Los mismos ojos tristes

Han pasado 70 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, desde que la liberación de los campos de concentración puso de manifiesto el horror que el mundo civilizado, de una u otra manera, había permitido. El error, el horror, de toda una generación.

Hoy, cuando veo las imágenes del telediario, veo la misma gente desesperada, los mismos rostros hambrientos, los mismos niños llorosos. Aquí y allá veo, simplemente, los mismos ojos tristes. Veo trenes más propios del ganado que de las personas. Veo ríos de gente huyendo del terror y la miseria. Se me mezclan las imágenes de ahora con las de hace 70 años. Peor aún, se me mezclan esas imágenes con las leyes que dejan a los inmigrantes fuera de nuestra sanidad, con las declaraciones desacertadas de algunos políticos…

Y me planteo cuánto tiempo tiene que pasar para que el primer mundo se dé cuenta de lo que está permitiendo. Para que alguien haga algo. Y prefiero apagar el telediario. Y rezar por esa gente que lo ha perdido todo. Y también por los que han, hemos, perdido lo más importante: los valores, la compasión, la humanidad. #Vergonya.

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Las obsesiones sanitarias de El Español (@elespanolcom)

Me sorprendió leer hace dos días lo que ellos mismos han llamado las obsesiones de El Español, el nuevo periódico de Pedro J Ramírez. Mi primera impresión fue bastante parecida a esta que vi más tarde reflejada en twitter:

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Me pregunto si ciertas obsesiones no le harán perder objetividad al periódico y si no sería más oportuno que se obsesionaran simplemente con conocer y contar la verdad y con no dejarse influir por el poder (llámese económico, político, social, ideológico…). Pero no es ese el objetivo de este post. Si quieren obsesionarse, allá ellos.

Leídas las obsesiones, da la sensación de que cada sección del periódico debía aportar alguna, no precisamente de relevancia (¿el ojo de halcón como obsesión? Menuda bobada, ¿no?). Sanidad no iba a ser menos y aportó una. Y allí es donde casi me quedo bizca leyendo. Un punto (el 15) que mezcla muchas cosas y tiene, desde mi punto de vista, mucha letra pequeña. Este:

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Vayamos por partes:

  • Todos los ciudadanos… Vale bien, excluyendo ese pequeño matiz que se ha deslizado en la frase y que anula la universalidad sanitaria (¿solo los españoles?) no me parece mal. De hecho, es algo que los médicos venimos pidiendo desde hace tiempo: la equidad en el acceso a la sanidad independientemente de la comunidad en la que vivas. Aceptamos barco, PJ.
  • Y entonces, casi sin solución de continuidad, llega la enjundia. “Los avances médicos permiten prolongar situaciones irreversibles”. Bien. Me encuentro con ello cada día y me exige tomar decisiones en ocasiones muy difíciles. Pero aquí lo usan como preámbulo a lo que viene después: el deber del médico de luchar por la vida, se plantea como contraposición a que el paciente muera dignamente y sin ser sometido a medios desproporcionados. Un momento. Porque el deber del médico por luchar por la vida no es un deber absoluto, y desde luego no supone usar medios desproporcionados. Y, si se usan (que sí, que pasa, que falta mucha formación en este tema) es porque el médico no está cumpliendo bien su deber (un deber en ocasiones costosísimo desde el punto de vista personal, por cierto). Porque el verdadero deber del médico no es luchar por la vida incluso con medios desproporcionados, sino emplear todos los medios proporcionados para: a) curar cuando se pueda; b) paliar cuando no se pueda curar. Plantear que el deber del médico de luchar por la vida se opone al derecho del paciente de morir dignamente es falso y, además, muy peligroso. Porque el médico podría entender que debe poner todos los medios (también los desproporcionados) y el paciente podría ver al médico como su enemigo, una especie de apisonadora que no repara en su dignidad. Adiós a la relación médico-paciente. Adiós a la Medicina. Y además, PJ, estás siendo muy injusto con los médicos que intentamos cumplir la máxima que pone título a mi blog. Que somos muchos. Nos estás acusando de mala práctica y de poner en peligro los derechos de los pacientes. Pero ojo, no por mala idea, sino por “deber”. Vamos, que encima no nos tomas por malos sino por tontos…
  • Pero no conforme con eso, dan un paso más. Puesto que el deber del médico se constituye en un peligro a la hora de garantizar la dignidad del paciente, aprobemos el suicidio asistido (ya, ya sé que no dice “aprobemos”, pero siempre que alguien dice “hay que abrir debate” se refiere a “hay que aprobarlo”). Para empezar, me temo que confunde limitación de tratamientos de soporte vital con suicidio asistido. La limitación de tratamientos desproporcionados es una obligación ética del médico que nada tiene que ver con el suicidio ni con la eutanasia. El suicidio asistido es algo que, en realidad, puede darse en muy pocos casos, puesto que realmente solo tendría lugar cuando el paciente no se puede suicidar sin asistencia. Y es una forma de eutanasia, señores de El Español, aunque a ustedes les parezca más “moderada” a la hora de venderla.  Si concediéramos a alguien el derecho al suicidio asistido, estaríamos generando un deber: el del médico que ayuda en el suicidio. Y nada en este mundo debería suponerle a alguien el deber de colaborar en la muerte de otra persona. Es decir que, sencillamente, el derecho al suicidio asistido no existe. No puede existir.
  • Más aún. En los hospitales, tratamos a los pacientes suicidas. Les reanimamos, les curamos y les devolvemos a su vida anterior. Porque estamos convencidos de que podemos aportarles algo, de que tenemos recursos que ofrecerles para cambiar de idea, de que muchos tienen una patología psiquiátrica que podemos intentar mejorar. En el caso de las enfermedades terminales, la persona que pide la eutanasia o el suicidio asistido nos está diciendo algo parecido. En general no es que no quiera vivir, es que no quiere vivir ASÍ. Cambiemos el ASÍ y cambiará de opinión. En mi experiencia (que ya empieza a ser larga) tratando con pacientes graves, crónicos o en situación terminal… solo una vez me han pedido la eutanasia. Me senté con el paciente diez minutos, le aseguré que iba a tratar todos sus síntomas, que si era necesario le sedaría, que me encargaría de que su familia estuviera con él. Se acabó la petición de eutanasia. El paciente quiso vivir y quiso permanecer consciente en la medida de lo posible. Murió (dignamente, muy dignamente) semanas después. Porque la muerte digna es eso: sin obstinación terapéutica, con control sintomático y con todos los recursos sociales y familiares puestos a disposición del enfermo.

¿Por qué aceptar una petición de suicidio a las primeras de cambio, cuando aún hay algo que ofrecer? ¿Por qué “obsesionarnos” (El Español dixit) con el suicidio asistido cuando hay tanta parte de la población sin acceso a los cuidados paliativos? Si quieren obsesionarse con algo, señores míos, háganlo con el acceso universal a los cuidados paliativos. Será mucho  más útil para todos y no hará falta criminalizar a los médicos para justificarlo.

De todos modos, como parece que no lo tienen muy claro, les dejo aquí lo que dice el Código Deontológico de la Organización Médica Colegial sobre lo que ustedes llaman “el deber del médico de luchar por la vida”, sobre la obstinación terapéutica y el suicidio asistido. Estos son los auténticos deberes del médico. En la deontología, como en el periodismo, nada como acudir a las fuentes, ¿verdad?

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Y, por cierto, aunque les parezca que así entra mejor, la igualdad sanitaria no tiene nada que ver con la muerte digna. Poner “igualdad sanitaria con muerte digna” es como poner “otra ley electoral con ojo de halcón”.

Como no soy suscriptora (lo dudé, pero ahora creo que me alegro de no serlo) no podré escribir esto en los comentarios del periódico. Sé que hay otros médicos -suscriptores- que lo han hecho, con estos o parecidos argumentos. Si lo compartís… igual les llega…

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Medicina de resultados: cuando los árboles no dejan ver el bosque

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Soy una firme defensora de los datos, de medir resultados y de usar indicadores de calidad en la asistencia médica. Hasta que no empiezas a contar y medir lo que haces, no sabes: a) lo bien que lo haces (y eso también es importante); b) dónde tienes oportunidades de mejora o incluso qué necesitas cambiar urgentemente. Y más de una vez he criticado a los que miden la calidad sanitaria basándose solo en calidad percibida. Sin embargo, el otro día me encontré jugando en el equipo contrario, y es que cualquier cosa llevada al extremo pierde sentido. Me explico…

La semana pasada salí puntualmente de mi desconexión veraniega para compartir  una noticia que se publicó sobre mi servicio: la apertura de puertas que permitía visitas de hasta seis horas al día. Podéis leerlo aquí o aquí. Alguien en twitter me pidió datos y yo les di los que tenemos tras cuatro meses: en las encuestas a familiares, la satisfacción con la hora y duración de la visita ha aumentado muchísimo, y también la percepción de cercanía con los profesionales. Desgraciadamente no podemos tener un antes-después de la opinión de los propios pacientes porque no les hacemos a ellos una encuesta específica de satisfacción. Quizá deberíamos, pero no es algo habitual en Intensivos.

Por supuesto, estamos también pendientes de otras cosas: aunque la evidencia diga que la presencia familiar es beneficiosa para los pacientes, no podríamos permitirla si aumentaran las complicaciones, como la salida accidental de dispositivos o la tasa de infecciones. No hay problema: en mi servicio medimos más de100 indicadores de calidad (real, no percibida) entre los que se encuentran esos. Y por el momento no han aumentado las complicaciones.

Y entonces alguien me dijo que no, que no valían los datos.  Que daba igual lo que pensara la familia. Que hacían falta indicadores “duros” (es decir, de mortalidad, de estancia, de complicaciones…). Que si la medida no aportaba ventajas medibles para los pacientes, no servía para nada.

Y ahí es donde yo le veo el peligro a la Medicina que idolatra los resultados. Una Medicina que solo piensa en curar (y, Dios no lo quiera, en ahorrar) pero se olvida del aliviar y consolar. Y no, ni vale lo primero sin lo segundo, ni lo contrario. Porque, como comentaba alguien en esa conversación, si me voy a morir igualmente, prefiero hacerlo en una UCI en la que me traten con cariño, en la que puedan estar mis seres queridos, en la que cuiden a mis familiares, en la que… En la que se cuiden los detalles. Porque la excelencia no está solo en alcanzar los mejores resultados. Eso es el mínimo imprescindible. La excelencia está en preocuparse por el proceso tanto como por el resultado. En salir al paso de las pequeñas molestias que no condicionan mayor mortalidad pero hacen sufrir al enfermo. En buscar lo mejor en lugar de lo suficiente. En evitar que los árboles de los datos científicos nos impidan ver el bosque de la persona que sufre.

No. No quiero una Medicina solo de resultados. Ni tampoco quiero una Medicina de color  rosa, llena de sonrisas y mensajes de Mr. Wonderful, pero sin calidad real. No, no y no. Ni calidad humana sin excelencia técnica ni excelencia técnica sin calidad humana. Cualquiera de las dos actitudes equivaldrían a matar la Medicina. Algo que ya sabían los médicos en el siglo XVII (curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre) y que, desde un extremo y desde el otro, corremos el riesgo de olvidar.

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Sobre la objeción de conciencia (a propósito de la PDD)

Durante mis vacaciones, se hizo pública la sentencia que reconocía el derecho a la objeción de conciencia de un farmacéutico que se negaba a dispensar en su farmacia la píldora del día después (en adelante, PDD). Paradójicamente, lo que constituye ni más ni menos que el reconocimiento de un derecho fundamental de los sanitarios (y de cualquier persona), fue atacado por un sector del propio personal sanitario. Leyendo muchos de los comentarios, llegué a la conclusión de que en general hablaban sin conocer qué es y qué supone la objeción de conciencia. Prometí una entrada en el blog a la vuelta… Seré breve, que estamos en verano.

El Código de Deontología Médica, en su artículo 32, define así la objeción de conciencia:

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La objeción de conciencia no es, por tanto, activismo contra una determinada ley (con su actitud, el farmacéutico no está intentando que cambie la ley -eso lo hará, si le parece, en otros foros-, lo que está haciendo es defenderse ante un poder que le obliga a hacer algo que violenta su conciencia). Tampoco, y por el mismo motivo, es desobediencia civil. En realidad, lo que hace la objeción de conciencia es garantizar al individuo un ámbito de libertad frente a lo que él vive como un abuso del poder establecido.

También el código deontológico de los farmacéuticos reconoce este derecho, claro…

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Parece que el caso que nos ocupa combina el punto 10 y el 12.

Pero, puesto que hablamos de un tema serio y relacionado con la libertad ideológica que proclama el artículo 16 de la Constitución, no vale cualquier cosa: para que la objeción de conciencia sea real deben darse ciertos elementos:

1. – Que exista una norma jurídica de obligado cumplimiento. En este caso, la que exige a todas las farmacias dispensar la PDD y multa a las que no lo hagan.

2. – Que haya un dictado inequívoco de la conciencia individual que impide cumplir esa norma, basado en un sistema de pensamiento o creencias coherente, sincero y reconocido socialmente. Analizaremos más adelante si esto se daba en el caso de la PDD.

3.- Ausencia en el ordenamiento jurídico de normas que permitan resolver el conflicto. En este caso no las hay, excepto las que se refieren a la propia objeción.

Aunque en la Constitución Española solo se reconoce explícitamente la objeción de conciencia en relación con el servicio militar, la jurisprudencia la ha considerado siempre incluida en el citado artículo 16, y las distintas leyes del aborto, incluso las más permisivas, la han respetado sin excepciones. Y es que, al ser un derecho constitucional, solo puede ser limitado por razones de orden público, seguridad jurídica o igualdad, aspectos que no se han puesto en peligro en el caso que nos ocupa. Entre otras cosas, porque en Sevilla hay otros cientos de farmacias que sí dispensan la PDD.

Pero vayamos a lo central. La objeción de conciencia ante la dispensación de la PDD, ¿se basa en un “sistema de pensamiento o creencias coherente“? ¿se basa incluso en datos científicos, en cuyo caso además de objeción de conciencia tendríamos un caso de objeción de ciencia (es decir, la negativa a dispensar el fármaco porque no está indicado o por sus efectos adversos desproporcionados)?

Analicemos los datos: el farmacéutico se negaba a dispensar la PDD por su potencial abortivo. Para ver si lo tiene o no, podemos acudir a muchos artículos de opinión, todos ellos inundados de ideología en uno u otro sentido… o a la aséptica Agencia Española del Medicamento y su Ficha Técnica. Mejor optamos por esto último, ¿no?

Para saber si es o no abortivo un fármaco que puede suponer una tormenta hormonal en el delicado equilibrio de las primeras horas de desarrollo del cigoto, necesitamos conocer exactamente su mecanismo de acción. A ver…

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Vaya hombre, pues si no conocemos el mecanismo de acción, difícilmente vamos a descartar 100% su potencial abortivo.  Pero venga, sigamos con la ficha técnica…

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“También puede producir cambios endometriales que dificultan la implantación”. Lo que irremediablemente, supone la destrucción de un cigoto viable, si lo hubiera. Un aborto precoz. No lo digo yo, lo dice la AEMPS.

Más aún. Entre los adversos efectos y precauciones, se incluye esto:

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¿Por qué debemos sospechar que el embarazo, si se produce, puede ser ectópico? Pues solo se me ocurre una explicación. Que el “ortotópico” está dificultado.

Total, que tenemos un fármaco que impide el embarazo por un mecanismo no del todo conocido, que puede dificultar la implantación y que puede favorecer embarazos ectópicos (casi siempre inviables). Y un farmacéutico que no está dispuesto a dispensarlo mientras no se sepa con seguridad que no es abortivo. Y un sistema judicial que reconoce un derecho fundamental a un profesional sanitario.

Entonces, ¿por qué tanto sanitario se queja? ¿Nos negamos a que se reconozcan nuestros derechos? ¿O es una cuestión puramente ideológica? Probablemente se trata de esto último, puesto que muchos de los que se han molestado son, en cambio, defensores de la objeción de conciencia (con toda la razón) a la hora de cumplir el RD 16/2012, que niega la asistencia a inmigrantes. ¿O es que la exquisita delicadeza con que alguien defiende que respeten su conciencia golpea en nuestras propias conciencias?

De verdad que no lo entiendo. Pero estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado. ¿Y si un día una ley nos obliga a dispensar sin receta antibióticos de amplio espectro, fármacos con efectos adversos peligrosos o productos homeopáticos? ¿También nos quejaremos cuando alguien reclame su derecho a objetar? ¿O si a los médicos nos obligaran a participar en interrogatorios, torturas o sentencias de muerte? ¿O a tomar decisiones basadas solo en criterios económicos y no clínicos? La objeción de conciencia es un privilegio ético que debemos cuidar como oro en paño. Otra cosa supondría el suicidio de la Medicina.

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Descansa en paz, Pau

Pau era un niño querido. Sus padres no querían nada malo para él. Simplemente se dejaron engañar por los cantos de sirena de los vendedores de humo, por las teorías de la conspiración de los que se forran vendiendo libros en los que acusan de forrarse a las farmacéuticas. De los que hacen negocio con sus productos “naturales” mientras denuncian que los laboratorios hacen negocio con los suyos.

No son los padres de Pau los que deben pagar por su incredulidad (algo que, por otra parte, han hecho ya con creces). No creo que se merezcan el juicio implacable que algunos están empleando con ellos. Ellos no son sino una víctima más.

Ojalá la muerte de Pau y la vida destrozada de esos padres no sea en vano. Ojalá sirva para abrir el debate, para hacer reflexionar a muchos, para acallar a tanto “salvador de la humanidad atrapada en las garras de la Medicina”.

Ojalá sirva también para hacer pensar al personal sanitario. Para que meditemos qué estamos haciendo mal para tener tan poca credibilidad en algunos ambientes o para alimentar esas tesis conspiranoicas. Que nos haga pensar por qué nos falta tantas veces esa empatía que es el arma de muchos charlatanes.

No creo que haya que obligar a vacunar. Hay que aprender a comunicar y divulgar, hay que sentarse con el paciente, al otro lado de la mesa, hay que dedicarle el tiempo que no tenemos.

Y, probablemente, hay que preguntarse si ciertas actitudes no constituyen un delito contra la salud pública que hay que perseguir, desde la fiscalía o desde los colegios de médicos. O mejor, desde los dos a la vez.

Descansa en paz, pequeño. Ojalá sea el tuyo el último caso que tengamos que lamentar.

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Abrimos las puertas… y esto es lo que pasó

Este año se han presentado en el congreso nacional de Intensivos los resultados de la encuesta nacional sobre horario de visitas en UCI. No llegué a la sesión, pero como participé en ella ya los conocía. No os descubro nada, porque los resultados fueron bastante predecibles: en general pensamos que los pacientes y las familias quieren horarios más flexibles, y que sería bueno para ellos, pero siguen existiendo reticencias por parte de algunos (¿muchos?) profesionales.

Pues bien, en mi servicio, tras un año de trabajo y una encuesta en la que preguntamos a pacientes y familiares qué habían echado de menos en los horarios de la UCI, hemos ampliado la visita. Ya hace más de dos meses que los pacientes pueden estar acompañados durante seis horas al día: prácticamente todo el tiempo que media entre cuidados rutinarios, cambios de turno y horas de descanso. Este horario no obliga a los familiares a pasar seis horas a pie de cama de un paciente sedado si no lo desean, pero les permite venir a una hora más compatible con su trabajo o sus necesidades familiares. O quedarse dando conversación al paciente consciente y aburrido. O cogiéndole la mano al paciente en coma, por qué no. Sobre el papel, una mejora importante.

Pero claro, yo no era especialmente imparcial. Así que, dos meses después, llega el momento de medir y analizar. ¿Están los pacientes y los familiares más o menos contentos? ¿Qué nos dicen en las encuestas de satisfacción que rellenan al alta? ¿Seguimos por este camino o no merece la pena?

Pues, como les hemos preguntado desde siempre si estaban conformes con el número y duración de las visitas, comparamos el periodo previo (“UCI cerrada”) con éste (“UCI abierta”) y… ¡voilá! (los resultados son siempre porcentajes de respuesta afirmativa)

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Pues sí, parece que hemos dado en el clavo. Nuestras familias están ahora mucho más contentas. Incluso si les preguntamos si cambiarían el horario de visita, parece ser que no, que ahora ya no quieren cambiarlo.

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¿Y en la relación con los profesionales? ¿Les ha hecho más fáciles las cosas? Pues claramente sí en relación con las enfermeras. Y con los médicos… bueno, digamos que sigue siendo un área de mejora por nuestra parte…

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Analicemos ahora el lado contrario. ¿Pegas? ¿Problemas? Hasta mis oídos no han llegado muchos, quizá alguno en relación con la gestión de la información, que nos ha obligado a pequeños reajustes, pero poco más.

Uno de nuestros miedos, al ser una UCI diáfana con un único box individual, tenía que ver con la privacidad. ¿Empeoraría la presencia familiar prolongada la percepción de respeto hacia la intimidad del resto? Pues nos hemos llevado esta sorpresa…

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Total, que la conclusión es que sí, que se puede, que abrir las puertas mejora la calidad percibida. Quizá con más tiempo podamos analizar la influencia sobre la tasa de delirio, la necesidad de contención, las dosis de sedación…. Pero las impresiones iniciales son tan buenas que… ¡no sé cómo no os animáis! ;)

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Emil von Behring: la lucha contra la difteria del primer Premio Nobel de Medicina

Cuando salta a las portadas el primer caso de difteria en España desde hace 30 años, parece obligado dejar un hueco entre los gigantes del blog a Emil von Behring, el “salvador de los niños y los soldados”. Si levantara la cabeza…

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Emil Adolf von Behring nació en Handsorf (hoy Polonia) el 15 de marzo de 1854. Siendo el mayor de trece hermanos, su única opción para estudiar Medicina pasaba por alistarse en el ejército. De este modo, en 1878 se licenciaba en la Academia militar de Berlín, bajo el compromiso de servir durante unos años como médico militar.

Completado el periodo de servidumbre, en 1889 pasa a trabajar como profesor en el Instituto de Enfermedades Infecciosas de Berlín, dirigido nada menos que por Robert Koch. En 1890, junto al japonés Shibasaburo Kitasato demostró la posibilidad de generar inmunidad frente al tétanos en animales a los que se inyectaba suero de otro animal portador de la enfermedad. Behring y Kitasato estaban iniciando la era de la inmunización pasiva.

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Kitasato sería, con el tiempo, el fundador de la Asociación Médica japonesa.

Además del tétanos, la difteria centraba las investigaciones en el laboratorio de Robert Koch, en parte impulsada por la rivalidad con el laboratorio francés de Luis Pasteur.

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El Robert Koch institute en Berlín

Sería uno de los ayudantes de Robert Koch, Friedrich Loeffler, quien cultivara por primera vez el Corynebacterium diphteriae en las pseudomembranas de la vía aérea de los pacientes. Dicho microorganismo se conoce también, en su honor, como bacilo de Loeffler.

No solo eso, Loeffler también demostró que el bacilo solo se aislaba en las membranas, sin invadir el resto del organismo. Se planteaba entonces la cuestión de por qué la infección producía problemas neurológicos o cardiacos, y llegó a la conclusión de que el bacilo debía producir una sustancia tóxica que afectara a otros órganos diana: acababa de intuir la existencia de la toxina diftérica, que sería definitivamente caracterizada por Roux y Yersin en el laboratorio de Pasteur. Loeffler definió, además, el estado de portador sano.

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Bacilo de Loeffler. Visto así, parece inofensivo.

Al conocer los estudios de Roux y Yersin, Behring se centra en encontrar una sustancia que neutralice la toxina. Inyectando suero de animales supervivientes a otros a los que se había inyectado la toxina, consigue la curación de estos últimos. Tras años de experimentación animal, el suero se administra en 1891 a una niña berlinesa, que se recupera rápidamente de su enfermedad.

Se calcula que unos 20000 niños fueron tratados con éxito con el suero antidiftérico entre 1892 y 1894. Como curiosidad, se cuenta que Behring conservó toda su vida la carta de una madre rusa anónima, que le agradecía la curación de sus hijos.

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El éxito fulminante de Behring le hace chocar con Koch hasta el punto de hacerle abandonar el Instituto de Enfermedades Infecciosas y trasladarse a la Universidad de Marburg en 1895, tras una breve estancia en la de Halle. Allí siguió investigando con la difteria, descubriendo que las mezclas de toxina-antitoxina no solo provocaban inmunidad pasiva, sino también activa: acababa de nacer la vacuna antidiftérica.

Estos avances, en una época en la que la difteria tenía una mortalidad cercana al 98%, le hicieron muy pronto merecedor de diversas distinciones: Behrling fue el Primer Premio Nobel de Medicina y Fisiología, en 1901. Un año más tarde fue nombrado Miembro Honorario Extranjero de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias.

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Este cuadro de Goya, conocido como “el garrotillo” (nombre con el que se conocía popularmente a la difteria) se ha interpretado clásicamente como el médico extrayendo manualmente las pseudomembranas diftéricas. Sin embargo, al formar parte de la serie del Lazarillo de Tormes, muchos autores defienden que no es más que el intento del ciego por hacer vomitar a Lázaro lo que comió sin permiso. Sea como fuere, se ha convertido en una imagen clásica al hablar de difteria.

En 1905, en el Congreso Internacional de Tuberculosis, Behring anunció que había descubierto una sustancia procedente del “virus” (sic) de la tuberculosis, que prevenía la enfermedad bovina. Sin embargo, nunca consiguió un suero efectivo en humanos. Él mismo se había contagiado de tuberculosis un año antes del Congreso, durante sus trabajos con el bacilo de Koch.

En 1914, Behring funda en Marburg una compañía (Behringwerke) dedicada a la investigación y comercialización de vacunas. Pronto tendría la oportunidad de probar con éxito la vacuna antitetánica entre los soldados que participaron en la Primera Guerra Mundial.

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Behringwerke (CSL Behring) en la actualidad

El “salvador de los niños y de los soldados” murió en Marburg (Alemania) el 31 de marzo de 1917, antes de que terminara la Gran Guerra.

Nos dejó la cura de la difteria y dos epónimos claves en inmunología: la ley de Behring, según la cual el suero de un sujeto inmunizado transferido a otro provoca la inmunización de este último, y el método de Behring, que no es sino la inmunización activa contra la difteria por inyección de mezclas de toxina y antitoxina.

No sé qué pensaría hoy de los movimientos antivacunas y del desgraciado caso de Olot, pero me imagino su más que probable estupor.

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