demostración pública. Consiguió interesar al cirujano jefe del Hospital General de Massachussets, John Collins Warren, que le invitó a realizarla el 16 de octubre de 1846. Para enfado del cirujano, Morton llegó tarde: estaba preparando una especie de vaporizador para administrar el éter.

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Réplica del vaporizador de Morton

Gilbert Abbot, trabajador de una imprenta, pasaría a la historia al serle extirpado un tumor cervical bajo los efectos de la anestesia. Warren quedó impresionado. Había nacido la anestesia moderna.

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La demostración de Morton en el Ether Dome (foto: NEJM).

No hubo que esperar mucho para volver a intentarlo. Al día siguiente, el urólogo George Hayward extirpó un tumor bajo los efectos del éter. La admiración general se desataría el 7 de noviembre, cuando  Henry Jacob Bigelow amputó a una pierna a una joven anestesiada. Poco tiempo después el éter ya se utilizaba también en Europa. Fue Oliver Wendell Holmes, en ese mismo mes de noviembre, el que bautiza a las sustancias sedantes con el nombre de anestesia.

Bigelow y Holmes

Pero entonces llegó la guerra de patentes y la obsesión de Morton por alcanzar el reconocimiento (y los beneficios económicos) de la invención de la anestesia. Morton había querido ocultar inicialmente la sustancia utilizada, para así poder disfrutar de la patente, y lo llamó Letheon (que deriva del griego “olvido”). Pero tras la cirugía de Bigelow se vio obligado a revelar cuál era la sustancia empleada. Entonces empezó la lucha judicial, en la que se vieron inmersos Wells, Jackson y el propio Morton. La disputa duraría hasta el fallecimiento de Morton y acabaría por arruinarle a él y provocar el suicidio de Wells.

Pero la pelea por la patente no solo le arruinó económicamente, sino que propició la condena por parte de la clase médica de la época: les parecía insolidario que se restringiera el uso de un avance tan importante en la Medicina. Morton se defendió diciendo que no lo hacía por dinero, sino para asegurar que la anestesia se aplicaba con seguridad, pero sus repetidos intentos por conseguir reconocimiento, dinero y patentes en diversos países parecían quitarle la razón. Incluso solicitó en varias ocasiones un reconocimiento formal y una recompensa al Congreso de los Estados Unidos, que se los negó repetidamente.

En realidad, Morton no solo se había basado en las ideas de Wells (emplear una sustancia que disminuyera el dolor) y Jackson (elegir el éter para ese objetivo), sino que ni siquiera había sido el primero en usar éter. Lo había hecho ya Crawford Williamson Long el 30 de marzo de 1842, pero cometió el error de no publicarlo. Lo que es innegable es que Morton fue el primer en demostrar públicamente la eficacia de la anestesia.

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Crawford Williamson Long

Obsesionado con el reconocimiento (y el dinero) que no terminaba de llegar, Morton murió arruinado el 15 de julio de 1868, con apenas 49 años, a causa de un ictus.

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Los padres de Charlie

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No conozco bien el caso de Charlie Gard, así que no puedo dar una opinión fundada sobre los aspectos médicos de su enfermedad. Ni siquiera dar una opinión desde la ética. Pero de lo que he leído aquí y allá he sacado algunas conclusiones:

  • Charlie tenía una enfermedad incurable, que le condenaba a depender para siempre de unas máquinas que aseguraran unas funciones vitales que él en ningún caso iba a recuperar.
  • Charlie no tenía ninguna esperanza. El tratamiento experimental que se le ofrecía ha resultado no indicado. Y probablemente lo habría sido seis meses antes también. Claro que se puede participar en un tratamiento experimental cuando uno se encuentra en una situación como la de Charlie, siempre asegurando el respeto de los criterios éticos que rigen la participación de niños en ensayos clínicos, pero con una cosa muy clara: casi con total seguridad, el tratamiento no iba a curar a Charlie, aunque sí podría permitir, en el futuro, mejorar las expectativas de otros niños como él. Si en esa situación unos padres autorizan la entrada del niño en un ensayo, es algo muy loable, pero si no ocurre no se le está negando una posibilidad. Y muchas veces es imposible que niños tan enfermos puedan entrar en un ensayo que quizá exija desplazamientos, tratamientos complejos, etcétera.
  • Charlie no ha sido víctima de eutanasia. Simplemente se ha retirado una medida que, en su caso, se consideraba desproporcionada. Charlie ha muerto por la evolución de su propia enfermedad.

Dicho esto, me da mucha pena cómo se ha desarrollado el caso. Quizá es porque no tengo todos los datos, pero le pongo muchas pegas a la increíble actuación de unos y otros, medios de comunicación incluidos… Se ha fallado en comunicación, en empatía, en acompañamiento a la familia, en gestión de conflictos… Seguro que toda la responsabilidad no es de la justicia ni del equipo médico, pero a mí me deja muy intranquila. Porque ni los jueces ni los médicos vivirán el resto de su vida con el recuerdo de Charlie, pero sí sus padres. Por eso deberían haber peleado, unos y otros, para que este recuerdo no constituya una herida imposible de cerrar…

  • Llegar a necesitar la intervención judicial para decidir que un tratamiento es desproporcionado es excepcional. Y más en una enfermedad tan larga. Queda claro que a los padres de Charlie les faltó claridad en las explicaciones, o confianza en el equipo médico, o tiempo. Esa confianza que se gana día a día y, desde luego, no judicializando los conflictos.
  • ¿Cuándo debe un médico elevar al juez el caso del niño? Cuando la decisión de los padres no es en el mayor bien del menor. Analicemos… ¿lo mejor para Charlie era retirar el tratamiento? Probablemente. Pero… ¿era necesario hacerlo YA? Pues no sé. Entiendo que Charlie no sufría, no sé cuál era su estado neurológico pero nada hubiera impedido a sus médicos sedarlo si fuera necesario. ¿Por qué, entonces, no se concedió un poco más de tiempo, otra explicación, una segunda e incluso tercera opinión a los padres? ¿Intervino el comité de ética, los psicólogos clínicos, etcétera? ¿Se intentó intervenir en el entorno de la familia, resolver sus pegas éticas, contar con la ayuda de expertos que compartieran sus creencias ? ¿Por qué tantas pegas a que lo viera el médico americano que, probablemente, no tenía nada que ofrecer? ¿Por qué no dejar que se quedaran tranquilos en ese sentido?
  • Y, por otro lado, ¿hacía falta judicializar también el momento y el lugar en el que debía morir Charlie? Quizá no era posible acceder al deseo de sus padres de que Charlie falleciera en su hogar, pero llevarlo también a los tribunales me parece una crueldad innecesaria. Se podía haber intentado, o haber explicado las circunstancias a los padres, o haber dejado que ellos mismos se dieran cuenta de esa imposibilidad. Ellos que, al fin y al cabo, solo querían el bien de Charlie.

Da la sensación de que es la ruptura de la relación de confianza la que ha provocado todos los demás problemas, hasta conseguir que la muerte de Charlie sea aún más traumática para sus padres. En esos casos de pérdida de confianza, quizá mi voto sería cambiar el equipo a cargo de Charlie. Incluso trasladarle a otro hospital. Pero se rechazó “por problemas legales” el ofrecimiento del Hospital Bambino Gesú para hacerse cargo del pequeño… Demasiadas trabas, demasiado empeño que no puedo entender.

El caso de Charlie Gard no es un problema ético, es el fracaso del lado humano de la Medicina. Su familia ha quedado herida en el camino. Como si la pérdida de un hijo no fuera ya suficiente. Como si la familia de un niño enfermo no fuera parte de la relación terapéutica, como si no fueran también responsabilidad del equipo médico, como si fueran solo daños colaterales.

Solo queda esperar que esta familia pueda encontrar el consuelo y la ayuda profesional que necesitan. Lo tienen difícil. Mientras tanto, descansa en paz, Charlie.

 

Os dejo aquí un enlace de lo mejor que he leído sobre este caso

 

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Tinsley R. Harrison, maestro de la Medicina

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Tinsley Randolph Harrison nació el 18 de marzo de 1900 en Talladega, Alabama, en el seno de una familia de médicos (él constituiría la séptima generación de doctores Harrison). Con estos antecedentes, a nadie sorprendió que, tras graduarse con tan solo 15 años, iniciara su formación médica en la Universidad de Michigan. Sin embargo, no era esa la elección de Tinsley, que estaba mucho más interesado en estudiar Derecho. Pero sir William Osler, del que su padre era discípulo y admirador, había sugerido a éste que convirtiera a Tinsley en profesor de Medicina, cuando el chico tenía apenas tres años. Qué llevó a Osler a descubrir en el pequeño Harrison al maestro que luego sería es algo que nunca llegaremos a saber.

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A sir William Osler habrá que hacerle hueco también en esta galería de gigantes…

 

Y, aunque no llegaron a coincidir, probablemente sea también suya la “culpa” de que Harrison se trasladara a terminar su carrera en la John Hopkins School of Medicine, en un momento en el que decir John Hopkins era tanto como decir William Osler.

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Hospital y Escuela de Medicina John Hopkins, en la actualidad

 

Como curiosidad, cabe destacar que el compañero de habitación de Harrison en la Johns Hopkins, con el que quedaría unido para siempre por una estrecha amistad, no sería otro que Alfred Blalock, protagonista de una de nuestras historias de gigantes… Juntos llegarían a ganar un campeonato universitario de tenis. Harrison mantendría siempre la afición por el deporte. No solo practicó tenis y golf sino que, a la respetable edad de 70 años, comenzó su andadura en el esquí acuático.

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Alfred Blalock

 

Terminada la carrera, Harrison se formó como internista en el hospital Peter Bent Brigham de Boston, la propia John Hopkins y la Universidad de Vanderbilt. Interesado especialmente por la cardiología y la fisiopatología, dedicó buena parte de su carrera a la enseñanza, primero en Vanderbilt y después en Carolina del Norte, Alabama y Texas, sin dejar en ningún caso la asistencia.

Sus alumnos le consideraban un digno discípulo de Osler, apasionado por la clínica y con una enorme capacidad docente. Sus anamnesis detalladas y un increíble ojo clínico relegaban las pruebas complementarias a un papel muy secundario en su práctica médica. Es famosa la anécdota según la cual Harrison fue capaz de diagnosticar un aneurisma ventricular que había pasado desapercibido a pesar de múltiple pruebas, utilizando únicamente la historia clínica y la palpación precordial.

Pero sus discípulos no recordaban de él únicamente su pericia diagnóstica. También le describían como un hombre amable, humilde y compasivo, abierto de mente y con múltiples intereses más allá de la Medicina.

Desde luego, Harrison no era únicamente un genio de la semiología, sino que había asumido perfectamente el concepto de Medicina que Osler pretendía inculcar. La introducción a su libro más famoso, deja claro cuáles son las características que todo médico debe poseer: “tacto, simpatía y comprensión” porque el paciente “no es una simple colección de síntomas y problemas clínicos. Es humano”.

Entre sus libros, el primero fue Failure of the Circulation, una joya para todos los estudiosos de la insuficiencia cardiaca que fue escrito en la primera mitad de la década de los 30 y que, desgraciadamente, resulta casi imposible de conseguir en la actualidad. Se trata de un libro redactado únicamente con datos obtenidos en las investigaciones personales del doctor Harrison, hasta el punto de que, tras dos ediciones, no quiso sacar una tercera porque no tenía ningún dato propio que añadir.

Pero será en la década de los 50 cuando, con la ayuda de un elenco de los mejores profesores de la época, redactará el libro que le convertirá en el maestro de maestros: The Harrison´s principles of Internal Medicine.

Primera edición de los Principios de Medicina Interna de Harrison

Harrison falleció en Brimingham el 4 de agosto de 1978, precisamente de un fallo cardiaco, dejando un legado imborrable para las futuras generaciones de médicos. La introducción a su más famoso libro es aún una enseñanza sobre Medicina y humanismo…

 

Monumento a Tinsley R. Harrison en la Universidad de Alabama, que incluye el primer párrafo de la Introducción del Harrison

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En un hospital valenciano…

  • Buenos días, personal auxiliar.
  • Buenos días, clientela. ¿Qué desea?
  • Quería una cita con mi personal de salud habitual.
  • ¿Es para usted?
  • No, es para mi guardador número 1. Está en el programa de anciano frágil y…
  • Querrá decir en el programa de personas mayores frágiles. No sea usted machisto.
  • Buen@, lo que sea. Por cierto, me ha dicho el personal de farmacia que los pensionistas no tendrán que abonar los medicamentos.
  • Querrá usted decir que “no se tendrá que abonar l@s medicament@s cuando se tenga la condición de pensionist@¨. ¿Es que no se ha leído usted el manual?
  • Buen@, buen@, perdone. Y de pas@ déme una cita con mi pediatra…
  • Querrá usted decir con pediatría, so sexista.
  • Bueno, con toda pediatría no, solo con mi pediatro.
  • ¿Motivo de el/la visito/a?
  • Es que mi descendencia mayor tiene mocos, perdón, mucosidad y tos desde hace un@ seman@. Ya sabe, los criaturos, siempre así…
  • ¿Y a que hora la quiere?
  • Pues, aquí entre cada quien, mejor por la tarde, así viene su guardadora 2, que no se fía de mí.
  • Ya, es que a veces las personas humanas con identidad femenina no se fían de las personas humanas con identidad diversa.
  • Exact@.
  • Perfect@. No olvide traer la tarjet@ sanitari@ de su infancia.
  • ¿De la mía?
  • No, persona humana, no. La de su criaturo.
  • Ah, vale… Much@s graci@s.

 

Para los que penséis que me he vuelto loca, aquí os dejo unos pantallazos del manual de lenguaje no sexista de la Comunidad Valenciana. Que, aparte de lo mal redactado que está, roza el esperpento.

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Yo, que siempre digo que soy médico porque la palabra médica me parece feísima, no me considero discriminada por las reglas gramaticales. Mis compañeros intensivistas tampoco aspiran a ser intensivistos. Lo único que yo pretendo es tener las mismas oportunidades, que mi sexo no influya en los procesos de selección o en el sueldo, no que creen un lenguaje rimbombante y ridículo, que hace casi imposible hablar con normalidad, por si acaso me siento ofendida. Si algo tan nimio me ofendiera, entonces sí tendría un problema. Lo explica muy bien @MasTwitts aquí.

Sentirse discriminado porque la gramática española considere al masculino plural como nombre colectivo que engloba ambos sexos, es como sentirse ofendido por las haches intercaladas. Eso sí, ofende niños (masculino plural que engloba a todos), pero no criaturas (femenino plural que engloba a todos)… Se cambian frases simples que cualquiera entiende por paráfrasis complejas que ni siquiera cabrían en un tuit…  Se acepta la palabra paciente en “atención a pacientes” pero no en “alta voluntaria a petición del paciente” (por cierto, ¿cómo, si no, va a ser voluntaria?). En fin… Pensar que algo tan superficial nos puede discriminar es lo que de verdad nos convierte en vulnerables. Las mujeres y nuestra valía estamos muy por encima de un masculino plural.

El machismo no está en las reglas gramaticales de la RAE, está en otras actitudes que de verdad existen y hay que erradicar. No perdamos el tiempo en cosas anecdóticas. No criemos una generación hipersusceptible en las formas, cambiemos mejor su fondo. Con educación y siendo, en la medida de lo posible, normales…

Anda que si el masculino plural fuera el principal problema de la sanidad…

 

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Donaciones: a propósito de un caso

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Estaría bien que la sanidad pública fuera autosuficiente. Que hubiera recursos de sobra para todos. Que a nuestros gobernantes les interesara el futuro de nuestros hospitales públicos, que no se cayeran los techos, que no se inundaran en primavera, que no hubiera pacientes hacinados. Estaría bien que no pagáramos de más a las concesionarias de los hospitales de gestión mixta y que parte del presupuesto no se desviara al enriquecimiento personal o empresarial de nadie. Sí. Molaría.

Pero a día de hoy eso no pasa. No hay recursos para todos y los que hay están mal repartidos. Hay corrupción y contratos turbios. Hay poco control de las partidas presupuestarias (¿hemos tardado 9 años en darnos cuenta de que el 50% de las camas por las que cobraba la concesionaria de un hospital no existían?) y hay corrupción a muchos niveles. Hay un abandono patente de los hospitales públicos y su tecnología está muchas veces obsoleta.

Podemos esperar a que todo esto se solucione. A no depender de nadie. Podemos confiar en que algún día no sea necesario que una fundación remodele la UCI del Niño Jesús, o que este mismo hospital pueda continuar su investigación sin depender de una carrera solidaria, o que un empresario no tenga que financiar tecnología para el tratamiento del cáncer. Pero tenemos un problema. El cáncer no espera. La enfermedad crítica de los niños no perdona. Las enfermedades raras no dan tregua. Si seguimos esperando, habrá muchos que se quedarán en el camino.

Veamos: las donaciones privadas hacen aumentar los recursos. El aumento de recursos mejora las expectativas de los pacientes. La mejora en las expectativas de los pacientes es el objetivo de la sanidad pública. Y cualquier asociación en defensa de la sanidad pública que no se centre en el beneficio del paciente ha equivocado su objetivo.

Luego las donaciones son buenas para la sanidad pública. Habría un escenario mejor, pero está muy lejos. Mientras tanto, bienvenidas sean las donaciones. Gracias, de parte de mis pacientes y los de todos, a los que ponen su granito de arena, su hacienda, sus beneficios empresariales o su trabajo en favor de los enfermos de la sanidad pública.

Y un favor, queridos periodistas. No tituléis “la sanidad pública rechaza…”. A la mayoría, no nos representan.

 Una cosa más. Don Amancio, en Arganda hay un hospital pequeñito en el que el personal hace milagros con muy pocos recursos. Le invito a conocerlo. Y no se olvide la chequera… 🙂

(Sí, sé que dije que iba a escribir de otros temas. Pero la actualidad manda…)

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Elizabeth Blackwell: la primera mujer médico

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Elizabeth Blackwell nació el 3 de febrero de 1821 en Bristol (Inglaterra). Fue la tercera de los nueve hijos de Samuel Blackwell, propietario de una refinería de azúcar. Su padre se preocupó de que tanto sus hijos como sus hijas tuvieran la misma esmerada educación en ciencias, matemáticas y lenguas extranjeras.

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Placa conmemorativa en la casa natal de Blackwell, en Bristol.

En 1834, un fuego destruyó la empresa familiar, y  los Blackwell emigraron a Nueva York, donde su padre alquiló una nueva refinería. Un nuevo incendio al año siguiente afectaría aún más a la maltrecha economía familiar, obligándoles finalmente a instalarse en 1838 en Cincinnati. Pero apenas tres meses después fallecía Samuel Blackwell, dejando a su familia prácticamente en la indigencia. Por este motivo, en menos de un mes la madre y hermanas mayores se vieron obligadas a inaugurar una escuela: la Cincinnati English and French Academy for Young Ladies, que funcionó hasta 1942. Desde entonces, Elizabeth y sus hermanas pasarían a enseñar alumnas privadas.

Durante esos años, Elizabeth se unió a la causa abolicionista (la familia Blackwell llegó a acoger en su propia casa a esclavos que escapaban hacia Canadá), la defensa de los derechos de la mujer y el sufragismo.

En 1844, Elizabeth se traslada a Asheville (Carolina del Norte) para enseñar música en una Academia. Allí se alojará en casa del reverendo John Dickson, que había sido médico antes de ordenarse. Aún conservaba una excelente biblioteca, que puso a disposición de Blackwell. En realidad, Elizabeth confesaría más tarde que inicialmente le repugnaba todo lo relacionado con la Medicina. Fue, sin embargo, una experiencia personal la que le hizo cambiar de parecer: una amiga afectada por una enfermedad terminal le confesó que se habría sentido más a gusto si hubiera sido tratada por médicos mujeres, y este simple comentario fue el que hizo prender en Elizabeth la llama de la vocación.

Con ayuda del reverendo Dickson, Elizabeth empezó a pedir plaza en todas las escuelas de medicina de Nueva York y Philadelphia, sin que ninguna la aceptara. Mientras tanro, empezó a estudiar anatomía bajo la dirección de Jonathan M. Allen.

Desencantada, pero no desalentada, Elizabeth pidió plaza en 12 escuelas menores. En 11 la rechazaron sin contemplaciones. La número 12 fue el Geneva Medical College, en el estado de Nueva York. Allí, ante la sorprendente petición, decidieron someter el caso a la votación del resto de estudiantes, con la condición de que no sería admitida si uno solo de los alumnos mostraba desacuerdo. En el fondo, estaban seguros de que sería rechazada. Casi como una broma, y convencidos de que ganaría el “no” o de que la candidata terminaría por desistir en su empeño, todos los estudiantes votaron que “sí” y Elizabeth fue admitida.

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El Geneva Medical College (Actual Hobart and William Smith Colleges).

Elizabeth, que llegó con el curso ya bastante avanzado, no fue bien admitida ni en la escuela ni en el pueblo, e incluso se la quiso excluir de las clases prácticas por considerarlas inapropiadas para mujeres, algo que la interesada no admitió. El tesón, la capacidad y la corrección de la aspirante a doctora vencieron poco a poco los prejuicios de sus profesores y compañeros. El 23 de enero de 1849, ante la admiración de todos ellos, se convertía en la primera mujer graduada en Medicina de la historia. Su tesis, que llegó a ser publicada en la Buffalo Medical Journal, versaba sobre la fiebre tifoidea, de la que había tenido cumplida experiencia durante su verano de prácticas en el Blockley Almshouse de Philadelphia.

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Fotografía de la época del Blockley Almshouse de Philadelphia.

Deseosa de completar su formación en Europa, Blackwell intentó ser admitida en diversos hospitales de Inglaterra y Francia, encontrando de nuevo las puertas cerradas por el hecho de ser mujer. Finalmente fue aceptada en La Maternité de París, pero en calidad de matrona y no de médico.

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De nuevo venció los prejuicios con su trabajo consiguiendo que, un año después, el jefe de obstetricia hiciera pública la opinión de que Elizabeth sería la mejor obstetra de los Estados Unidos, por encima de sus colegas varones. Sin embargo, esta aspiración se vio truncada el 4 de noviembre de 1849 cuando, atendiendo a un bebé con conjuntivitis neonatal, sufrió la salpicadura de material contaminado, a consecuencia de lo cual perdió la visión de su ojo izquierdo.

En 1851, cansada de la oposición que había encontrado en Europa, Blackwell regresa a Nueva York y, ante la nueva avalancha de negativas a ofrecerle trabajo, se dedica a la práctica privada, a la vez que publica sus primeros trabajos. En 1857, con la ayuda de su hermana Emily, funda la New York Infirmary for Indigent Women and Children, atendida por personal exclusivamente femenino (entre otras cosas, porque la mayoría de colegas varones se negaron a colaborar con ellas). Un año antes había adoptado a una huérfana irlandesa, Kitty Barry.

La New York Infirmary for Indigent Women and Children es hoy el Lower Manhattan Hospital, un centro hospitalario sin ánimo de lucro especialista en medicina de catástrofes.

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Emily Blackwell fue la tercera mujer graduada en Medicina.

Blackwell volvió a Inglaterra en 1869, tras una seria discusión con su hermana. Allí, a pesar de su convicción de que hombres y mujeres debían recibir formación médica en las mismas escuelas, funda la London School of Medicine for Women, en la que trabajará hasta su retirada en 1877.

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London School of Medicine for Women.

En 1895 Elizabeth publicó su autobiografía, que entonces tuvo muy poco éxito, llegando a vender apenas 500 ejemplares.

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A partir de 1907, tras una grave caída por las escaleras, Elizabeth quedó seriamente limitada tanto física como cognitivamente. Murió el 31 de mayo de 1910 tras un ictus.

Las cenizas de Elizabeth Blackwell reposan en la parroquia de St Munn´s, en Kilmun (Escocia).

“No es fácil ser pionera pero… ¡es fascinante! No cambiaría un instante, ni siquiera el peor, por todo el oro del mundo”. Elizabeth Blackwell. 

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