Dos genios y un epónimo. George y Allen Whipple

Ayer se cumplieron 40 años de la muerte de George Whipple. No hace mucho que descubrí que los epónimos de la enfermedad, la triada y la técnica de Whipple no se debían a la misma persona. Sin ninguna relación de parentesco entre ellos, ambos fueron, curiosamente, grandes amigos.

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George Hoyt Whipple nació en Ashland, New Hampshire, el 28 de agosto de 1878. Hijo y nieto de médicos, se licenció en 1900 en la Universidad de Yale y, cinco años más tarde, se doctoraba en la John Hopkins University. Hasta 1914 trabajó en esa misma universidad, con un pequeño paréntesis en la campaña contra la malaria que tuvo lugar en Panamá en 1907-1908, mientras se construía el canal.

Entre 1914 y 1921 trabajó en la Facultad de Medicina de la Universidad de California, trasladándose finalmente a la Escuela Médica de Rochester, en Nueva York, de la que sería primer decano, y donde trabajaría hasta el final de su carrera.

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Escuela Médica de Rochester (foto: University of Rochester)

Sus investigaciones se centraron en la fisiología y patología del hígado, especialmente la ruta metabólica de los pigmentos biliares, la necrosis hepática provocada por cloroformo y la patogenia de ciertas anemias. Demostró también cómo perros anémicos presentaban mucho mejor pronóstico si eran alimentados con hígado, algo que se convirtió en el tratamiento habitual de los pacientes con anemia perniciosa hasta que en 1948 se aisló la vitamina B12.

En 1934 compartió el premio Nobel de Medicina con Minot y Murphy, por sus estudios sobre la fisiopatología de la anemia perniciosa. En la entrega del galardón, sus experimentos fueron descritos como increíblemente bien planificados, llevados a cabo con enorme precisión y, por tanto, absolutamente reproducibles”.

Whipple describió además la enfermedad que lleva su nombre, un tipo de lipodistrofia intestinal. También la bacteria responsable lleva en su honor el nombre de Tropheryma whipplei.

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Murió en Rochester el 1 de febrero de 1976, a punto de cumplir 98 años.

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Allen Oldfather Whipple nació en Urmia (actual Irán) el 2 de septiembre de 1881. Hijo de padres misioneros, regresó a los 9 años a Estados Unidos. Allí murió su padre siendo Allen apenas adolescente, de manera que tuvo que buscar alguna fuente extra de ingresos impartiendo clases de latín, idioma que dominaba junto con el sirio y el turco. Gracias a esos ahorros pudo estudiar Medicina en Princeton, doctorándose en la Universidad de Columbia en 1908.

Tras su residencia en el Roosevelt Hospital y unos años en el Hospital Presbiteriano, ambos en Nueva York, se convirtió en profesor de cirugía de la Universidad de Columbia, donde trabajaría hasta 1946.

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El Roosevelt Hospital forma parte en la actualidad del Mount Sinaí. (Foto: King´s Handbook of New York City).

Desde principios de los años treinta, Whipple se centró en la anatomía, la fisiología y los procedimientos quirúrgico de bazo, páncreas, circulación portal y vía biliar. De hecho, fundó junto con el doctor Walter W. Palmer la “Clínica del bazo”, en la que un equipo multidisciplinar se dedicaba a tratar enfermedades hepatobiliares, pancreáticas y esplénicas. Allí tuvieron lugar avances como las primeras esplenectomías para tratar la púrpura trombótica trombocitopénica o las pioneras descompresiones del sistema portal en humanos.

Las primeras cirugías pancreáticas de Whipple son sobre pancreatitis aguda, abscesos o quistes. En 1934 reseca un insulinoma a una mujer que sufrís hipoglucemias severas. El éxito de la cirugía le convertiría en referencia para este tipo de tratamientos. Gracias al estudio de estos casos, definió la triada de Whipple del insulinoma: hipoglucemia espontánea con manifestaciones neuropsiquiátricas, niveles repetidos de glucemia menores a 50 mg/dl y mejoría de los síntomas tras la administración de glucosa.

En aquella época, la dudodenopancreatectomía se realizaba en dos tiempos para evitar la hemorragia en pacientes con hiperbilirrubinemia grave. Pero a partir de 1940, gracias a la disponibilidad de la vitamina k, Whipple se plantea la posibilidad de intervenir una sola vez.

El procedimiento de resección pancreática en un solo tiempo que lleva su nombre se realizó la primera vez por casualidad: en una demostración de cirugía gástrica ante cirujanos extranjeros, descubrió que lo que había sido diagnosticado como un carcinoma gástrico era en realidad una tumoración pancreática: esto le daba la oportunidad de realizar una duodenopancreatectomía en una paciente sin ictericia. Sobre la marcha, Whipple improvisa la nueva técnica. Desde entonces realizaría otros 36 procedimientos similares.

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Whipple era un cirujano minucioso, del que sus alumnos decían que “trabaja despacio porque primero opera con la cabeza y después con las manos”, volcado en la docencia y en las personas, buen amigo aunque sobrio y reservado.

Quizá en relación con sus años en Oriente, era también un gran humanista, cuyos intereses iban mucho más allá de la Cirugía, e incluían la literatura, la música, las civilizaciones antiguas, el ajedrez, la jardinería o la historia de la Medicina. De hecho, poco después de su muerte vieron la luz sus libros “La historia de la cicatrización y la reparación de las heridas” y “El papel de los nestorianos y los musulmanes en la historia de la Medicina”.

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Foto: Amazon

Murió en Nueva Jersey el 6 de abril de 1963, apenas ocho días después de la muerte de uno de sus hijos.

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De trasplantes, altruismo y dentaduras

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Ayer fui testigo (y en parte víctima) de una pequeña cacería en Twitter. Todo empezó con una columna de Opinión en El País, que os recomiendo leer (al menos en diagonal) antes de seguir con este post: aquí la tenéis. Su autor, un economista que lleva publicando lo mismo por lo menos desde 2011. Vaya por delante que yo no he sido nunca coordinadora de trasplantes, no he cobrado un duro de la ONT y no tengo ningún familiar trasplantado ni en lista de espera. Mi único conflicto de intereses es conocer la necesidad de muchos pacientes y el cambio en su calidad de vida una vez trasplantados. Y que yo también pago mis impuestos (y, por tanto, este tipo de cosas). Aclarado esto, analicemos lo que tanta polémica suscita…

  • Los médicos cobran por trabajar en el equipo de trasplantes. Una noticia loca, vamos. Los médicos de los equipos de trasplante no trabajan en exclusividad (alguien decía que igual esa sería la solución, pero yo creo que eso sería aún más caro -por poco eficiente, puesto que no hay tantos trasplantes al año- y además peligroso… ¿vamos a poner a trasplantar un hígado a alguien que no opera habitualmente?). Por tanto, se cargan con un trabajo extra que incluye guardias localizadas. Sería fantástico que el altruismo te llevara a estar permanentemente localizable para cogerte un avión a media noche e irte a la Coruña a por un hígado, o a dedicar muchas horas (el proceso de donación es larguísimo) a informar a una familia en el peor momento de su vida, a asegurar su bienestar, a obtener todos los datos del trasplante, a buscar al receptor idóneo… Sería fantástico, sí, pero los médicos tenemos la mala costumbre de tener familia, vida personal y facturas que pagar a fin de mes. Por un trabajo extra que se remunera, encima nos quejamos. Genial. Además, tildamos ese dinero de irregular y sin escrúpulos, sin dar un solo dato. Otra cosa, si queréis, es que podamos pensar que el reparto o la cantidad no es la correcta (cosa de la que no se habla en el artículo, por cierto). Pero que un médico cobre por su trabajo… madre mía, qué escándalo. También cobran los endoscopistas y los servicios de hemodinámica que hacen guardias localizadas. Y muchos de ellos cobran más si tienen que ir al hospital durante la alerta. Menuda mafia entonces, ¿no? (Por cierto, para los que no lo sepáis, en muchos hospitales pequeños con poca actividad trasplantadora el coordinador no cobra, aunque sí que le supone trabajo extra; al final va a resultar que de altruismo los médicos sabemos bastante).

 

  • No, esperad. El problema no es que cobren, sino que sea un sistema de incentivos. Es decir, no cobran las alertas que realizan, sino solo si hay donación. Probablemente cobrarían más de la otra manera, pero esto es lo que nos escandaliza. Yo también cobro incentivos, ¿eso me hace saltarme todas las reglas de la ética y trabajar sin escrúpulos como indica el artículo? He visto trabajar a los coordinadores y nada más lejos de la realidad. De hecho, la ONT es muy estricta en esto: sabe que vale más perder un donante que generar opinión pública contraria tipo “me sentí coaccionado” o “no me trataron bien”. Pero también “premia” a los que hacen bien su trabajo, ¿es eso un problema?. En cuanto a esto de los incentivos, me quedo con esta carta que he encontrado en el periódico, respuesta a un artículo similar del mismo autor hace 5 años. En muy pocas palabras, y desde fuera del sistema, lo explica mucho mejor de lo que lo pueda hacer yo:

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  • Pero os preguntaréis qué tiene que ver esto con las dentaduras… Pues bien, el autor se pregunta (o más bien afirma) que el sistema es injusto porque se dedica dinero a él habiendo otras patologías. En Twitter comentaban como un escándalo que en España se dedique un dinero a los trasplantes cuando muchos de nuestros abuelos no tienen dentaduras. Y comentaba @monicamox1, con mucho sentido común, que la solución es tender a la excelencia en dentaduras, no atacar una cosa que funciona bien, como es el sistema de trasplantes. El concepto de justicia distributiva que se manejó, de “yo con los 100.000 euros de un transplante preferiría tratar mil patologías de 100 euros” es, a mi juicio, un grave error. Se deriva tanto hacia el utilitarismo anglosajón, con todos los problemas de éste (que incluye el de abandonar a su suerte a los pacientes no rentables) que no puedo compartirlo. Porque además el principio de justicia no es eso, sino que tiene que ver más bien con esto:

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Porque visto así, entonces no tratemos pacientes oncológicos (es tan carísimo que con eso podríamos curar cien mil apendicitis o fabricar millones de dentaduras), ni sépticos, ni…

Eso sin entrar en lo infinitamente rentable que es un trasplante en términos económicos (¿habrá pensado el autor y los que le jalean lo que se ahorra la Sanidad con un paciente que sale de diálisis y se libra de todas las complicaciones que se derivan de su insuficiencia renal? ¿Un paciente que a lo mejor gracias a eso puede reincorporarse al mercado laboral? Pues ese ahorro lo multiplica por dos cada donante. Sin hablar de los otros órganos, claro). Pero, aún siendo importante, eso no es lo principal. Lo principal es lo que supone en calidad de vida para el paciente que vive atado a una máquina de diálisis tres días por semana, al neonato diagnosticado de hipoplasia de ventrículo izquierdo que no podrá de otra manera salir nunca de la UCI, al pequeñín con intestino corto que puede volver a comer e ir al cole, al joven que recupera la visión (¡y su vida!) gracias a un trasplante de córnea… ¿Vemos personas detrás de los números? ¿Vidas detrás de la tecnología? Personas que a lo mejor hasta están en el cupo de alguno de los que más se quejan… de esos que piensan que nadie más trata personas, que el resto de los médicos somos simples técnicos (y además, parece ser, corruptos).

¿Hay que arreglar el sistema de trasplantes? Arreglémoslo. ¿Hay que tirar piedras sobre el tejado de los profesionales que lo sustentan? De ninguna manera. ¿Sobre el de los pacientes que lo necesitan? Menos aún.

Porque el efecto que va a tener este artículo es reducir temporalmente las tasas de donación. Los pacientes de la lista de espera estarán, sin duda, encantados, ¿no?

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“Regular la muerte digna”

Haced la prueba. Cuando alguien dice que ha llegado el momento de regular cualquier-cosa, lo más probable es que esa cosa ya esté regulada. Lo que pasa es que a ese alguien no le gusta la regulación actual.

Hoy un partido político decía que “en Madrid se muere mal” (que es una forma graciosa de generalizar, por cierto) y que por tanto ha llegado el momento de regular “la muerte digna”. En realidad se refieren a que quieren “regular” el suicidio asistido, pero lo llaman muerte digna porque suena mejor. Conclusión curiosa, por cierto, la de equiparar muerte digna con suicidio asistido.

Pues bien, el suicidio asistido está regulado en España. De hecho, está tipificado como delito en el artículo 143.4 del Código Penal, y también está prohibido por el artículo 36 del Código Deontológico. Le pese a quien le pese. Así que tranquilos, señores, que regulado está. Luego está otra portavoz de otro partido que dice que el problema es que la ley actual crea inseguridad jurídica en el médico. Pero más clara no puede ser, ¿no? Vamos, que uno está seguro de si está o no cometiendo un delito, no hay otra opción. Gracias por su interés pero no nos hace falta. Se lo digo yo, que me paso el día entre enfermos críticos y que he firmado ya unos cuantos certificados de defunción.

Pero, más aún, mientras unos intentan poner de su lado a los médicos planteándoles un problema que en realidad no existe, otros cuelan la propuesta entre un buenista “fomentar el testamento vital” y un necesario “mejorar los cuidados paliativos”. Claro que, por suerte, no ha colado. Hasta partidos que en otras ocasiones se han mostrado bastante tibios al respecto se han quejado de esta treta, de este mezclar dos cosas que nada tienen que ver. Y el punto sobre el suicidio asistido se ha caído de la proposición. Aunque volverán a la carga, no lo dudéis.

No voy a explicar aquí otra vez la diferencia entre muerte digna y eutanasia/suicidio asistido (ya lo hice aquí, aquí, aquí e incluso aquí) ni voy a volver a explicaros cómo trabajan los del Derecho a la Muerte Digna (que estaba especialmente explicado aquí, tanto en la entrada como en los comentarios) o por qué el derecho al suicidio asistido no existe ni podrá existir jamás (se lo expliqué aquí a Pedro J. Ramírez). Me aburro de escribir siempre las mismas cosas así que prefiero remitiros a los posts originales.

Solo una cosa, un detalle que me parece muy significativo: ¿a quién se aplaudió hoy en la Asamblea? ¿A un médico que lucha por universalizar los cuidados paliativos? No. Al doctor Montes. ¿Y a quién ha invitado el partido promotor de la iniciativa a unas Jornadas parlamentarias sobre Muerte Digna? ¿A la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, por ejemplo? No. Al doctor Montes y a un representante del Derecho a la Muerte Digna, esos cuya web es directamente http://www.eutanasia.xx (no pongo el enlace completo para no aumentarles las visitas). No hay más preguntas, señoría.

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Gestión imaginativa sí, pero no así

Esta Navidad saltó a la prensa una noticia desconcertante: un hospital valenciano había transformado la consulta preanestesia de procesos de baja complejidad en sesiones informativas multitudinarias. Ya hablé aquí de mi opinión sobre las consultas múltiples, pero esto parecía distinto. Efectivamente, hay procedimientos quirúrgicos sencillos que, en gente sana, no precisan pruebas ni valoración previa. Hasta aquí estamos de acuerdo. Pero hay una cosa que me puso en alerta: según decía la noticia (podéis leerlo aquí o aquí), al terminar se pedía a los asistentes que firmaran el consentimiento informado. Y hala, hasta el día de la intervención.

El Servicio de Anestesia y la dirección del Hospital había dado el visto bueno. Lo que me hace pensar que no saben lo que es el consentimiento informado. O, más bien, que han caído en el error general de que el consentimiento informado es una necesidad legal sin ningún tipo de valor ético detrás. Papel mojado. Y esto puede destruir la relación médico-paciente convirtiéndola en un mero trámite. A ver si me explico un poco mejor.

Quizá sea políticamente incorrecto, pero el “papel” del consentimiento informado como tal no tiene ningún valor ético. No es más que una especie de check-list, un recibo, un comprobante de que el médico ha llevado a cabo esa parte fundamental de la consulta que es explicar al paciente lo que le pasa, el plan terapéutico, las alternativas… con la profundidad suficiente para que el enfermo pueda participar de ese plan, hacer constar sus preferencias o valores, elegir entre dos alternativas similares o incluso negarse a ser tratado. Si esta información se diera siempre y en todas las situaciones no haría falta ni firmar un papel. Pero es bueno que el paciente lo tenga por escrito, que pueda leerlo con calma y preguntar lo que quiera. Y que quede constancia documental de que se ha hecho.

¿Es válido, entonces, un consentimiento informado que se reparte masivamente tras una charla impersonal? No sé vosotros, yo acostumbro informar a mis pacientes de uno en uno, adaptando el nivel de la información a su nivel cultural (en mi área aún hay gente que no sabe leer ni firmar), a sus nervios, a lo que conoce previamente sobre su enfermedad. Mirarles me permite detectar lo que no entienden, lo que les asusta, lo que les hace dudar. Me permite explicarles lo que significan los porcentajes que reflejan la incidencia de complicaciones o lo que está expresado en términos excesivamente técnicos. Me permite recomendarles que lean el papel antes de firmarlo, que no lo hagan delante de mí sino en casa con calma. Y a ellos les permite preguntar lo que no entienden, expresar sus miedos o su desconfianza, preguntarme qué haría yo o si he visto, en mi experiencia, alguna de esas complicaciones.

Si les citara para una charla, probablemente muchos no se atreverían a preguntar sus dudas en público, otros no pedirían una consulta privada para no molestar o para no tener que venir otro día al hospital. Y quizá muchos firmarían sin leer o sin poder aclarar sus dudas.

Entendedme, no es que yo sea fan del consentimiento informado por escrito, que me parece un poco artificial. De lo que soy fan es de la relación médico-paciente, de la información honesta, del contacto directo y de facilitar las decisiones complicadas.

El Colegio de Médicos de esa provincia ha dado el visto bueno a este tipo de sesiones siempre que el paciente pase después por una consulta personal. Nada que objetar entonces. Sin embargo, por como está redactada la noticia, entiendo que el hospital (¿o es la Conejería?) quiere volver a hacer lo mismo cuando le sea posible, quizá cuando se pase la polvareda que han levantado. En ese caso, me temo, volverán a encontrarse con la oposición de los médicos.

Claro que hay que acortar listas de espera y gestionar con imaginación. Pero nunca desvirtuando lo que da sentido a la Medicina: el contacto personal entre una persona que necesita ayuda y otra que está en condiciones de ofrecérsela.

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¡FELIZ NAVIDAD!

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FELIZ NAVIDAD A TODOS,

especialmente a los que la pasaréis en los hospitales por motivos de trabajo o enfermedad.

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Y después de la UCI, ¿qué?

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Ayer estuve en las XX Jornadas de la Sociedad Madrileña de Medicina Intensiva (SOMIAMA). Me invitaron a hablar en una mesa conjunta de medicina y enfermería con el título “La UCI, antes, durante y después”. A mí me tocó la parte de después: qué les pasa a nuestros pacientes una vez superada la enfermedad crítica, qué secuelas permanecen al recibir el alta hospitalaria, cómo cambia su vida tras el paso por la UCI…

Hace bastante poco que los intensivistas hemos empezado a cambiar el objetivo principal de nuestra asistencia: los pacientes no quieren solamente sobrevivir, sino que esperan reincorporarse, en la medida de lo posible, a la vida que llevaban antes de enfermar. Es en ese contexto en el que se definió, hace apenas 5 años, el síndrome postUCI.

Sin embargo, hay números que hablan por sí solos: más del 50% de los pacientes presentan al alta síntomas psicológicos que pueden ser graves, el 73% sufrirá dolor crónico, 1/3 seguirá en situación de dependencia al alta, el 62% no habrá conseguido reincorporarse a su trabajo al cabo del año… Y muchos familiares presentarán también síntomas de ansiedad, depresión, estrés postraumático o duelo patológico.

La pregunta es si podemos hacer algo para reducir la incidencia y la gravedad de las complicaciones postUCI. Y, como dice la última diapositiva de mi presentación, aún no están inventadas las mejores maneras de evitar dichas secuelas: buscarlas y ponerlas en práctica es tarea de todos.

Aunque las tres presentaciones de la mesa se van a publicar también en la web de la SOMIAMA y en el blog de Proyecto HU-CI, os dejo aquí la mía por si queréis verla. Lógicamente, estaba concebida para ser presentada, no para su consulta online, así que quizá alguna diapositiva aislada no se entienda completamente. Como todo el material del blog, está disponible para su uso y difusión bajo licencia Creative Commons (es decir, citando siempre la fuente). Del mismo modo, si veis alguna foto que no deba estar en la presentación, por derechos de autor, avisadme para que la quite.

Podéis pinchar en el siguiente enlace para ver la presentación: Y después de la UCI qué

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Willem Einthoven y el electrocardiógrafo de 270 kg

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Willem Einthoven
nació en Semarand, actual Indonesia, el 21 de mayo de 1860. Su padre, médico del ejército holandés se encontraba destinado allí. Sin embargo, Einthoven se educará en Holanda ya que su madre, que había enviudado cuatro años antes, decide volver a Utrecht cuando Willem acaba de cumplir 10 años.

Siguiendo los pasos de su padre, Einthoven empieza en 1878, en Utrecht, la carrera de Medicina. El propio ejército holandés correrá con los gastos, con la condición de que Willem trabaje después como médico militar en las colonias.

Durante su época universitaria, Willem no solo llama la atención por su brillante expediente, sino que destaca también en remo y esgrima, llegando incluso a fundar la Unión Estudiantil de Remo de Utrecht y la Sociedad Olímpica de Gimnasia y Esgrima. De hecho, Einthoven organizó, como Presidente de dicha sociedad, los primeros torneos deportivos universitarios de Holanda.

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La Universidad de Utrecht presume de otros alumnos célebres, como Descartes o Röentgen… aunque a éste último, en realidad, le expulsaron

Su primer trabajo científico versaría sobre la articulación del codo, pero más tarde, gracias a la influencia de un excelente profesor, dirige sus intereses hacia la Oftalmología. De hecho, la tesis que defiende en 1885 se titula “Estereoscopia por diferencia de colores”, y también publicará estudios sobre ilusiones ópticas y acomodación. Con apenas 26 años, Willem es ya un científico reputado.

Apenas un año más tarde, Einthoven es nombrado catedrático de fisiología en la Universidad de Leiden, cargo que ocupará hasta su muerte. Es entonces cuando abandona el campo de la Oftalmología para centrarse en la fisiología respiratoria: estudiando fenómenos respiratorios como la presión intratorácica e intrapleural, la musculatura bronquial en el asma, etcétera…

A los pocos días de llegar a Leiden se casa con una prima hermana, con la que tendrá tres hijas y un hijo. Con el sueldo de docente pudo pagar holgadamente la fianza (que ascendía a 6000 florines) y librarse de trabajar en las colonias.

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Einthoven con su mujer (sentada) y su hermana, en una fotografía de 1924.

El laboratorio de fisiología de Leiden se convierte, bajo la dirección de Einthoven, en uno de los más importantes del país. Allí nacerá, en los primeros años del siglo XX, una de las herramientas esenciales de la Cardiología moderna: el electrocardiograma.

Los primeros trabajos de Einthoven en este sentido se basan en el electrómetro creado por el físico Gabriel Lippman, que empleaba un tubo de vidrio terminado en una extremidad capilar muy fina, parcialmente lleno de mercurio, sobre el cual reposaba una capa de ácido sulfúrico diluido. Los electrodos se unían a cada sustancia respectivamente, de forma que las variaciones de potencial modificaran la tensión superficial, haciendo que el menisco de separación se desplazara por encima o por debajo del tubo capilar. La hendidura de separación del tubo era iluminada y proyectada sobre una placa fotográfica en movimiento, consiguiéndose así el registro de las deflexiones del futuro electrocardiograma.

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Electrómetro capilar de Lippman. Foto: Museo de Instrumentos de Laboratorio, Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón. Universidad de Oviedo.

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Los trazos del electrómetro de Lippman se artefactaban con facilidad, por lo que Einthoven trabajó durante largo tiempo en la creación de un complicado método matemático que corrigiera estas distorsiones.

Desiderius Waller también trabajaba con el método capilar, y había conseguido registrar los primeros electrocardiogramas humanos aplicando el electrómetro a la boca y el pie del paciente. Entre el público asistente en 1889 a la conferencia en que Waller comunica sus trabajos, se encontraba un joven Einthoven que, desde ese momento, redobla sus esfuerzos para conseguir el registro eléctrico de la actividad cardiaca.
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Comparación del registro obtenido con el electrómetro de Lippman y el del galvanómetro de cuerda de vacío de Einthoven.

Con la ayuda de su ayudante Van de Woer (puesto que él era especialmente torpe en lo manual) crea un nuevo modelo de galvanómetro, más acorde con lo que está buscando. Su publicación en 1901 (“Un nuevo galvanómetro”) pasa completamente desapercibida. Sí que tendrá difusión, sin embargo, la que publica dos años más tarde: “El registro galvanométrico del electrocardiograma humano, con una revisión del electrómetro capilar en fisiología”. En esta ocasión no solo describe la técnica, sino que publica los primeros electrocardiogramas (a los que llama así por primera vez).

También es suya la nomenclatura de las ondas (P, Q, R, S y T), que perdura hasta hoy. Einthoven no quiso elegir las primeras letras del abecedario, como se usaban en el electrómero, sino que optó por letras intermedias para permitir que, si se definían nuevas ondas, pudiera seguirse el orden alfabético. Es el caso de la onda U, que se identificó más tarde.

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Este primer electrocardiógrafo creado por Einthoven pesaba 270 kg, ocupaba dos habitaciones y requería 5 personas para manejarlo. Su aplicación en la clínica era, pues, complicada. Pronto se encontró una solución: aprovechando la red eléctrica de la ciudad, se conectaba el aparato del laboratorio con el paciente que se encontraba en el hospital (¡a 1,5 km de distancia!). Dicho paciente debía mantener manos y pies dentro de grandes cubetas llenas de solución conductora. Por supuesto, la empresa eléctrica cobraba por sus servicios. Pagaban a medias el Laboratorio y el Departamento de Medicina del hospital, pero el jefe de este último tuvo celos del éxito de Einthoven y se negó a pagar, con lo que el complicado sistema tuvo que dejar de utilizarse.

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Sencillo del todo no resultaba…

No obstante, Einthoven sigue investigando y comunicando sus hallazgos. En 1906 publica un artículo titulado “El telecardiograma”, que ya incluye ejemplos de extrasístoles, bigeminismo, hipertrofia ventricular, flutter y fibrilación auricular (a la que llamó “pulsus inaequalis et irregularis”). En 1908, cuando escribe “Consideraciones adicionales sobre el ECG”, ya sabe que la onda P corresponde a la aurícula y que la onda Q es parte de la actividad ventricular.

La empresa Edelman es la primera en interesarse en la comercialización del electrocardiógrafo, pagando a Einthoven 25 dólares por unidad vendida.  Pero, muy pronto, la empresa hace algunos cambios en el aparato y se niega a reconocer los derechos de autor de Einthoven.

Entonces Einthoven vende su idea a la compañía del hijo de Charles Darwin (Cambridge Scientific Instrument Co). En 1908 ya está listo el primer electrocardiógrafico, con las derivaciones I-II-III. En 1930, con Einthoven ya fallecido, se facilita la obtención de electrocardiogramas con la creación de electrodos de placa y, en 1932, Rudolph Burger crea el electrodo de succión, que permite el análisis de las derivaciones  precordiales.

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Antiguos electrodos de placa y de succión (imagen inferior: todocoleccion.net).

Einthoven definirá también el eje eléctrico del corazón y el triángulo equilátero que forman las derivaciones y que lleva su nombre. Además, estudiará el electrocardiograma con gráficos simultáneos de neumograma, describiendo la incidencia de la respiración sobre el electrocardiograma, así como la influencia de los cambios de posición y los efectos del esfuerzo. Más aún, buscando mejorar la sensibilidad del registro, Einthoven desarrolla un nuevo galvanómetro (llamado galvanómetro de cuerda de vacío) con la ayuda de su hijo ingeniero.

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Triángulo de Einthoven

Sus aportaciones a la cardiología le harán merecedor, en 1924, del Premio Nobel de Medicina. Einthoven es una persona agradecida, y decide buscar a Van de Woerd, su ayudante, para repartir con él el premio. Al descubir que ya ha fallecido, dirige sus esfuerzos a localizar a las dos hermanas de van der Woerd, que viven en la pobreza, y les entrega la mitad del galardón.

Einthoven murió en Leiden el 29 de septiembre de 1927, solo tres años después de haber recibido el Nobel. No llegaría a ver cómo su invento se convertía en un instrumento imprescindible en las consultas médicas de todo el mundo a partir de los años 30.

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