Feliz Navidad

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Feliz Navidad a todos, especialmente a los que pasaréis esta noche trabajando…

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Cómo funciona una UCI (para gestores despistados)

En las últimas semanas las UCIs pediátricas se han llenado de niños y Twitter de polémica. Porque entre  las explicaciones para el colapso de las UCIP madileñas no se  ha incluido nunca la escasez de camas ni de personal o la falta de previsión a la hora de asumir los efectos de una epidemia que, por otra parte, ocurre todos los años. Sí se ha mencionado, por el contrario, la curiosa idea de que en el puente solo están de guardia los médicos menos expertos (ojalá fuera así, para la calidad de vida de los que llevamos años en esto), o la de que se abusa de los ingresos en UCI por motivos que no quedan claros. Precisamente por eso, porque la cosa no está clara, voy a intentar explicar en cuatro ideas cómo funciona una UCI, de adultos o pediátrica, es igual. Por si a alguien le sirve.

1.- Para qué sirve una UCI.

La Unidad de Medicina Intensiva no es solo vigilancia (UVI) ni solo cuidado (UCI). Es la unidad donde ingresan los pacientes con una patología potencialmente reversible, que pone en peligro la vida o la función de algún órgano. Pero no necesariamente la disfunción orgánica debe estar presente al ingreso: también los pacientes que pueden llegar a presentar complicaciones graves de forma más o menos aguda deben estar ingresados en la UCI. Quizá muchos de ellos no las presenten nunca, pero si aparecen fuera de la estrecha monitorización de la UCI estas complicaciones pueden ser letales.

Por ejemplo, en mi UCI es habitual ver algunos pacientes sentados en el sillón leyendo el Marca. Son aquellos que se encuentran en las primeras horas de evolución de un infarto y están absolutamente estables. Pero pueden presentar una complicación letal de un momento a otro. Así que necesitan estar en la UCI.

Lo mismo pasa con muchas enfermedades respiratorias. Un 10% de los niños con bronquiolitis tendrá complicaciones graves. Además, los niños tienen mucha reserva fisiológica y no se deterioran lentamente como los adultos. Un niño puede estar aparentemente bien en un momento y desarrollar una parada respiratoria en los siguientes 10 minutos. Necesitan siempre una monitorización muy estrecha, especialmente los lactantillos.

Hay una tercera categoría de pacientes que pueden necesitar una UCI. Los que pueden ser “rescatados” antes de que lleguen a la fase crítica mediante terapias menos invasivas que las que requerirían si la cosa empeora. Un alto flujo o una ventilación no invasiva puede salvar de la intubación y todas sus complicaciones añadidas a muchos pacientes. Y muchas de ellas deben aplicarse en una UCI, bien por la logística del hospital bien por la situación de riesgo del paciente.

Así que sí, muchos niños con bronquiolitis necesitan monitorización más estrecha de la que se puede ofrecer en una planta o en el área de Observación de Urgencias (que, por cierto, no existe en todos los hospitales). En cualquier guía clínica se pueden consultar esos criterios de ingreso, pero a veces hay que modificarlos según las circunstancias de cada hospital.

 

2.- Cómo se gestiona un ingreso en UCI.

El ingreso en UCI es un procedimiento un poco peculiar. Porque no lo decide solo el médico responsable del paciente. Si el médico de Urgencias piensa que un niño (o un adulto) tiene que estar en la UCI, tiene que superar primero una barrera: el criterio del intensivista, que es el que gestiona las camas de la UCI, casi siempre limitadas. Por eso resulta absurdo pensar que los niños ingresan porque el médico de la puerta, poco experto, se asusta con facilidad. Es el intensivista el que tiene la última palabra. Y a este sí le reconoceremos su experiencia en el paciente potencialmente grave, ¿no? Si en un momento de colapso y de escasez de camas el intensivista acepta a un paciente es que la cosa es seria. Porque no hay nada peor que tener la UCI sin camas durante la guardia, especialmente si sabes que están así todos los hospitales de Madrid. Nadie ingresa a tontas y a locas al primero que pasa por la puerta en un momento así. Es cierto que la situación del resto del hospital puede influir, claro. Si la Observación está llena de pacientes, sé que la monitorización de los pacientes potencialmente graves va a ser más limitada (porque el personal va con la lengua fuera para llegar a todos) y seré más propensa a ingresarlo en la UCI. Por las terribles consecuencias que podría tener la actitud contraria, claro…

3.- El alta de la UCI.

Otra explicación rocambolesca es la de que los intensivistas llenan las camas de pacientes poco graves a los que dan de alta para hacer hueco a los graves cuando es necesario. El ingreso en UCI no es inocuo, menos aún para un niño. En cuanto el paciente no necesita UCI hay que sacarlo para que vuelva cuanto antes a un ambiente menos hostil. Además, hay estudios que demuestran que las altas a horas intempestivas aumentan la mortalidad. Así que no, el “secuestro” de pacientes no está bien visto y va contra el principio de no maleficencia. Claro que puedes retrasar un alta por prudencia, porque no exista una unidad de intermedios o por otro motivo. Pero no para guardar el hueco para cuando venga uno grave. En qué cabeza cabe.

4.- Lo previsible y lo imprevisto.

¿Entonces cuál es el problema? Pues que las UCIs no deberían funcionar al 90% de su capacidad de manera habitual, porque entonces cuando llega una situación epidémica la cosa se desborda. Es algo de R1 de gestión. Y no estamos hablando de algo complicado, puesto que es tan previsible la epidemia de bronquiolitis como la Navidad. No en vano todos los años las UCIs pediátricas se colapsan en noviembre-diciembre y las de adultos en diciembre-enero, gentileza del virus sincitial respiratorio y el de la gripe, respectivamente. Y sí, es mala suerte que coincida siempre con el puente de diciembre y la Navidad. Pero esto no nos exime de gestionar con un poquito de previsión para evitar situaciones que ponen en riesgo a nuestros pacientes. A lo imprevisto responderemos lo mejor que podamos, gestionar lo previsible depende de nosotros.

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Sydney Ringer, el primer farmacólogo clínico

“La suerte solo favorece a las mentes preparadas”. Louis Pasteur.

M0010501 Portrait of S. Ringer.

Sydney Ringer nació en Norwich, Inglaterra, en marzo de 1835. Su padre falleció cuando él y sus hermanos eran aún pequeños. Por este motivo, su madre enfrentó durante años serios problemas económicos aunque, con el tiempo, sus dos hermanos llegarían a tener negocios florecientes en Shangai y Japón.

Pero a Sydney Ringer no le interesaban los negocios, quería a toda costa estudiar Medicina, algo que en aquel momento solo pudo conseguir gracias a la ayuda  económica de parientes y conocidos.

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Norwich

En 1860 terminaba sus estudios en el University College de Londres. Debió ser un alumno brillante, puesto que su primera publicación –“On the connection between the heat of the body and the excreted amounts of urea, chloride of sodium an urinary water during a fit of ague”– data de 1859, siendo aún estudiante.

Una vez concluidos sus estudios, trabajó en diversos hospitales de Inglaterra y Francia durante cortos periodos de tiempo y, finalmente, recabó en el hospital en el que se había formado, donde permanecería como médico y profesor hasta su jubilación. Allí le cedieron, además, un espacio para establecer su laboratorio.

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Sus alumnos y compañeros lo describían como exquisitamente puntual y reservado, siempre sin tiempo para pararse a charlar. Sin embargo, en las clases prácticas con sus estudiantes deslumbraba a todos con su impresionante habilidad clínica. También se decía de él que era extremadamente generoso y amable para ayudar a cualquier joven investigador que lo solicitase.

Sin descuidar la asistencia ni la docencia, Ringer dedicaba sus mejores energías al trabajo en el laboratorio. Llegaba diariamente muy temprano, antes de comenzar el trabajo clínico, y se quedaba largas horas por la tarde. Incluso se cuenta que alguna vez tuvo que saltar la valla para acceder al laboratorio, dado lo intempestivo de la hora.

Además de varios artículos en revistas especializadas, escribió un libro que alcanzaría más de treinta ediciones en poco tiempo. A Handbook of Therapeutics se convirtió pronto en un texto de referencia.

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Pero lo que realmente haría de Ringer uno de los grandes de la Medicina fueron sus estudios sobre contractilidad cardiaca y, especialmente, la creación del suero que lleva su nombre.

En aquella época, Ringer trabajaba con tejido cardiaco de ranas: había observado que, utilizando una perfusión de cloruro sódico al 0,75%, se mantenía temporalmente la contracción de las fibras. Pero uno de los días en que Fielder, su ayudante, se encontraba ausente, Ringer quiso reproducir el experimento y descubrió que no funcionaba. Buscando la causa de estos desconcertantes resultados, cayeron en la cuenta de que Ringer estaba usando agua destilada mientras que Fielder había empleado directamente agua del grifo. Solo cabía, por tanto, una explicación: el agua del grifo contenía trazas de algún elemento clave para la contracción miocárdica. Ringer analizó entonces aquel agua, y comenzó a añadir a su solución los diversos iones que ésta contenía. Comprobó que, al añadir calcio, el músculo latía con más intensidad y durante mucho más tiempo, mientras que la adicción de potasio conseguía el efecto contrario. Quedaba claro, por tanto, que el calcio jugaba un papel prioritario en la contractilidad cardiaca.

A pesar de constituir uno de los descubrimientos que sentarían las bases de la fisiología cardiaca moderna, el trabajo de Ringer no despertó interés hasta 20 años después de su publicación. Sin embargo, con el desarrollo de los cristaloides intravenosos su solución se haría pronto imprescindible en la clínica.

Años más tarde, en 1932, el pediatra Alexis Hartmann modificó la solución de Ringer añadiéndole lactato, con el fin de evitar la acidosis en sus pequeños pacientes, dando lugar al suero que usamos aún hoy: una solución salina balanceada con 111,7 mEq/l de cloro, 27,8 mEq/l de lactato, 130,5 mEq/l de sodio, 5,4 mEq/l de potasio y 3,7 mEq/l de calcio.

Ringer también investigó en otros campos de la fisiología y la farmacología, como el efecto de los anestésicos en el músculo cardiaco y la acción de la salicilina (precursor del ácido salicílico) sobre la fiebre.

El matrimonio Ringer tuvo dos hijas, una de las cuales falleció siendo aún muy joven. En su memoria habían mandado restaurar la iglesia de Lastingham. A esta pequeña localidad de Yorkshire se retiró Ringer en 1900. Allí murió de un ictus el 14 de octubre de 1910, y allí fue enterrado junto a su mujer y su hija. Su memoria permanece en todos los hospitales del mundo, en los que la solución de Ringer sigue salvando vidas a diario.

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Lastingham en la actualidad

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Donald A. Henderson: el hombre que no podía ganar el Nobel

El pasado 19 de agosto falleció Donald A. Henderson, director del programa de erradicación de la viruela. No le fue concedido el Nobel de Medicina porque en la campaña había participado tanta gente (desde grandes epidemiólogos hasta misioneros y miembros de tribus perdidas en la India o en la sabana africana) que no se podría premiar a todos. Henderson fue la cabeza visible de la mayor batalla jamás ganada a una enfermedad infecciosa.  No podía faltar en la galería de gigantes de Curaraveces.

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Donald Ainslie Henderson nació el 7 de septiembre de 1928 en Lakewood, Ohio, en una familia de inmigrantes canadienses.

Ya en el colegio sus amigos le llamaban doctor Henderson, lo que da idea de su temprana atracción por la Medicina. Se graduaría en 1954 en la universidad de Rochester, realizando después su residencia en el Mary Imogene Bassett Hospital, en Cooperstown, Nueva York.

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Edificio original del Mary Imogene Basset Hospital

En 1955 entra en el Servicio de Inteligencia Epidemiológica, la élite del Communicable Disease Center, el famoso CDC que hoy conocemos como Centers for Disease Control and Prevention. En 1960 pasará a ser el responsable del servicio de vigilancia de enfermedades víricas del mismo.

Seis años más tarde, en 1966, la Organización Mundial de la Salud le selecciona para dirigir la campaña mundial para la erradicación de la viruela. No era casualidad, dado que Henderson ya había puesto en marcha previamente algunas iniciativas a nivel local: en 1965 envió una propuesta a la Agencia americana para el Desarrollo Internacional con un programa para controlar la viruela en 18 países africanos. Fue probablemente esta campaña la que empujó a la OMS a iniciar su programa de erradicación de la enfermedad a nivel global.

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La viruela era entonces, en palabras del propio Henderson, la más temida de las epidemias. Casi un tercio de los infectados morían por neumonía o encefalitis. mientras que las úlceras corneales causadas por el virus provocaban muchos casos de ceguera entre los supervivientes. Desaparecida ya en casi todos los países desarrollados, la escasa calidad de las vacunas y su inestabilidad en zonas tropicales impedían el control total de la enfermedad.

En realidad, el primer contacto de Henderson con la viruela había tenido lugar muchos años antes. En 1947, cuando apenas era estudiante de Medicina, un paciente procedente de México murió de viruela en Nueva York, contagiando a 12 contactos. Enseguida cundió el pánico en una ciudad considerada desde hacía años libre de la enfermedad. El joven D.A., como le llamaban sus amigos, decidió entonces dedicarse a la Epidemiología para estudiar las causas, la diseminación y el control de las epidemias.

A pesar de ello, Henderson no era considerado precisamente una autoridad en la materia. De hecho, la Organización Mundial de la Salud desconfiaba de la posibilidad de éxito de la campaña, así que prefirió elegir a un desconocido para no manchar la reputación de otros científicos de renombre. Lo mismo pensaban los responsables soviéticos de la campaña y, ante la probabilidad de un fracaso, preferían que la responsabilidad recayera sobre un americano.

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Los responsables del programa de erradicación de la viruela

Tal era la incredulidad en el seno de la Organización Mundial de la Salud, que un oficial llegó a decir que, si el programa era eficaz en Asia, se comería la rueda de un jeep. Cuentan que, concluida la operación, Henderson envió un mensaje a dicho oficial indicándole que tenía lista la rueda para que se pasara a recogerla.

A pesar de todo, Henderson era optimista: la diseminación exclusiva por el contacto con un paciente, el corto periodo de incubación y la fácil detección de los afectados gracias a las marcas externas facilitaban su detección precoz y la vacunación de los contactos. Para detectar estos casos, además de cientos de colaboradores reclutados en más de 70 países, Henderson recabó la ayuda de los misioneros y de los ancianos de las tribus. Viajó personalmente, en muchas ocasiones, para conocer los problemas que el programa encontraba sobre el terreno, especialmente en África, India y otros países asiáticos.

Tras emprender una dura campaña para conseguir vacunas de calidad, empezó la inmunización mediante una estrategia de círculos concéntricos o anillos: vacunando a todos los contactos de cada caso y a personas que, por su elevada movilidad, podían extender rápidamente la enfermedad.

Ni los ataques al personal sanitario, ni las guerras, ni la falta de infraestructuras apropiadas, ni las inclemencias del tiempo pudieron con la perseverancia de Henderson y su equipo. Hasta el punto de que el último caso de viruela se comunicó el 26 de octubre de 1977 en Somalia, apenas diez años después de iniciado el programa. En 1980, tras un largo proceso de confirmación, la Organización Mundial de la Salud declaró por fin erradicada la viruela.

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Ali Maow Maalin, un cocinero somalí de 23 años, fue el último caso declarado de la enfermedad. Logró sobrevivir.

Desde 1977 a 1990, Henderson fue decano de la Escuela John Hopkins de Salud Pública, y, en 1998, director fundador del Johns Hopkins Center for Civilian Biodefense Strategies de la Universidad de Pittsburgh. Fue además asesor del gobierno en bioterrorismo desde los atentados del 11S,  y estuvo a cargo de la llamada  “Office of Public Health Preparedness“. En 2002 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, la mayor distinción civil de América.

El 19 de agosto de 2016, a los 87 años de edad, Henderson falleció en Maryland por complicaciones derivadas de una fractura de cadera. Dos siglos después de que Jenner creara la primera vacuna, él fue el hombre que consiguió ganar la batalla contra el virus.

“Nunca antes una enfermedad había sido erradicada. La raza humana estaba al fin liberada de una ola que mutilaba, cegaba y mataba desde los albores de la historia”.

Donald A. Henderson.

Intervención en la Organización Panamericana de la Salud, 2010.

(La mayoría de las fotos de este post están tomadas de archivos de la ONU y de la OMS, de uso público).

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Tres años de Curar a veces

Este mes de agosto Curar a veces ha cumplido tres años. Y para celebrarlo, he decidido actualizar la entrada aquella de “Cuando Google enloquece“. A ver si soy capaz de actualizarla cada año.

Es realmente sorprendente comprobar qué búsquedas acaban conduciendo a la gente a entradas del blog (y eso que las que se hacen desde Google no las puedo ver). Aunque más llamativo, si cabe, es que se hagan ciertas búsquedas en Internet. En serio.

Aquí van, comentadas, las que he considerado las 15 mejores búsquedas de 2016…. Solo para meterme un poco con los algoritmos de Google, no para ridiculizar a nadie, ¿eh? Prometo que son todas rigurosamente ciertas.

1.- Herramientas de carnicero con sus nombres.

No quiero ni pensar a qué entrada del blog enlazaría esta búsqueda. Espero que no fuera a una sobre cirugía o cosas así… Google, por quién me tomas…

2.- Palabras para poner en tu lápida.

No sé en qué momento hablé de esto, pero las búsquedas sobre lápidas son recurrentes. Algunos buscan palabras para lápidas de familiares, pero ésta supera todos los registros. En qué estaría pensando el que buscó esto… no quiero ni imaginármelo.

3.- Número de neuronas a poner en el transplante.

Ay, madre. El doctor Frankenstein está siguiendo mi blog!!

4.- Cómo crear tu propia adrenalina en Medicina.

Con lo fácil que es comprarla en la farmacia…

5.- Dibujo de una niña de cuerpo entero pintado con pintura de acuarela de tres años.

Aparte de que esto no tiene ninguna relación con mi blog (vamos, digo yo), hay que ser optimista para pensar que vas a encontrar algo con tantos requisitos… Por cierto, que no sé si la que tiene que tener tres años es la niña, la pintura de acuarela o el dibujo. 

6.- Cómo curar una caja registradora.

¿Llevándola al servicio técnico?

7.- Cómo curar el zoom.

Ah mira, no es solo la caja registradora… Pero Google, ¿por qué me enlazas esto?

8.- Frases para consolar a un familiar en UCI. Carta familiar para copiarla. Carta para dar ánimos a mi novio que tiene un familiar enfermo.

Y miles de búsquedas de ese estilo que me llegan cada año, y que me hacen pensar que cuando recibas una carta NUNCA va a ser original, siempre va a estar copiada de Internet. Claro, que la que más me divierte es la de Carta al geriátrico porque me gustó la práctica que hice ahí. ¿La encontraría?

9.- A veces no queda más que agachar la cabeza, orar y capear el temporal.

¿?

10.- Rubén Bild, cómo afrontar la muerte.

Si recordáis mi entrada anterior, había otra búsqueda relacionada con las teorías sobre la muerte de Rubén Bild. Empieza a darme miedo tanta insistencia…

11.- Cómo curarme de las malas compañías.

Google me ha tomado por el consultorio de una revista…

12.- Es cierta la frase del Dr. Marañón que entre el enfermo y el médico debe haber una silla? 

Esta búsqueda me hace mucha gracia porque una frase que buscaba la cercanía entre médico y paciente se ha transformado en “poner un muro” entre ambos. Eso sí, esta vez Google ha acertado con la temática de mi blog. Espero que le quedara claro el asunto.

13.- Pacientes en agonía, efectos de ponerlos al suelo (sic).

Madre mía, pobrecillos!!!

14.- Neumocito en vejiga.

Estoy casi convencida de que la culpa de esto la tiene uno de mis comentaristas habituales que se hace llamar Neumocito. A mí la histología no me ha gustado nunca y no pienso hablar de ella en el blog.

15.- Reflexiones para padres irresponsables.

Me gustaría saber a qué entrada ha llegado el que buscó esto…

16.- Quiero a mis pacientes.

Pues eso está muy bien. Pero… ¿contárselo a Google así, a secas? No sé…

Bueno, perdonad la tontería. En realidad era solo para daros las gracias por seguir por ahí…

 

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Robert Tiffeneau, pionero de la fisiología respiratoria

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Robert Tiffeneau nació en París el 11 de julio de 1910. Hijo y sobrino de químicos renombrados, pronto dirigió sus intereses hacia la Medicina y, especialmente, a la farmacología. Graduado en la Sorbona, empezó a trabajar en el hospital Larib0isière, centrado inicialmente en el campo de la endocrinología.

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El hospital Lariboisière en 1945

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial le haría cambiar de objetivos: destinado a trabajos en un laboratorio militar, comienza su investigación sobre fisiología respiratoria y, especialmente, sobre la oxigenoterapia y las terapias inhalatorias. Al fin y al cabo, nunca perdió su espíritu de farmacólogo.

En 1940, aún en plena guerra, Tiffeneau presenta un generador de aerosoles inventado por él mismo. Pero será en 1947 cuando publique sus dos trabajos principales: uno en colaboración con Brown sobre el tamaño de las partículas aerosolizadas (aquellas famosas 5 micras que permiten que el fármaco alcance el bronquiolo terminal) y el que le hará pasar a la historia de la Medicina, en colaboración con Pinelli.

Habían pasado más de cien años desde la descripción de la capacidad vital por Hutchinson (considerado el padre de la espirometría), sin que ésta hubiera experimentado nuevos avances. Tiffenau y Pinelli comprobaron que, durante el ejercicio, tanto el volumen corriente como la frecuencia respiratoria aumentaban significativamente, lo que les hizo pensar en la existencia de un volumen de reserva que podría ser útil para graduar la severidad de los trastornos ventilatorios. Propusieron medir el volumen máximo que podía ser espirado en el tiempo equivalente a la fase espiratoria durante el ejercicio (aproximadamente 1 segundo). Lo que hoy conocemos como FEV1 (volumen espirado forzado en el primer segundo) fue denominada por estos dos autores “capacidad pulmonar utilizable en el ejercicio”, CPUE por sus siglas francesas.

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Más tarde concluirían que dicho valor era mucho más útil considerado como porcentaje de la capacidad vital del paciente, definiendo lo que desde entonces conocemos como índice de Tiffenau (aunque, en justicia, debería tal vez llamarse índice de Tiffenau-Pinelli).

Tras realizar cientos de espirometrías, concluyeron que el rango normal del índice de Tiffenau estaba entre el 76 y el 92% de la capacidad vital, fueron capaces de definir las variaciones de ese parámetro con la edad y con diversas patologías, y caracterizar la gravedad de los trastornos ventilatorios según los valores de la espirometría. Más de un siglo después, estas apreciaciones siguen siendo válidas.

Más adelante, Tiffeneau utilizará estos valores de la espirometría para estudiar la acción de diversos fármacos (adrenalina, acetilcolina, corticoides…) sobre el asma y otros procesos obstructivos. Estas primeras pruebas de provocación sentarán la base del diagnóstico y tratamiento del asma y la bronquitis crónica tal y como hoy lo seguimos empleando (combinaciones de beta-adrenérgicos, anticolinérgicos y corticoides, al fin y al cabo).

Robert Tiffeneau murió con apenas 50 años. Había publicado 10 trabajos originales, si bien el idioma (casi todos los escribió en francés) hizo que tuvieran que pasar décadas hasta su reconocimiento internacional (de hecho, es difícil encontrar información sobre su vida y casi imposible conseguir una buena foto suya). Sin embargo, ningún neumólogo podría trabajar hoy sin la aportación de este gigante. Y no, él tampoco ganó un premio Nobel.

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Censurar la esperanza

Si miráis alguna vez la lista de blogs que sigo (está en el menú lateral) veréis que uno de ellos es “Un rayo de esperanza“, escrito por una radiooncóloga. Un blog dirigido sobre todo a pacientes, que cumple esa misión de ser un rayo de esperanza en medio de las malas noticias. Virginia escribe siempre con tono positivo y está metida en un montón de iniciativas a favor de sus pacientes. Sinceramente, espero no necesitar nunca sus servicios médicos pero, si se diera el caso, me gustaría tener un médico como ella.

Hace poco, Virginia lanzó en el blog una petición de ayuda. Su servicio, como tantos otros, está desbordado. Con la peculiaridad de que la enfermedad de sus pacientes no da tregua, y que las listas de espera, cuando hablamos de tumores, no son aceptables. Virginia no está pidiendo mejoras laborales. Cuenta, sin dar ningún dato confidencial (hasta donde yo entiendo, los únicos datos que aparecen son el número de aceleradores y el personal del servicio), la desesperación de una médico que se preocupa por la repercusión que esta situación tiene en sus pacientes.

Yo leí su entrada (la tenéis aquí) y me llamó la atención. Pero sin más. Ni siquiera recordaba de qué hospital se habla. Pero hoy, sorprendentemente, leo que su hospital ha decidido expedientarla, basándose en que supuestamente “ha revelado datos confidenciales”. Y, en un maravilloso “efecto Streissand“, ahora ya sé qué hospital es el que sufre todas estas carencias. Y el que, en vez de poner soluciones, ha decidido matar al mensajero. Podéis leerlo aquí.

No sé si Virginia debía haber escrito ese post. No sé si era la única manera. Da la sensación de que se vio abocada a ello. Pero la respuesta del hospital me ha parecido tan increíble que he querido enlazar desde aquí el post de Virginia (@roentgen66). Os animo a leerlo.

PS. He querido editar la entrada una vez publicada para incluir este artículo del Código de Deontología Médica:

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