Elizabeth Blackwell: la primera mujer médico

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Elizabeth Blackwell nació el 3 de febrero de 1821 en Bristol (Inglaterra). Fue la tercera de los nueve hijos de Samuel Blackwell, propietario de una refinería de azúcar. Su padre se preocupó de que tanto sus hijos como sus hijas tuvieran la misma esmerada educación en ciencias, matemáticas y lenguas extranjeras.

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Placa conmemorativa en la casa natal de Blackwell, en Bristol.

En 1834, un fuego destruyó la empresa familiar, y  los Blackwell emigraron a Nueva York, donde su padre alquiló una nueva refinería. Un nuevo incendio al año siguiente afectaría aún más a la maltrecha economía familiar, obligándoles finalmente a instalarse en 1838 en Cincinnati. Pero apenas tres meses después fallecía Samuel Blackwell, dejando a su familia prácticamente en la indigencia. Por este motivo, en menos de un mes la madre y hermanas mayores se vieron obligadas a inaugurar una escuela: la Cincinnati English and French Academy for Young Ladies, que funcionó hasta 1942. Desde entonces, Elizabeth y sus hermanas pasarían a enseñar alumnas privadas.

Durante esos años, Elizabeth se unió a la causa abolicionista (la familia Blackwell llegó a acoger en su propia casa a esclavos que escapaban hacia Canadá), la defensa de los derechos de la mujer y el sufragismo.

En 1844, Elizabeth se traslada a Asheville (Carolina del Norte) para enseñar música en una Academia. Allí se alojará en casa del reverendo John Dickson, que había sido médico antes de ordenarse. Aún conservaba una excelente biblioteca, que puso a disposición de Blackwell. En realidad, Elizabeth confesaría más tarde que inicialmente le repugnaba todo lo relacionado con la Medicina. Fue, sin embargo, una experiencia personal la que le hizo cambiar de parecer: una amiga afectada por una enfermedad terminal le confesó que se habría sentido más a gusto si hubiera sido tratada por médicos mujeres, y este simple comentario fue el que hizo prender en Elizabeth la llama de la vocación.

Con ayuda del reverendo Dickson, Elizabeth empezó a pedir plaza en todas las escuelas de medicina de Nueva York y Philadelphia, sin que ninguna la aceptara. Mientras tanro, empezó a estudiar anatomía bajo la dirección de Jonathan M. Allen.

Desencantada, pero no desalentada, Elizabeth pidió plaza en 12 escuelas menores. En 11 la rechazaron sin contemplaciones. La número 12 fue el Geneva Medical College, en el estado de Nueva York. Allí, ante la sorprendente petición, decidieron someter el caso a la votación del resto de estudiantes, con la condición de que no sería admitida si uno solo de los alumnos mostraba desacuerdo. En el fondo, estaban seguros de que sería rechazada. Casi como una broma, y convencidos de que ganaría el “no” o de que la candidata terminaría por desistir en su empeño, todos los estudiantes votaron que “sí” y Elizabeth fue admitida.

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El Geneva Medical College (Actual Hobart and William Smith Colleges).

Elizabeth, que llegó con el curso ya bastante avanzado, no fue bien admitida ni en la escuela ni en el pueblo, e incluso se la quiso excluir de las clases prácticas por considerarlas inapropiadas para mujeres, algo que la interesada no admitió. El tesón, la capacidad y la corrección de la aspirante a doctora vencieron poco a poco los prejuicios de sus profesores y compañeros. El 23 de enero de 1849, ante la admiración de todos ellos, se convertía en la primera mujer graduada en Medicina de la historia. Su tesis, que llegó a ser publicada en la Buffalo Medical Journal, versaba sobre la fiebre tifoidea, de la que había tenido cumplida experiencia durante su verano de prácticas en el Blockley Almshouse de Philadelphia.

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Fotografía de la época del Blockley Almshouse de Philadelphia.

Deseosa de completar su formación en Europa, Blackwell intentó ser admitida en diversos hospitales de Inglaterra y Francia, encontrando de nuevo las puertas cerradas por el hecho de ser mujer. Finalmente fue aceptada en La Maternité de París, pero en calidad de matrona y no de médico.

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De nuevo venció los prejuicios con su trabajo consiguiendo que, un año después, el jefe de obstetricia hiciera pública la opinión de que Elizabeth sería la mejor obstetra de los Estados Unidos, por encima de sus colegas varones. Sin embargo, esta aspiración se vio truncada el 4 de noviembre de 1849 cuando, atendiendo a un bebé con conjuntivitis neonatal, sufrió la salpicadura de material contaminado, a consecuencia de lo cual perdió la visión de su ojo izquierdo.

En 1851, cansada de la oposición que había encontrado en Europa, Blackwell regresa a Nueva York y, ante la nueva avalancha de negativas a ofrecerle trabajo, se dedica a la práctica privada, a la vez que publica sus primeros trabajos. En 1857, con la ayuda de su hermana Emily, funda la New York Infirmary for Indigent Women and Children, atendida por personal exclusivamente femenino (entre otras cosas, porque la mayoría de colegas varones se negaron a colaborar con ellas). Un año antes había adoptado a una huérfana irlandesa, Kitty Barry.

La New York Infirmary for Indigent Women and Children es hoy el Lower Manhattan Hospital, un centro hospitalario sin ánimo de lucro especialista en medicina de catástrofes.

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Emily Blackwell fue la tercera mujer graduada en Medicina.

Blackwell volvió a Inglaterra en 1869, tras una seria discusión con su hermana. Allí, a pesar de su convicción de que hombres y mujeres debían recibir formación médica en las mismas escuelas, funda la London School of Medicine for Women, en la que trabajará hasta su retirada en 1877.

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London School of Medicine for Women.

En 1895 Elizabeth publicó su autobiografía, que entonces tuvo muy poco éxito, llegando a vender apenas 500 ejemplares.

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A partir de 1907, tras una grave caída por las escaleras, Elizabeth quedó seriamente limitada tanto física como cognitivamente. Murió el 31 de mayo de 1910 tras un ictus.

Las cenizas de Elizabeth Blackwell reposan en la parroquia de St Munn´s, en Kilmun (Escocia).

“No es fácil ser pionera pero… ¡es fascinante! No cambiaría un instante, ni siquiera el peor, por todo el oro del mundo”. Elizabeth Blackwell. 

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Informar, formar y entretener.

Informar, formar y entretener son las funciones clásicas de los medios de comunicación. No sé si en esta clasificación existe una jerarquía y alguna es más importante que otra. Pero pienso que especialmente la segunda es un responsabilidad ineludible de los medios. Porque en la opinión pública tiene gran peso lo que cuentan los medios (respecto a un tema polémico, me decían ayer en twitter: “no sé lo qué dirán los expertos, pero lo han dicho en la tele”).

Pero claro, un medio no especializado no puede saber de todo y ser certero en todos los temas. Por eso lo más importante para un periodista no es lo que él sepa, sino las fuentes a las que tiene acceso. ¿Y a qué viene todo esto en un blog médico? Pues viene a colación de dos noticias recientes que me han puesto los pelos de punta. Una por su frivolidad. Otra por su peligro.

La primera no es una noticia. Es una increíble carta al director que ha circulado por twitter hace un par de semanas. Increíble no porque alguien la haya redactado, sino porque un director la haya elegido para publicarla. La carta es esta:

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No hace falta ser médico para informarse de: 1) en el Clínico de Valladolid sí hay neurólogo y psiquiatra de guardia; 2) obviamente, un caso de insomnio no es ni motivo para ir a Urgencias ni para que lo vea un neurólogo ni un psiquiatra de guardia; 3) en Urgencias no atienden estudiantes; los MIR son médicos con su carrera terminada y tutorizados; 4) en Urgencias se atiende por orden de gravedad, no de llegada; un insomnio de meses no parece una emergencia; 5) publicar una carta llamando irresponsables a dos médicos que llevan 24 horas trabajando y encima tienen que atender a las 5 de la mañana demandas que no son urgentes, es quizá poco ético.

Pero no voy a entrar a contestar la carta. Lo hace espléndidamente @mlalanda aquí. Y esta pobre señora tiene realmente un problema que quizá nadie le ha explicado en condiciones. Lo que cuestiono es la decisión del director de un periódico de publicarla sin contrastar nada de lo que allí se dice con alguien que sepa mínimamente del tema. Fomentando una demanda asistencial que puede acabar con nuestro sistema sanitario.

Y dentro de todo, eso no es excesivamente grave. Entre otras cosas porque no es un periódico de tirada nacional y llegará a poca gente. Y porque no tiene demasiada repercusión. Esta semana ha habido una noticia peor… y de enorme difusión. Una gran oportunidad para la educación sanitaria que hemos tirado a la basura. Esta:

 

Pongo el ejemplo de dos medios pero así salió en cientos. Porque Gabi y Vrsaljiko pusieron muy buena voluntad pero no lo hicieron bien. A Torres habría que haberle inmovilizado el cuello. Y abrirle la vía aérea mediante tracción de la mandíbula. No meterle nada en la boca (que obstruye la vía aérea y te juegas los dedos. De hecho, por ahí he leído que Gabi se llevó un mordisco), no sacarle la lengua (como se la muerda y se le ponga edematosa no podrá respirar).

Lo de “tragarse la lengua” es una leyenda urbana. La lengua está bien anclada al suelo de la boca. Lo que sí es cierto es que en una persona inconsciente las estructuras blandas de la orofaringe caen hacia atrás y pueden obstruir la vía aérea. Por eso hay que traccionar de la mandíbula. O poner una cánula de Guédel. Mucho mejor esto último en un traumatismo. ¿Cuánto tiempo pasó desde la asistencia de Gabi hasta que llegó el realmente experto, el médico del equipo, con una cánula? Supongo que segundos. Así que Gabi mejor habría estado quietecito.

Pero pobre Gabi, él no tiene la culpa. Bastante tuvo con no desmayarse también. El problema es que todos los medios han contado cómo la actuación de Gabi le salvó la vida a Torres. Han difundido una imagen terrorífica en la que éste último está con el cuello retorcido y la vía aérea obstruida por las manos de sus compañeros como si eso fuera la salvación. ¿No podían haber pedido la opinión de expertos? ¿No debían contrastar con el 112, con el plan nacional de RCP, con cualquier instructor de primeros auxilios, con un servicio de Urgencias? Tenemos una noticia de amplísima difusión, por lo que es una oportunidad única para hacer educación sanitaria y, no solo la hemos desperdiciado, sino que hemos malformado a muchos. Una pena.

En este caos, dos honrosas excepciones. Supongo que habrá más pero yo solo he visto éstas. Mundo Deportivo utilizó aquí la explicación que @mlalanda había dado en twitter. La cuenta @futboltactico utilizó esta sencilla pero clara infografía, también de @mlalanda:

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Aún estamos a tiempo de utilizar este caso para enseñar a mucha gente a salvar vidas. Los sanitarios estamos más que dispuestos a colaborar. La pelota está ahora en el tejado de los medios. ¿Formamos, o desinformamos?

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Feliz Navidad

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Feliz Navidad a todos, especialmente a los que pasaréis esta noche trabajando…

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Cómo funciona una UCI (para gestores despistados)

En las últimas semanas las UCIs pediátricas se han llenado de niños y Twitter de polémica. Porque entre  las explicaciones para el colapso de las UCIP madileñas no se  ha incluido nunca la escasez de camas ni de personal o la falta de previsión a la hora de asumir los efectos de una epidemia que, por otra parte, ocurre todos los años. Sí se ha mencionado, por el contrario, la curiosa idea de que en el puente solo están de guardia los médicos menos expertos (ojalá fuera así, para la calidad de vida de los que llevamos años en esto), o la de que se abusa de los ingresos en UCI por motivos que no quedan claros. Precisamente por eso, porque la cosa no está clara, voy a intentar explicar en cuatro ideas cómo funciona una UCI, de adultos o pediátrica, es igual. Por si a alguien le sirve.

1.- Para qué sirve una UCI.

La Unidad de Medicina Intensiva no es solo vigilancia (UVI) ni solo cuidado (UCI). Es la unidad donde ingresan los pacientes con una patología potencialmente reversible, que pone en peligro la vida o la función de algún órgano. Pero no necesariamente la disfunción orgánica debe estar presente al ingreso: también los pacientes que pueden llegar a presentar complicaciones graves de forma más o menos aguda deben estar ingresados en la UCI. Quizá muchos de ellos no las presenten nunca, pero si aparecen fuera de la estrecha monitorización de la UCI estas complicaciones pueden ser letales.

Por ejemplo, en mi UCI es habitual ver algunos pacientes sentados en el sillón leyendo el Marca. Son aquellos que se encuentran en las primeras horas de evolución de un infarto y están absolutamente estables. Pero pueden presentar una complicación letal de un momento a otro. Así que necesitan estar en la UCI.

Lo mismo pasa con muchas enfermedades respiratorias. Un 10% de los niños con bronquiolitis tendrá complicaciones graves. Además, los niños tienen mucha reserva fisiológica y no se deterioran lentamente como los adultos. Un niño puede estar aparentemente bien en un momento y desarrollar una parada respiratoria en los siguientes 10 minutos. Necesitan siempre una monitorización muy estrecha, especialmente los lactantillos.

Hay una tercera categoría de pacientes que pueden necesitar una UCI. Los que pueden ser “rescatados” antes de que lleguen a la fase crítica mediante terapias menos invasivas que las que requerirían si la cosa empeora. Un alto flujo o una ventilación no invasiva puede salvar de la intubación y todas sus complicaciones añadidas a muchos pacientes. Y muchas de ellas deben aplicarse en una UCI, bien por la logística del hospital bien por la situación de riesgo del paciente.

Así que sí, muchos niños con bronquiolitis necesitan monitorización más estrecha de la que se puede ofrecer en una planta o en el área de Observación de Urgencias (que, por cierto, no existe en todos los hospitales). En cualquier guía clínica se pueden consultar esos criterios de ingreso, pero a veces hay que modificarlos según las circunstancias de cada hospital.

 

2.- Cómo se gestiona un ingreso en UCI.

El ingreso en UCI es un procedimiento un poco peculiar. Porque no lo decide solo el médico responsable del paciente. Si el médico de Urgencias piensa que un niño (o un adulto) tiene que estar en la UCI, tiene que superar primero una barrera: el criterio del intensivista, que es el que gestiona las camas de la UCI, casi siempre limitadas. Por eso resulta absurdo pensar que los niños ingresan porque el médico de la puerta, poco experto, se asusta con facilidad. Es el intensivista el que tiene la última palabra. Y a este sí le reconoceremos su experiencia en el paciente potencialmente grave, ¿no? Si en un momento de colapso y de escasez de camas el intensivista acepta a un paciente es que la cosa es seria. Porque no hay nada peor que tener la UCI sin camas durante la guardia, especialmente si sabes que están así todos los hospitales de Madrid. Nadie ingresa a tontas y a locas al primero que pasa por la puerta en un momento así. Es cierto que la situación del resto del hospital puede influir, claro. Si la Observación está llena de pacientes, sé que la monitorización de los pacientes potencialmente graves va a ser más limitada (porque el personal va con la lengua fuera para llegar a todos) y seré más propensa a ingresarlo en la UCI. Por las terribles consecuencias que podría tener la actitud contraria, claro…

3.- El alta de la UCI.

Otra explicación rocambolesca es la de que los intensivistas llenan las camas de pacientes poco graves a los que dan de alta para hacer hueco a los graves cuando es necesario. El ingreso en UCI no es inocuo, menos aún para un niño. En cuanto el paciente no necesita UCI hay que sacarlo para que vuelva cuanto antes a un ambiente menos hostil. Además, hay estudios que demuestran que las altas a horas intempestivas aumentan la mortalidad. Así que no, el “secuestro” de pacientes no está bien visto y va contra el principio de no maleficencia. Claro que puedes retrasar un alta por prudencia, porque no exista una unidad de intermedios o por otro motivo. Pero no para guardar el hueco para cuando venga uno grave. En qué cabeza cabe.

4.- Lo previsible y lo imprevisto.

¿Entonces cuál es el problema? Pues que las UCIs no deberían funcionar al 90% de su capacidad de manera habitual, porque entonces cuando llega una situación epidémica la cosa se desborda. Es algo de R1 de gestión. Y no estamos hablando de algo complicado, puesto que es tan previsible la epidemia de bronquiolitis como la Navidad. No en vano todos los años las UCIs pediátricas se colapsan en noviembre-diciembre y las de adultos en diciembre-enero, gentileza del virus sincitial respiratorio y el de la gripe, respectivamente. Y sí, es mala suerte que coincida siempre con el puente de diciembre y la Navidad. Pero esto no nos exime de gestionar con un poquito de previsión para evitar situaciones que ponen en riesgo a nuestros pacientes. A lo imprevisto responderemos lo mejor que podamos, gestionar lo previsible depende de nosotros.

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Sydney Ringer, el primer farmacólogo clínico

“La suerte solo favorece a las mentes preparadas”. Louis Pasteur.

M0010501 Portrait of S. Ringer.

Sydney Ringer nació en Norwich, Inglaterra, en marzo de 1835. Su padre falleció cuando él y sus hermanos eran aún pequeños. Por este motivo, su madre enfrentó durante años serios problemas económicos aunque, con el tiempo, sus dos hermanos llegarían a tener negocios florecientes en Shangai y Japón.

Pero a Sydney Ringer no le interesaban los negocios, quería a toda costa estudiar Medicina, algo que en aquel momento solo pudo conseguir gracias a la ayuda  económica de parientes y conocidos.

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Norwich

En 1860 terminaba sus estudios en el University College de Londres. Debió ser un alumno brillante, puesto que su primera publicación –“On the connection between the heat of the body and the excreted amounts of urea, chloride of sodium an urinary water during a fit of ague”– data de 1859, siendo aún estudiante.

Una vez concluidos sus estudios, trabajó en diversos hospitales de Inglaterra y Francia durante cortos periodos de tiempo y, finalmente, recabó en el hospital en el que se había formado, donde permanecería como médico y profesor hasta su jubilación. Allí le cedieron, además, un espacio para establecer su laboratorio.

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Sus alumnos y compañeros lo describían como exquisitamente puntual y reservado, siempre sin tiempo para pararse a charlar. Sin embargo, en las clases prácticas con sus estudiantes deslumbraba a todos con su impresionante habilidad clínica. También se decía de él que era extremadamente generoso y amable para ayudar a cualquier joven investigador que lo solicitase.

Sin descuidar la asistencia ni la docencia, Ringer dedicaba sus mejores energías al trabajo en el laboratorio. Llegaba diariamente muy temprano, antes de comenzar el trabajo clínico, y se quedaba largas horas por la tarde. Incluso se cuenta que alguna vez tuvo que saltar la valla para acceder al laboratorio, dado lo intempestivo de la hora.

Además de varios artículos en revistas especializadas, escribió un libro que alcanzaría más de treinta ediciones en poco tiempo. A Handbook of Therapeutics se convirtió pronto en un texto de referencia.

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Pero lo que realmente haría de Ringer uno de los grandes de la Medicina fueron sus estudios sobre contractilidad cardiaca y, especialmente, la creación del suero que lleva su nombre.

En aquella época, Ringer trabajaba con tejido cardiaco de ranas: había observado que, utilizando una perfusión de cloruro sódico al 0,75%, se mantenía temporalmente la contracción de las fibras. Pero uno de los días en que Fielder, su ayudante, se encontraba ausente, Ringer quiso reproducir el experimento y descubrió que no funcionaba. Buscando la causa de estos desconcertantes resultados, cayeron en la cuenta de que Ringer estaba usando agua destilada mientras que Fielder había empleado directamente agua del grifo. Solo cabía, por tanto, una explicación: el agua del grifo contenía trazas de algún elemento clave para la contracción miocárdica. Ringer analizó entonces aquel agua, y comenzó a añadir a su solución los diversos iones que ésta contenía. Comprobó que, al añadir calcio, el músculo latía con más intensidad y durante mucho más tiempo, mientras que la adicción de potasio conseguía el efecto contrario. Quedaba claro, por tanto, que el calcio jugaba un papel prioritario en la contractilidad cardiaca.

A pesar de constituir uno de los descubrimientos que sentarían las bases de la fisiología cardiaca moderna, el trabajo de Ringer no despertó interés hasta 20 años después de su publicación. Sin embargo, con el desarrollo de los cristaloides intravenosos su solución se haría pronto imprescindible en la clínica.

Años más tarde, en 1932, el pediatra Alexis Hartmann modificó la solución de Ringer añadiéndole lactato, con el fin de evitar la acidosis en sus pequeños pacientes, dando lugar al suero que usamos aún hoy: una solución salina balanceada con 111,7 mEq/l de cloro, 27,8 mEq/l de lactato, 130,5 mEq/l de sodio, 5,4 mEq/l de potasio y 3,7 mEq/l de calcio.

Ringer también investigó en otros campos de la fisiología y la farmacología, como el efecto de los anestésicos en el músculo cardiaco y la acción de la salicilina (precursor del ácido salicílico) sobre la fiebre.

El matrimonio Ringer tuvo dos hijas, una de las cuales falleció siendo aún muy joven. En su memoria habían mandado restaurar la iglesia de Lastingham. A esta pequeña localidad de Yorkshire se retiró Ringer en 1900. Allí murió de un ictus el 14 de octubre de 1910, y allí fue enterrado junto a su mujer y su hija. Su memoria permanece en todos los hospitales del mundo, en los que la solución de Ringer sigue salvando vidas a diario.

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Lastingham en la actualidad

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Donald A. Henderson: el hombre que no podía ganar el Nobel

El pasado 19 de agosto falleció Donald A. Henderson, director del programa de erradicación de la viruela. No le fue concedido el Nobel de Medicina porque en la campaña había participado tanta gente (desde grandes epidemiólogos hasta misioneros y miembros de tribus perdidas en la India o en la sabana africana) que no se podría premiar a todos. Henderson fue la cabeza visible de la mayor batalla jamás ganada a una enfermedad infecciosa.  No podía faltar en la galería de gigantes de Curaraveces.

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Donald Ainslie Henderson nació el 7 de septiembre de 1928 en Lakewood, Ohio, en una familia de inmigrantes canadienses.

Ya en el colegio sus amigos le llamaban doctor Henderson, lo que da idea de su temprana atracción por la Medicina. Se graduaría en 1954 en la universidad de Rochester, realizando después su residencia en el Mary Imogene Bassett Hospital, en Cooperstown, Nueva York.

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Edificio original del Mary Imogene Basset Hospital

En 1955 entra en el Servicio de Inteligencia Epidemiológica, la élite del Communicable Disease Center, el famoso CDC que hoy conocemos como Centers for Disease Control and Prevention. En 1960 pasará a ser el responsable del servicio de vigilancia de enfermedades víricas del mismo.

Seis años más tarde, en 1966, la Organización Mundial de la Salud le selecciona para dirigir la campaña mundial para la erradicación de la viruela. No era casualidad, dado que Henderson ya había puesto en marcha previamente algunas iniciativas a nivel local: en 1965 envió una propuesta a la Agencia americana para el Desarrollo Internacional con un programa para controlar la viruela en 18 países africanos. Fue probablemente esta campaña la que empujó a la OMS a iniciar su programa de erradicación de la enfermedad a nivel global.

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La viruela era entonces, en palabras del propio Henderson, la más temida de las epidemias. Casi un tercio de los infectados morían por neumonía o encefalitis. mientras que las úlceras corneales causadas por el virus provocaban muchos casos de ceguera entre los supervivientes. Desaparecida ya en casi todos los países desarrollados, la escasa calidad de las vacunas y su inestabilidad en zonas tropicales impedían el control total de la enfermedad.

En realidad, el primer contacto de Henderson con la viruela había tenido lugar muchos años antes. En 1947, cuando apenas era estudiante de Medicina, un paciente procedente de México murió de viruela en Nueva York, contagiando a 12 contactos. Enseguida cundió el pánico en una ciudad considerada desde hacía años libre de la enfermedad. El joven D.A., como le llamaban sus amigos, decidió entonces dedicarse a la Epidemiología para estudiar las causas, la diseminación y el control de las epidemias.

A pesar de ello, Henderson no era considerado precisamente una autoridad en la materia. De hecho, la Organización Mundial de la Salud desconfiaba de la posibilidad de éxito de la campaña, así que prefirió elegir a un desconocido para no manchar la reputación de otros científicos de renombre. Lo mismo pensaban los responsables soviéticos de la campaña y, ante la probabilidad de un fracaso, preferían que la responsabilidad recayera sobre un americano.

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Los responsables del programa de erradicación de la viruela

Tal era la incredulidad en el seno de la Organización Mundial de la Salud, que un oficial llegó a decir que, si el programa era eficaz en Asia, se comería la rueda de un jeep. Cuentan que, concluida la operación, Henderson envió un mensaje a dicho oficial indicándole que tenía lista la rueda para que se pasara a recogerla.

A pesar de todo, Henderson era optimista: la diseminación exclusiva por el contacto con un paciente, el corto periodo de incubación y la fácil detección de los afectados gracias a las marcas externas facilitaban su detección precoz y la vacunación de los contactos. Para detectar estos casos, además de cientos de colaboradores reclutados en más de 70 países, Henderson recabó la ayuda de los misioneros y de los ancianos de las tribus. Viajó personalmente, en muchas ocasiones, para conocer los problemas que el programa encontraba sobre el terreno, especialmente en África, India y otros países asiáticos.

Tras emprender una dura campaña para conseguir vacunas de calidad, empezó la inmunización mediante una estrategia de círculos concéntricos o anillos: vacunando a todos los contactos de cada caso y a personas que, por su elevada movilidad, podían extender rápidamente la enfermedad.

Ni los ataques al personal sanitario, ni las guerras, ni la falta de infraestructuras apropiadas, ni las inclemencias del tiempo pudieron con la perseverancia de Henderson y su equipo. Hasta el punto de que el último caso de viruela se comunicó el 26 de octubre de 1977 en Somalia, apenas diez años después de iniciado el programa. En 1980, tras un largo proceso de confirmación, la Organización Mundial de la Salud declaró por fin erradicada la viruela.

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Ali Maow Maalin, un cocinero somalí de 23 años, fue el último caso declarado de la enfermedad. Logró sobrevivir.

Desde 1977 a 1990, Henderson fue decano de la Escuela John Hopkins de Salud Pública, y, en 1998, director fundador del Johns Hopkins Center for Civilian Biodefense Strategies de la Universidad de Pittsburgh. Fue además asesor del gobierno en bioterrorismo desde los atentados del 11S,  y estuvo a cargo de la llamada  “Office of Public Health Preparedness“. En 2002 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, la mayor distinción civil de América.

El 19 de agosto de 2016, a los 87 años de edad, Henderson falleció en Maryland por complicaciones derivadas de una fractura de cadera. Dos siglos después de que Jenner creara la primera vacuna, él fue el hombre que consiguió ganar la batalla contra el virus.

“Nunca antes una enfermedad había sido erradicada. La raza humana estaba al fin liberada de una ola que mutilaba, cegaba y mataba desde los albores de la historia”.

Donald A. Henderson.

Intervención en la Organización Panamericana de la Salud, 2010.

(La mayoría de las fotos de este post están tomadas de archivos de la ONU y de la OMS, de uso público).

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Tres años de Curar a veces

Este mes de agosto Curar a veces ha cumplido tres años. Y para celebrarlo, he decidido actualizar la entrada aquella de “Cuando Google enloquece“. A ver si soy capaz de actualizarla cada año.

Es realmente sorprendente comprobar qué búsquedas acaban conduciendo a la gente a entradas del blog (y eso que las que se hacen desde Google no las puedo ver). Aunque más llamativo, si cabe, es que se hagan ciertas búsquedas en Internet. En serio.

Aquí van, comentadas, las que he considerado las 15 mejores búsquedas de 2016…. Solo para meterme un poco con los algoritmos de Google, no para ridiculizar a nadie, ¿eh? Prometo que son todas rigurosamente ciertas.

1.- Herramientas de carnicero con sus nombres.

No quiero ni pensar a qué entrada del blog enlazaría esta búsqueda. Espero que no fuera a una sobre cirugía o cosas así… Google, por quién me tomas…

2.- Palabras para poner en tu lápida.

No sé en qué momento hablé de esto, pero las búsquedas sobre lápidas son recurrentes. Algunos buscan palabras para lápidas de familiares, pero ésta supera todos los registros. En qué estaría pensando el que buscó esto… no quiero ni imaginármelo.

3.- Número de neuronas a poner en el transplante.

Ay, madre. El doctor Frankenstein está siguiendo mi blog!!

4.- Cómo crear tu propia adrenalina en Medicina.

Con lo fácil que es comprarla en la farmacia…

5.- Dibujo de una niña de cuerpo entero pintado con pintura de acuarela de tres años.

Aparte de que esto no tiene ninguna relación con mi blog (vamos, digo yo), hay que ser optimista para pensar que vas a encontrar algo con tantos requisitos… Por cierto, que no sé si la que tiene que tener tres años es la niña, la pintura de acuarela o el dibujo. 

6.- Cómo curar una caja registradora.

¿Llevándola al servicio técnico?

7.- Cómo curar el zoom.

Ah mira, no es solo la caja registradora… Pero Google, ¿por qué me enlazas esto?

8.- Frases para consolar a un familiar en UCI. Carta familiar para copiarla. Carta para dar ánimos a mi novio que tiene un familiar enfermo.

Y miles de búsquedas de ese estilo que me llegan cada año, y que me hacen pensar que cuando recibas una carta NUNCA va a ser original, siempre va a estar copiada de Internet. Claro, que la que más me divierte es la de Carta al geriátrico porque me gustó la práctica que hice ahí. ¿La encontraría?

9.- A veces no queda más que agachar la cabeza, orar y capear el temporal.

¿?

10.- Rubén Bild, cómo afrontar la muerte.

Si recordáis mi entrada anterior, había otra búsqueda relacionada con las teorías sobre la muerte de Rubén Bild. Empieza a darme miedo tanta insistencia…

11.- Cómo curarme de las malas compañías.

Google me ha tomado por el consultorio de una revista…

12.- Es cierta la frase del Dr. Marañón que entre el enfermo y el médico debe haber una silla? 

Esta búsqueda me hace mucha gracia porque una frase que buscaba la cercanía entre médico y paciente se ha transformado en “poner un muro” entre ambos. Eso sí, esta vez Google ha acertado con la temática de mi blog. Espero que le quedara claro el asunto.

13.- Pacientes en agonía, efectos de ponerlos al suelo (sic).

Madre mía, pobrecillos!!!

14.- Neumocito en vejiga.

Estoy casi convencida de que la culpa de esto la tiene uno de mis comentaristas habituales que se hace llamar Neumocito. A mí la histología no me ha gustado nunca y no pienso hablar de ella en el blog.

15.- Reflexiones para padres irresponsables.

Me gustaría saber a qué entrada ha llegado el que buscó esto…

16.- Quiero a mis pacientes.

Pues eso está muy bien. Pero… ¿contárselo a Google así, a secas? No sé…

Bueno, perdonad la tontería. En realidad era solo para daros las gracias por seguir por ahí…

 

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